martes, 23 de junio de 2015

zombis, parricidio y peditos de vieja

La condición necesaria para que pueda hablarse de "parricidio" (si uno quisiera hacer tal cosa, claro está) es, supongo, pensar que hay hijos y hay una muerte infligida. Tengo para mí que es una tontería (o un acto justificado por una agenda y la administración de una "rosca") atribuir la condición de "parricida", en literatura, a quien se refiera críticamente a los colegas cuyo nacimiento precede al menos digamos 20 años al propio, y por lo tanto imponerle a alguien la nómina de sus padres es un acto que intenta colonizar (y probablemente minimizar, trivializar) una escritura problemática. Pero más allá de esto me parece que el parricidio literario en Uruguay es un chiste. Un joven irlandés (Brian O'Nolan, digamos, Samuel Beckett, digamos) separado una o dos generaciones de Joyce podía rebelarse contra el maestro (o contra su culto) y quizá incluso debía hacerlo, porque ese gesto era como pelear contra un huracán. En el hecho había ya algo valioso, algo trágico, y así le fue a Beckett, a quien por cierto no le faltaba talento y a quien la fuerza de Joyce lo empujó hasta la lengua francesa. Pero en Uruguay no hay huracanes, así que no tiene sentido hablar de parricidio en relación a peditos de vieja como Tomás de Mattos, Carlos María Domínguez, Hugo Fontana, Hugo Burel (lo nombro estrictamente porque tiene la edad de mi madre) o Mario Delgado Aparaín. Antes de ellos están los abuelos o los bisabuelos, y la rebelión contra ellos es difusa, se dispersa fácilmente (por eso decir que Benedetti es un pésimo escritor es tan interesante como decir que Mozart era un gran compositor). Y no nombro a Levrero: contra él se van a rebelar o recortar o desplazar los que recién ahora están empezando a leer, quizá porque todavía no cumplieron 10 años (es decir: para mi generación Levrero es como un tío un poco mayor que nos hace ver como los hijos de la vejez). Dicho de otro modo: si alguien señala un espantapájaros mal hecho y quiere venderlo (o imponerlo) como un padre, entonces, puesto que en ese gesto se quiere mostrar la literatura uruguaya en tanto tradición, la literatura uruguaya no existe y, por lo tanto, la única cosa sensata por hacer es hablar de (y con) la gente que nació más o menos en el mismo año que uno, como si todo el pasado pertinente a la cuestión fuese irrisorio. Que en cierto modo lo es, porque pelearse con Herrera y Reissig es como pelearse con el propio pie: ya no es trágico, es estúpido. Y en cuanto a los mencionados peditos de vieja: quien diga que en estas palabras se incurre en parricidio debería pensar si acaso la obra de estos escritores (y ellos mismos en tanto figuras de autor) está viva (no lo está), y si acaso la obra de estos escritores engendró hijos (no lo ha hecho). Sin vida y sin paternidad no hay parricidio: no sólo no se puede matar a quien no está vivo sino que, de hecho, al faltar la atribución de descendencia, quien los mate matará a un viejo más de la multitud, no a su padre.
Es posible que todo redunde, en última, en la cosa postapocalíptica de salir a "matar" zombis (ya que la dignidad del no-muerto vampiro les queda muy grande, salvo, quizá, por la posibilidad de una vida chupada a ciertos jóvenes deseosos de una inmortalidad trucha).

viernes, 5 de junio de 2015

Sobre una entrevista a Horacio Cavallo

El País Cultural publicó hoy una jugosa entrevista a Horacio Cavallo, a quien también agradezco su generosidad a la hora de mencionar mi trabajo. Creo que se podría estar horas charlando de lo propuesto por Horacio en sus respuestas, y que de esa charla podría surgir algo interesante. Lo que sigue son simplemente ideas o notas surgidas de la lectura de la entrevista.

Para empezar, Cavallo habla de una "generación" de contemporáneos suyos, primero proponiendo razones para creer que efectivamente existe tal cosa y al final deslizando un posible contraargumento. Este tema, por supuesto, viene siendo debatido hace tiempo. Horacio señala que "hay puntos en común. Entre todos los que publicamos desde hace siete u ocho años, y que a su vez tenemos edades similares, hay cierto parentesco más allá de lo estético, en la postura ante el hecho de escribir. Por ejemplo, el querer contar una historia, tratar de hacer una literatura donde uno esté dejando lo mejor, no una escritura por mero entretenimiento"; puestos a dialogar yo diría que tiene razón Horacio, pero que esos elementos (ética de escritor y atención a la anécdota, a la historia contada como valor en sí mismo y de especial importancia) más que definir una generación definen un grupo particular dentro de esa generación, precisamente el de los autores que nombra ( Leonardo Cabrera, Damián González Bertolino, Manuel Soriano y Martín Bentancor, aunque avisa con prudencia que quizá esté dejando alguno de lado), pero que no necesariamente incluye a, por ejemplo, Agustin Acevedo Kanopa o a mí mismo, y ambos, de alguna manera, somos parte de esa generación -en base a vivencias, relación con las circunstancias del medio editorial, con la prensa, y por supuesto el contexto histórico de haber sido adolescente o preadolescente en los 90s y no en los 80s-; a la vez, también se puede incorporar a la reflexión el tema de los géneros, y ahí pensar que tanto Horacio como los escritores que nombra dejan entender una actitud que no es la misma que, por ejemplo, la de Rodolfo Santullo o Pedro Peña (y este tema no me parece para nada deleznable), y el tema del relacionamiento con la tradición o con cierta concepción de la literatura, donde una notoria integrante de la "generación" como Natalia Mardero sin duda podría mencionarse como una escritora que trabaja desde un lugar que no coincide necesariamente con el de Cavallo, Cabrera, González Bertolino, etc.
 
Otro tema de interés es el de la crítica. Horacio señala, refiriéndose a mi labor crítica o periodística, que "es bastante difícil que el escritor y el crítico vayan muy de la mano", a la vez que propone que yo, por ser "parte" de la generación no puedo hablar de ella (en gran medida porque no puedo referirme a mí mismo): "Sí pertenecen a ella [Sanchiz y Bajter] porque tienen más o menos la misma edad, pero no se han ocupado estrictamente de lo que producimos".
 
Ese "estrictamente" es lo que me interesa. Seguro que Horacio sabe que he escrito bastante sobre la "generación" aquí y allá (él mismo lo deja entender en sus respuestas), pero parece sugerir que al ser yo parte de ella mis aportes no constituyen un discurso que se ocupa "estrictamente" del tema (sí quizá otra forma de discurso, y ahí es donde podría deslizar mi mera opinión personal o los lineamientos de mi "proyecto"). Me parece interesante la distinción implícita, eso sí, y sin tener aún una conclusión al respecto (ni en favor de lo dicho por Horacio ni en contra, salvo, claro, que hable en plan estrictamente personal y señale desde dónde escribo crítica y para qué) me parece que llama la atención que de los nombres que menciona como vinculados de una forma u otra a la crítica, con la excepción de Gabriel Lagos y de Ignacio Bajter (hasta donde sé no escriben ficciones, pero capaz que me equivoco), todos ellos (Peña, Cabrera, Sofi Richero, Santullo) se han desempeñado o se desempeñan tanto en la crítica como en la narrativa, escribiendo reseñas y proponiéndose como narradores. Y de alguna manera u otra se han ocupado de la "generación", así sea asumiendo su existencia o, simplemente, reflexionando sobre ella. O, incluso sin haber producido enunciados sobre la "generación" en su totalidad, han criticado (positiva o negativamente) libros incorporados o incorporables a ella.
 
A la vez, es curioso que cuando Fontana (autor de la entrevista) pregunta por la posibilidad de que ciertos críticos incorporables a la generación "reflejen" cosas que están pasándole a nivel creativo a sus colegas, Cavallo responda estrictamente pensando en enunciados generales sobre la generación, cuando la pregunta también podía permitir una respuesta centrada en lo particular (en si tal crítica puntual reflejó tal obra concreta y de qué manera y qué generó). En ese sentido, se puede pensar en una relación de Cavallo con la crítica o en el tema de la relación de su generación (o de cómo él la percibe y lee) con la crítica. Creo que Fontana tenía eso en mente, de ahí que la siguiente pregunta aluda a los "hachazos por la espalda" en oposición a los "análisis serios, globales". Y llama la atención que esas sean las únicas opciones mencionadas, claro está (cabe pensar que también hay hachazos de frente, después de todo, o cabe preguntarse qué quiere decir "de frente" o "por la espalda" en este contexto).
 
Otra nota: Fontana y Cavallo podrían ser incluidos cómodamente en cierta línea onettiana de la narrativa uruguaya contemporánea. Eso quizá hermane (o establezca relaciones paternofiliales y a su vez epigonales) a Cavallo más con un representante de una generación anterior (Fontana, es decir) que con otros de la suya. Algo de eso sobrevuela esta entrevista, me parece (hablo a nivel intuitivo y no competamente reflexivo acá, son temas a pensar), un cierto acuerdo previo, por llamarlo de alguna manera, o simplemente una afinidad generadora del encuentro y el texto (la entrevista, es decir). En esas conexiones (Cavallo junto a Fontana, a Estramil, a Luis Fernando Iglesias) hay también elementos a tener en cuenta a la hora de mapear la generación o, mejor, el presente de la literatura uruguaya (en ese sentido se podría hablar del vínculo entre Agustin Acevedo Kanopa y Polleri, por ejemplo).