viernes, 5 de julio de 2013

quién habla chino?

El argumento de la habitación china, pensado por John Searle, es fácil de explicar. Si tenemos una habitación incomunicada del exterior excepto por una rendija y, en su interior, una persona con acceso a un manual perfecto sobre cómo responder oraciones en chino (algo así como "si recibe tal cosa o tal otra, responda con tal y cual enunciado") mediante un acervo completísimo de sintagmas, queda claro que cualquier pregunta que se le haga (deslizando una hoja escrita por la rendija; quienes están del otro lado de la puerta no pueden ver los procesos del interpelado) podrá ser respondida satisfactoriamente desde el punto de vista lingüístico.
 
Pero, por supuesto, el operador del manual en realidad no sabe chino; es decir, no es capaz de realmente entender qué responde o qué le preguntan. No hay entendimiento, no hay comprensión. Sólo hay una mecánica, un algoritmo desprovisto de conciencia. Es decir: por más que le apliquemos el test de Turing (que pretendía determinar la inteligencia o conciencia de una entidad comprobando si sus respuestas son indistinguibles de las de un ser humano) y lo pase airosamente, el conocimiento del chino, la conciencia de lo que se dice, no está allí. Conclusión: el test de Turing no funciona.
 
Evidentemente las objeciones posibles son muchas. Quizá sea imposible la existencia de un manual perfecto sobre cómo responder oraciones en chino, por ejemplo. O, por otro lado, quizá nadie, en todo el planeta, a lo largo de toda la historia, ha entendido o entiende realmente el chino. ¿Estamos seguros de que los seres humanos son inteligentes y concientes?

 Una idea asociable a esto es la tesis de William Burroughs sobre el lenguaje como virus alienígena. El lenguaje, de acuerdo al autor de El almuerzo desnudo, sería una entidad que parasita las mentes humanas. Pero, ¿qué busca? ¿Cómo se beneficia? Extrapolando a Burroughs podríamos pensar que busca ser hablado, que "existe" en la medida en que accede (parasita) un substrato que podemos identificar como nuestras "mentes" o nuestros "algoritmos", que su vida se da en el constante intercambio de mensajes que sirve de fondo a la vida en ciudades. El lenguaje, entonces, se habla a través de nosotros. O, incluso, somos hablados -en tanto sujetos, en tanto entidades de relieve lingüístico o de existencia textual- por el lenguaje, parafraseando un poco piráticamente a  Lacan. Es decir: nadie habla chino; el chino se habla a través de nosotros y nos habla. En este escenario, la habitación china de Searle no hace sino ofrecer un modelo bastante preciso de la manera en que opera, en última instancia, la comunicación. Y, por supuesto, si no entendemos chino, no entendemos nada. Porque quizá, en última instancia, fuera del lenguaje no hay nada que entender.