miércoles, 15 de marzo de 2017

"La mosca y la sopa", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, 1991, Del Cielito Records

Uno de los lugares comunes sobre el quinto álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es el que lo presenta como el acceso al mainstream o a la masividad de la banda. Dejando de lado estadísticas, ventas y seguidores, parece fácil constatar cierto esplendor pop en las diez canciones que propone, pero, en última instancia, ¿qué es el pop? Está, por ejemplo, la oposición elemental pop/rock, y en ese sentido -tengamos en mente que nadie diría que los Redondos no son una banda de "rock"- donde el primer elemento tiende a agradable, a lo placentero y a lo entretenido, el segundo acusaría más bien una tendencia a lo agresivo, lo inquietante, lo insidioso. Pero, por supuesto, esta dicotomía es completamente insuficiente; Brian Eno señaló -a propósito de Bowie y el concepto de "originalidad"- que el pop consistía en ofrecer con una nueva superficie (una más brillante, más atractiva) ideas originales de segunda mano; en ese sentido, el pop acaso pueda entenderse también como un momento específico en una circulación de símbolos: en el reciclaje, digamos, de las estéticas y los procedimientos. ¿Qué puede decirnos esto sobre "La mosca y la sopa", entonces? Hay ciertamente un lado profundamente "rock" en el álbum: de hecho, acaso PRYSRDR pueda ser pensada como la banda que con mejor acierto recicló los elementos del rock -esa producción simbólica esencialmente estadounidense y proletaria, resignificada y expandida por músicos británicos de la década de 1960- para un contexto latinoamericano, rioplatense. Hay, es decir, una lección bien aprendida -un arte, un craft, un aprovechamiento de ideas de segunda o tercera mano- en cuanto al lenguaje de los instrumentos solistas (guitarra y saxofón mayoritariamente, con el infaltable piano a la honkytonk), a los ritmos y a las texturas que, notoriamente, logra armar un sonido específico y distintivo, que emerge con total claridad en el tercer álbum de la banda y acaso su obra maestra, "Un baión para el ojo idiota" (1988), a la vez que -en particular en los dos primeros trabajos- la marca de década, la cosa ochentera dark, por llamarla de alguna manera, formatea una estética todavía tentativo o de exploración. En ese sentido, la serie de tres discos que comienza el de 1988 y a la que remata el de 1991, con "¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado" (1989) en el medio, establece claramente que el horizonte sonoro de PRYSRDR no es aventurado, que es más bien epigonal en el sentido de ofrecer -o resignificar en el contexto del rock en castellano- lo que otras tradiciones ya habían hecho tantas veces. Pero, no cabe duda, describir de esa manera al proyecto sonoro de la banda es faltar a cierta cosa idiosincrática o estilística que lo convierte en un eje por el que otros tantos músicos encontrarían su sonido en el futuro, algo así como un aparente paradigma del rock en castellano. Y en eso, además de las sonoridades particulares de la banda (incluyendo el excelente y distintivo trabajo del vocalista), juegan un papel preponderante las letras. La ansiedad por la interpretación y la idea errónea del diccionario como clave hace que a cada verso o término cierta mitología "ricotera" le haya asignado un -o una serie de, dejando siempre cierto suspenso- significado, que ingresa a una articulación que termina por significar ante todo una pretendida sapiencia de madurez o "viveza", una actitud o filosofía vital y estética y, huelga decirlo, una perspectiva ante el mundo de las drogas y la "calle". Una lectura menos ingenua, sin embargo, parece señalar ante todo un manejo brillante del significante, que en "La mosca y la sopa" parece encontrar algunos de sus mejores momentos. Así, en "El pibe de los astilleros", una de las tres o cuatro mejores canciones del disco, el verso "el maldito amor que tanto miedo da" funciona magistralmente desde su primera aliteración (MalditoaMor) hacia la reinstalación del sonido ("Miedo"), con el quiebre y la apertura de "tanto" (en virtud especialmente de la consonante "t") en el medio y su suerte de recurrencia de los sonidos vocálicos, que insinúa un patrón (a-i-o-a-o e-a-o-i-e-o-a) o un engranaje cíclico. Pero, por supuesto, la misma canción dice que las minitas aman los payasos (¿y cuántos dirían "¡pero es que es verdad!").
El impulso pop mencionado más arriba encuentra en "Un poco de amor francés" su punto más alto, desde la sutil y detallada performance vocal (escuchar por ejemplo los sonidos vocálicos que cierran cada estrofa y las variantes en la emisión de la estrofa repetida al final, además de, y especialmente, la última ocurrencia del verso "cuando se ríe") hasta la cuidada ecualización del tema, que estira el sonido desde los medios hasta los agudos y convierte a la guitarra rítmica acústica en una serie de destellos metálicos o chispazos diamantinos, a la vez que relega los graves mayoritariamente a los golpes enfáticos de la batería en la sección de "Quiere, si quiere más". Sin duda, además, los arreglos de guitarra en la introducción -que se reiteran en la canción a modo de estribillo instrumental- ofrecen una melodía tan perfectamente cantable que no es extraño que los fans hayan acuñado aquello de "vamos los redondos" para corear en esos momentos.
Podría seguir la lista de detalles, pero está claro que "Un poco de amor francés" se ofrece como un ejemplo perfecto de canción trabajada con elementos de eficacia probada, fácilmente legibles o reconocibles y, ante todo, bien ejecutados. Es decir, pop. Con sonido de rock, en última instancia, y con toda esa atmósfera o carga de connotaciones aportada desde la letra y su conexión con esa suerte de "esencia ricotera" a la que son tan sensibles ciertos fans de la banda.
Quizá no haya muchos momentos tan bien cincelados, pero tampoco hay tantos de los otros. Quizá "Nueva Roma" no parezca estar al nivel de lo mejor del álbum, pero dejándola de lado el resto es consistente, sólido. Incluso "Mi perro dinamita", que parece ante todo una fruslearía paródica, un pastiche de esa cosa rockera que persiguen las otras canciones, tiene el interés de una ejecución tensa, un buen trabajo vocal y algunos solos disfrutables.
El espectro de sonidos y ritmos no es especialmente amplio, pero acaso su mayor distancia sea la que media entre el funk de las estrofas de "Fusilados por la cruz roja" y la progresión de de acordes en mi menor de "El pibe de los astilleros", con su riff que recuerda al de "Voodoo chile (a slight return)".
Cabe pensar como uno de los grandes aciertos del disco en cuanto a su ordenación y a sus contrastes el que aporta la yuxtaposición de "Tarea fina" a "Blues de la artillería". Donde la última ofrece el momento siniestro/malaonda del disco (cuya letra incluye dísticos tan memorables como "cierran los bares por donde van / tu breto y tus ojos grises" y "Yo no soy de aconsejar / pero estás jodiendo al personal"), la que sigue ofrece un alivio en todos los sentidos (el interpretativo entre ellos: a los efectos de sonido y su evocación de una carretera, con las obvias connotaciones de libertad, de liberación, se le suma el verso inicial "quemando la turbina te escapás") y uno de los estribillos más cantables ("...las más lindas piernas / que vi / y un juego rico de amores / caída libre para dos"), además de un sonido, una vez más, pop y amable.
Pero acaso pertenezca al cierre del disco su punto álgido. Tras la oscuridad y gravedad de "Salando las heridas" suena "Queso ruso", que arranca con un riff insistente, ansioso, y se resuelve en un funk agresivo seguido por otro estribillo memorable (en todos los sentidos: en el pop y en el lírico): "y muchos marines / de los mandarines / que cuidan por vos / las puertas del nuevo cielo", después variado en la letra hacia la mejor tirada de versos del disco y acaso de la discografía entera: "y hay algo en vos / que está empezando a asustarte / cosas de hechicería / desafortunada"). Quizá sea el puente lo menos logrado de la composición, pero su cierre con un solo de guitarra wah-wah sin duda lo rescata de las expectativas no cumplidas (acaso se habría beneficiado de otro momento de especial brillo lírico), y además pronto el oyente quedará deslumbrado por la coda que reitera, en un crescendo impresionante, los versos del primer estribillo.
Está claro que el craft, que lo bien aprendido, está en la base de la efectividad de la canción, pero se impone la apelación a una cualidad inaprensible o no fácilmente descriptible, esa suerte de "magia" o "esencia" que tanto es invocada a la hora de describir ciertas bandas emblemáticas (The Beatles, Led Zeppelin, etc) y que, en el fondo, no puede ser otra cosa que la conjunción de un sonido específico con una estética bien definida y un elemento lírico capaz de atraer la imaginación de los escuchas y apoderársela. Todo eso logra "La mosca y la sopa"; después sus autores buscaron indagar en sonoridades más inmediatas o "contemporáneas" (es decir pop, pero en otro sentido), y si bien ofrecieron momentos de interés, cabe pensar que esa segunda mitad del proceso histórico de PRYSRDR es una forma de dispersión de las cualidades que hicieron a sus (dos) obras maestras.

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