martes, 19 de febrero de 2013

Bolaño y Aira


Releyendo más o menos al azar textos de Entre paréntesis recordé una perplejidad que sentí cuando tuve este libro en mis manos por primera vez y recorrí sus páginas. Es muy posible que para esto haya una respuesta que la gente que conoció bien a Bolaño (y/o a César Aira) sería capaz de facilitarme (más allá de repetir que Bolaño muchas veces jugaba a arriesgar juicios contradictorios para provocar), pero, mientras tanto, me resulta interesante exponer de qué se trata. En la página 136 del libro que mencioné, en la segunda parte de la sección "Entre paréntesis", que recoge artículos publicados por Bolaño en los periódicos (catalán y chileno, respectivamente) Diari de Girona y Las últimas noticias, entre 1999 y2001, aparece el texto "El increíble César Aira", del que extraigo algunas apreciaciones:
Si hay actualmente un escritor que escapa a todas las clasificaciones, ése es César Aira (...) Digamos, para empezar, que Aira ha escrito uno de los cinco mejores cuentos que yo recuerde. El cuento se llama "Cecil Taylor" y lo recoge Juan Forn en una antología sobre literatura argentina. Es autor también de cuatro novelas memorables: Cómo me hice monja (...), El congreso de literatura (...) y El llanto (...) Quien lee una vez a Aira quiere seguir leyéndolo (...) En ocasiones recuerda a Roussel (un Roussel de rodillas en la bañera roja), pero el único escritor actual con el que se le puede comparar es el barcelonés Enrique Vila-Matas. Aira es un excéntrico, pero también es uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española. (Entre paréntesis, pp.136-137).
La nota es la cuarta de la sección; si atendemos a las fechas que la inauguran podemos pensar que Bolaño debió escribirla casi con seguridad en 1999, asumiendo, claro está, que los textos son presentados en orden cronológico. En cualquier caso, no pudo ser escrita después de julio de 2001.
Más adelante en el libro hay un texto más ambicioso, un discurso, de hecho, leído el 14 de diciembre de 2002 y titulado "Derivas de la pesada", en el que Bolaño habla de las líneas que distingue en la literatura argentina post Borges. Es un texto relativamente polémico, que suele ser desestimado por los lectores (y escritores) argentinos, por razones un poco evidentes; indudablemente interesante, de todas formas, desarolla la hipótesis de que después de Borges la literatura argentina sigue al menos tres líneas básicas: la de la novelística de Soriano, la de Arlt (que tuvo en Piglia a su San Pablo) y la de Osvaldo Lamborghini; "de estas tres líneas, las líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental (...): soma, soma, soma Soriano, perdóname, tuyo es el reino" (p.30). Las tres, sin embargo, son presentadas como estériles, como callejones sin salida; la línea de Lamborghini, en particular, es explorada hacia el que Bolaño entiende como su epígono principal, César Aira. Leemos:
Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento "Cecil Taylor" o la nouvella Cómo me hice monja, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítcia) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. Prosa que se devora a sí misma sin solución de continuidad. Acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida. (p.30)
Llama la atención el cambio operado entre los juicios de 1999 y los de fines de 2002. ¿Qué le pasó a Bolaño en relación a Aira para pasar de "uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española" a "prosa uniforme, gris (...), aburrida" y a la denuncia del "acriticismo"? Me resultaría difícil aceptar que se trata de un gesto destinado únicamente a la provocación: la reiteración del nombre de Roussel y de la propuesta del cuento "Cecil Taylor" como texto central de la obra de Aira parecen socavar esa hipótesis (en tanto el último texto parece más una evolución desde el primero que una simple negación), y, además, la contextualización de Aira en relación a Lamborghini parece señalar una intención ante todo mapeadora por parte de Bolaño, y no "meramente" provocadora, aunque, por supuesto, es sabido que todo mapa es una provocación.
¿La respuesta estará en las posibles lecturas de la obra de Aira llevadas a cabo por Bolaño después de haber publicado su elogio primerizo? ¿Operó una suerte de desilusión, de desencantamiento, a medida que fueron leídas más novelas? ¿Se saturó Bolaño de Aira? ¿Se saturó la literatura argentina, diez años después, de Aira? ¿Hay algo esencialmente "saturante" en la obra de Aira? ¿Deviene, en última instancia, a ruido blanco literario? ¿Detectó algo parecido a eso Roberto Bolaño o estoy inventando un Bolaño ficticio para tantear en mis todavía no conclusivos juicios sobre la obra de César Aira, a quien creo admirar? En última instancia, si el lenguaje es un virus, como dijo Burroughs, la literatura es un virus que invade otro virus: un siguiente paso iterativo podría permitirnos pensar en una obra -un corpus de textos, un proyecto- que, a su vez, parasite o invada a la literatura. Que convierta a la literatura en una máquina de generar copias de lo mismo, como el agente Smith en Matrix Reloaded y Matrix Revolutions. ¿Es un proceso entrópico y, por lo tanto, maligno? ¿De acuerdo a qué códigos éticos?
Pero volvamos a Bolaño y Aira.
Quizá parezca especialmente injusta la referencia al "escritor latinoamericano profesional"; en cualquier caso, la hipótesis de la simple provocación (el ataque, digamos, de Bolaño a los lectores de Aira, que habría que indagar qué decían y cómo leían a principios del siglo XXI, antes, supongo, de que Aira pasase a una suerte de posición central en la literatura argentina reciente) podría permitirnos explicar esa idea. Otra hipótesis es que Bolaño entrevió en el "mecanismo" de Aira una suerte de opuesto a su propia ética de la creación literaria y se sintió movido a denunciarla, acaso para reafirmar su propia posición. La conclusión de "Derivas de la pesada" ("hay que volver a Borges") deja claro un proyecto que, en el caso de la obra narrativa de Bolaño, es fácil de detectar; quizá lo que el autor de Los detectives salvajes entendió como el proyecto de César Aira fue sentido, entre 1999 y 2002, como una suerte de asalto a esa "vuelta a Borges", aunque esta hipótesis, me parece, merece ser descartada por simplista.
Reitero: probablemente alguien sepa positivamente qué le pasó a Bolaño con Aira. Hasta que no me lo digan, seguiré imaginando: quizá haya acá una novela a escribir.

martes, 12 de febrero de 2013

gratitud por la máquina




Para Ricardo Strafacce



Como todos los días me despertó la alarma del celular de Agustina. Me levanté, tomé las bermudas que dejo noche tras noche sobre el respaldo de la silla más cercana a mi lado de la cama, despegué de mi piel transpirada la musculosa blanca con la que suelo dormir y me puse las bermudas y una remera negra con un stencil de Bob Dylan, que encontré en Internet y pinté a mano una tarde, con pintura blanca para tela, del mismo tipo de las que usaba mi madre, cuando yo tenía cinco años y ella me pintaba personajes de Disney en bucitos y camisetas, aunque también lo hacía, ya con otro tipo de pintura por supuesto, sobre las paredes de mi cuarto, escenas completas de películas como la de los enanitos de Blancanieves marchando y entonando su consabida canción que a veces todavía hoy tarareo por las mañanas, nunca supe bien por qué, quizá por alguna razón vinculada a lo que sea que haya soñado, nada especial en este caso en particular, del que no recuerdo más que la sensación de haber pasado por una buena capa de sueños como quien atraviesa la niebla que se cierne sobre una provincia en particular de un territorio más vasto, sueños, me parece, bastante complicados y narrativos, coherentes si se quiere, no del tipo que eventualmente me acosa y que supongo cabría asociar a las premoniciones y los portentos, como hacían, dicen, los antiguos romanos, o al menos eso leí de niño en un libro de mi tío abuelo, una vieja enciclopedia, completamente obsoleta, de esas que hablan del Hombre de Java y el Hombre de Pekín y reconstruyen mal a los tiranosaurios y los iguanodontes, a la vez que incluyen siempre, como si se tratara de una regla inviolable, el célebre grabado del calamar gigante varado en una playa, con toda la población local mirando y algunos, más aventurados supongo, encaramándose al cadáver gigantesco de la criatura, una especie que, dicen, existe realmente, aunque muy pocos la han visto –yo definitivamente no, porque como mucho habré atisbado el lomo de alguna tonina o ballena enana en el horizonte, desde la playa de Punta de Piedra, balneario que frecuenté con mis abuelos hasta mi adolescencia y que ahora ya no podría visitar sin encontrarlo completamente cambiado, atravesado, me han dicho, por discotecas para hippies chic,  bares con mesitas al aire libre y restaurantes –levantados desde la arena de la playa, que los rodea y erosiona, iluminados por las noches con lámparas eléctricas atenuadas por pantallas de papiro o algo parecido al papiro, generalmente de color naranja oscuro o incluso rojo ladrillo– donde supongo que no podría pedir el desayuno que suelo hacerle a Agustina, que consiste, salvo que ella prefiera otra cosa, en un huevo pasado por agua, una tostada con jamón y queso y un vaso de leche, mientras yo como cereales con pasas de uva y yogurth, otra tostada con jamón y queso y, un rato después, una taza de café bastante dulce, generalmente mientras escribo alguna nota para mis editores, si es que les debo algo, o, en días más felices, un cuento o un capítulo de novela, aunque a veces prefiero mirar una película, como hice ese día después de que Agustina se fuera a trabajar, y se trata en general del tipo de película que miro solo, ciencia ficción clásica, westerns, documentales sobre música o películas de terror, que si viera con Agustina –lo sé porque ha pasado- seguro terminarían por impresionarla demasiado y después, al día siguiente, me contaría que tuvo todo tipo de sueños desagradables, del tipo de sueño que yo no suelo tener, o que al menos no recuerdo, dado que las únicas pesadillas recientes que encuentro en mi memoria suelen tener más que ver con angustias repentinas, intensas y por suerte breves, que me despiertan de inmediato convencido  de que una araña o algún insecto irreal y monstruoso –aunque por suerte para eso tengo la máquina– desciende sobre la cara de mi mujer o sobre mi propio cuerpo, cosa que, evidentemente, jamás sucede, ni durante la noche ni durante el día, por ejemplo cuando estoy acostado en la cama mirando una película hasta más o menos las nueve y media o las diez, momento en que todos los días me da hambre y me como una fruta, un durazno o una banana, y sigo mirando la película hasta que o me aburro o se termina y paso a escribir o a actualizar mis blogs hasta el mediodía, inevitablemente hambriento una vez más y ya preparado para cocinar algo, muchas veces congelados que pongo en el horno o a veces hamburguesas o bifes de pechuga de pollo, platos fáciles, ya que no me gusta cocinar para mí solo, me aburre, me resulta una tarea un poco tediosa que es, además, fácilmente evitable apelando al arroz, al puré de sobre, a los congelados al horno, en fin, a, como decía recién, platos sencillos que pueda tener resueltos con el mínimo esfuerzo posible y en no más de quince minutos, después de los cuales como mirando alguna serie en la computadora, algo breve, de media hora digamos, Los Simpsons, 30 Rock, para después leer durante un par de horas y ya, cuando empieza a promediar la tarde, antes de empezar a pensar en qué hacer por la noche –si salir a caminar, a cenar afuera, al cine o a comer con mis padres o con mi suegra–, bajo al sótano y reviso que la Máquina del Realismo funcione correctamente. A veces, cuando estoy de humor, chequeo el archivo o bitácora de su funcionamiento: esa tarde, por ejemplo, me enteré de que la Máquina evitó que se estrellaran (es decir, evitó que nos encontráramos en ese mundo) contra el ventanal del fondo unas criaturas desconocidas cuya sangre, leí en el reporte detallado, tenía la propiedad de generar visiones del fin de los tiempos; a la vez, también fue evitada la irrupción de una versión alternativa de mi persona que, perdida entre pliegues del multiverso, habría terminado por llamar a mi puerta e intentado matarme, no quedaba claro por qué, aunque la presencia de Agustina parecía guardar alguna relación con la causa del asesinato en última instancia condenado al fracaso; el buen funcionamiento de la Máquina, además, me sirvió para evitar mi metamorfosis en una criatura llena de protrusiones y placas articuladas en una suerte de exoesqueleto tumoroso, invadida por una furia creciente y un anhelo de abrirse camino a través del territorio ocupado por un antiguo imperio ahora en ruinas, en pos del último integrante de una hermandad destinada a asesinar al dragón que se comerá el mundo, del cual, aparentemente, yo me habría convertido, de no ser por la Máquina, en un avatar. Había más –recuerdo, por ejemplo, que se hablaba de la ciudad de Ventomedio-, pero no quise leer; me aseguré de que todos los niveles estuvieran graduados de acuerdo a mis preferencias y, una vez más, llené mi corazón de luminosa gratitud por la Máquina.

sábado, 2 de febrero de 2013

delirios fernandinos

Un editor apellidado Montesino, después de que le cuestionara su creencia de que su editorial, Trópico Sur, está en "el centro de la escena" literaria uruguaya, creyó también electrocutarme recordándome que yo había sometido un cuento a su editorial. Como si algo así representara una puesta en evidencia significativa! Otro ejemplo de delirio, pero le respondo igual, para darle un poquito de vida a este zombie. Claro que se lo envié: tengo la costumbre de enviar mis ficciones a prácticamente cuanta editorial o publicación se aparezca ante mi mirada (gesto que tiene que ver ante todo con ciertas pautas de mi proyecto literario); algunas las publican, otras no,como es lógico esperar. En este caso, después de ver dos o tres portadas de la editorial y enterarme de su existiencia, escribí un mail preguntando al editor si recibía textos, me dijo que sí, y lo envié mi relato "Las mentiras", que ahora está en "Algunos de los otros Redux". Un par de días después me contestó: "no es el tipo de textos que estamos buscando, para nuestra colección, buscamos sobre todo innovación en lo narrativo, textos sin pretensiones, sin referencias intelectuales, con estructuras diversas"; me costó emparejar "innovación en lo narrativo" con "sin pretensiones", pero, más allá de eso, entendí que se trataba de una línea editorial diferente a la de las que suelen publicarme; a la vez, el mail añadía "creo que en buenos aires hay editores más afines a este tipo de narración", cosa que, en rigor, se probó cierta, dado que el cuento fue efectivamente publicado por una editorial... bueno, no de Buenos Aires, pero sí de La Plata. Ahora Montesino se enoja porque -sin criticar su editorial: hasta la fecha no he leído ninguno de sus libros- le cuestiono su respuesta a una nota aparecida en La Diaria y escrita por Gera Ferreira, en la que afirma, en mi opinión de un modo delirante, estar en ese centro al que ya hice referencia. Bueno, eso es todo. Uno más para atender!