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"Automatic for the people", R.E.M., 1992, Warner Bros

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Si bien fue "Losing my religion" sin duda la que más influyó sobre mi generación, fue con "Monster" (1994) cuando empecé a tomar en serio a R.E.M. Esto equivale a decir que el álbum a veces señalado como la obra maestra de la banda, el octavo de su discografía, no tuvo gran incidencia en mí al momento de su salida y durante el año siguiente; recién más cerca del fin de la década, en 1997, fue que lo escuché con atención. Había por supuesto escuchado hasta el cansancio "Everybody hurts", pero si bien era fácil apreciar la belleza de la composición también tenía claro que si quería una suerte de desolación edulcorada me resultaba preferible elegir entre las tantas variantes de ese mood que habían ofrecido y seguían ofreciendo los Smashing Pumpkins, y si bien en realidad esa idea no cambió gran cosa en 1997, pese a que aprecié de manera más entusiasta el impresionante puente de la canción ("don't throw your hand..."), el resto del álbum ganó ...

"The Beatles", The Beatles, 1968, Apple

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Dos discos de 1967, dos portadas, una historia contada muchas veces: por un lado "Sgt. Pepper's lonely hearts club band", featuring Aleister Crowley, los fab four, la banda del sargento del título, Oscar Wilde, Aldous Huxley y un buen reparto, entre los que aparecía también el autor del segundo disco en cuestión, "John Wesley Harding", una tapa sepia, casi monocromática, poblada por lo que parecen patanes sin remedio. La primera tr epó hasta el pináculo de su era; la segunda le dio la espalda y miró hacia otro lado. El mismo que mirarían los Stones y los Beatles al año siguiente, y entonces si la del disco de Dylan, con su austeridad y su carencia total de cualquier rastro de coolness, señalaba cómo apartarse de la parafernalia multicolor de la psicodelia, fueron los Beatles quienes llegaron al máximo inevitable de ese camino (salvo, claro, omitir la portada, cosa sin duda demasiado radical para su época y por tanto acaso invisible en tanto opción): el espa...

"Beggars banquet", The Rolling Stones, 1968, Decca/London

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Si para 1968 empieza el declive de The Beatles -al menos en tanto banda: el disco de ese año es acaso el mejor que lanzaron, pero es inevitable notar la fragmentación del grupo- del mismo modo comienza el ascenso de los Stones. No porque lo anterior fuera deleznable, por supuesto, sino porque después del grado máximo de su posición minoritaria o de minion con respecto a The Beatles, o sea "Their satanic majesties request", que sin duda interesa como caso brillante de ansiedad creativa a partir de la llamada angustia de las influencias (en este caso agravado por el hecho de que se trataba de la influencia de los contemporáneos) pero parece dificil colocarlo al nivel de discos más logrados ("Between the buttons" y "Aftermath"), "Beggars banquet" parece la promesa de una suerte de madurez creativa. Ha sido señalado el influjo del retorno a lo básico que ensayaba Dylan en su sótano, después documentado por una colección de aquellas cintas (y, d...

"Selling England by the pound", Genesis, 1973, Charisma/Atlantic

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Si aceptamos al quinto álbum de estudio de Genesis como una de las cuatro o cinco obras maestras del prog, parece interesante pensar que una de sus principales virtudes sea, precisamente, su lado menos progresivo y más pop, la cosa beatlesca de dos de sus mejores momentos, "I know what I like (in your wardrobe)" y buena parte de "The battle of Epping forest". Más allá de esto, tanto la cualidad de acopio de cuentos de hadas o de historias fantásticas como su evidente musicalidad hacen que "Selling England by the pound" merezca cómodamente ese lugar que le propuse más arriba: un prog  británico, que juega a la excentricidad, a los cambios repentinos y sorpresivos, en lugar de explorar más la dimensión hardrockera latente en el género (cosa que, de hecho, Genesis había hecho en su trabajo anterior). Es dificil, entonces, eludir esa suerte de construcción de una excentricidad o locura inglesa, carrolliana, pero esta también sirve para "justificar...

"Help!", The Beatles, 1965, Parlophone

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Uno de los fetiches a la hora de narrar el proceso de The Beatles es sugerir cuál fue o pudo ser el momento en que todo empezó a cambiar; esto parece relegar a un lugar de menor interés una primera etapa más marcada por un pop inmediato o por las pocas pretensiones a la hora de grabar y construir canciones, y es cierto que al menos los primeros dos discos de la banda indudablemente ofrecen un remedo de la actuación en vivo y no un sonido creado específicamente en el estudio y que sólo puede vivir en él; la cosa se complica notoriamente con "Beatles for sale", pero en general se propone a "Help!" como el punto de inflexión. En cierto modo la cosa parece natural: ya para 1965 sonaban los Kinks y los Animals y, por tanto, la que todavía era en gran medida la banda de Lennon -que además venía del éxito impresionante en Estados Unidos y de una película sorprendente- tenía que proponer algo nuevo. Y vaya si lo hicieron: el sonido que empezaba a aparecer en el reverb de...

"Incesticide", Nirvana, 1992, DGC

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Lo primero que llamó mi atención desde "Incesticide" y se las arregló para convertirse en el núcleo de mi imagen mental del álbum fue su arte de tapa (del que ahora, lo confieso de rodillas y con las muñecas atadas, tengo una espantosa versión verdosa y argentina). Se dice que Cobain aceptó lanzar un compilado de lados B, rarezas y transmisiones radiales por que se le permitió encargarse él mismo del arte, y de alguna manera le funcionó: para mí, por mucho tiempo, Nirvana no fue el pop punk perfecto de "Nevermind" sino, más bien, la pareja de homúnculos (y la amapola) de la tapa de "Incesticide": algo ominoso (familiar e inquietante), algo mínimo, algo ligeramente grotesco y a la vez increíblemente expresivo, como un cuadro de El Bosco hecho por y para niños malignos y mutantes. Quizá por ahí, pensaba, había que entender la música. También es cierto -como dije en una reseña hace unos días- que por cierto tiempo usé "Incesticide" como si fuera...

"Remain in light", Talking Heads, 1980, Sire

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Supongo que si alguien me pidiera una razón para pensar al cuarto álbum de estudio de Talking Heads como la obra maestra de esa banda podría contestar que, a pesar de mi amor por "Fear of music", se me ocurren tres: "Once in a lifetime", "Listening wind" y "The overload"; o, mejor, bastaría con decir que tiene el mejor conjunto de canciones basadas en un único acorde en que pueda pensar, y que además tiene "The overload", donde si algo no importa es qué acordes están siendo tocados. Y, además, que todo el álbum es una extensión y exploración de "I zimbra", la maravillosa apertura de "Fear of music". Curiosamente, la canción quizá más deliciosa del disco, "Once in a lifetime", además del ambiente fantasmagórico de sus estrofas y de todo eso que es esencial al álbum completo -la complicada trabazón de ritmos, la naturaleza estrictamente creada en el estudio con máquinas y procesos de la música que suena-,...