martes, 19 de diciembre de 2017

"The final cut", Pink Floyd, 1983, Harvest/Columbia


Se puede pensar lo que se quiera sobre el expresionismo romántico a ultranza de Roger Waters, pero es dificil negar que hacia "The final cut" -concebido originalmente como un álbum que acompañara, en plan banda sonora, a la película "Pink Floyd - The wall", pero después convertido en un disco conceptual concebido a partir de la guerra de las Malvinas- el bajista, único compositor de las 12 (o 13 en las ediciones posteriores a 2014) canciones del álbum, se encuentre en uno de sus picos, no sólo como letrista sino también como creador de paisajes sonoros. En ese sentido, "The final cut" es un álbum especialmente interesante de Pink Floyd, ya que se aparta de la línea de belleza y voluptuosidad musicales inaugurada por "Wish you were here" y más o menos presente en los dos discos que siguieron; de alguna manera, entonces, el disco de 1983, que no es de escucha fácil, suena a una concentración de los momentos menos estrictamente "musicales" de "The Wall" y se presenta más como un disco basado en climas y -notoriamente- en sus letras. Esto no quiere decir, por otro lado, que no contenga melodías maravillosas, y "The post war dream" y "The Fletcher memorial home", están a la misma altura en sugerencia y complejidad que momentos tan bellamente texturados como los primeros 2 minutos y pico de "When the tigers broke free"  o la guitarra y la base de teclados de "One of the few". De hecho, hay lugar para un espejismo del pop -espejismo porque está visto desde el disco, por decirlo de alguna manera-, particularmente en "The hero's return".
En cualquier caso, se aprecie o no el aparato de las letras, las texturas y las melodías (debo decir que me tomó no poco tiempo hacerlo, pero era más viejo entonces y soy más joven que eso ahora), parece bastante claro que, de todos los discos de Pink Floyd, "The final cut" es acaso el que suena mejor: el más profundo en la reverberación de sus graves, en las distancias relativas entre los sonidos y el oyente, en la claridad de los detalles y en la cuidada ecualización de la voz de Waters en relación al fondo instrumental.
Está claro, por supuesto, que Waters apostó a que este trabajo sobre melodías y texturas apunte a la emoción del oyente; en ese sentido, es dificil pensar -en la discografía de Floyd- en momentos más emotivos que "The Fletcher memorial home" o "The final cut", con la breve pero efectivísima "Southampton dock" en medio; y ya avanzando hacia el final el empuje -y la vocalización de Gilmour- de "Not now John", otro de los momentos más maravillosos del disco junto a la belleza epilogal de "Two suns in the sunset", cargada de resignación, delicadeza (en un disco que, convengamos, no es especialmente sutil, al menos no en sus momentos más intensos) y dinámicas, musicales y emocionales.

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