martes, 5 de septiembre de 2017

"Automatic for the people", R.E.M., 1992, Warner Bros


Si bien fue "Losing my religion" sin duda la que más influyó sobre mi generación, fue con "Monster" (1994) cuando empecé a tomar en serio a R.E.M. Esto equivale a decir que el álbum a veces señalado como la obra maestra de la banda, el octavo de su discografía, no tuvo gran incidencia en mí al momento de su salida y durante el año siguiente; recién más cerca del fin de la década, en 1997, fue que lo escuché con atención. Había por supuesto escuchado hasta el cansancio "Everybody hurts", pero si bien era fácil apreciar la belleza de la composición también tenía claro que si quería una suerte de desolación edulcorada me resultaba preferible elegir entre las tantas variantes de ese mood que habían ofrecido y seguían ofreciendo los Smashing Pumpkins, y si bien en realidad esa idea no cambió gran cosa en 1997, pese a que aprecié de manera más entusiasta el impresionante puente de la canción ("don't throw your hand..."), el resto del álbum ganó una estatura importante. No sé si mayor a la de "Monster" pero sí capaz de hacerme ver algo especial, una suerte de marca de agua; quizá el de 1994 me gustaba más, concluí, quizá hablaba más de cerca a mi sensibilidad, pero había que reconocerle la flecha justo en el blanco a "Automatic for the people".
Ahora diría que hay una cuestión de sonido, una serie de ambientes especialmente bien calibrados; por ejemplo, la ligerísima distorsión en la voz de Stipe -resonancia de la batería y la cuidada distorsión de la guitarra- en "Ignoreland", el hermoso ambiente acústico de "Monty got a raw deal", con esa voz tan inmediata pero a la vez tan inalcanzable y la maravilla sonora de las estrofas con la batería. Y si seguimos buscándole la atmósfera y el ambient, ahí suena "Star me kitten", justo antes de esa canción que la fabulosa película homónima con Jim Carrey me hizo amar más allá de su lugar en el álbum de R.E.M.
En la primera mitad del álbum todo parece un poco más similar, más homogéneo; el universo del álbum sin duda se expande dolorosamente en "Nightswimming" (más desolación edulcorada, pero todavía hoy prefiero esta a la de la cuarta pieza del disco, salvo por el puente, oh, el puente), pero entre la tensión apenas oscura de "Drive" y "Sweetness follows", más la belleza emotiva de "Try not to breath", la sensación es la de piezas que encajan justo donde se espera que encajen: la de la factura impecable de un álbum. Eso, por cierto, hace más asombrosa la segunda mitad, a partir de "Monty got a raw deal". Y, curiosamente, el momento rockerito de "The sidewinder sleeps tonite" se las arregla para sugerir secretos y facetas ocultas.
El final, entonces, es simplemente asombroso y, posiblemente, mi momento favorito del álbum. "Nightswimming" se lleva el disco lejos de nosotros, o nos lleva lejos del disco, pero de pronto suena "Find the river" y todo parece precipitarse hacia un ricorso viconiano, pero con la carga de toda la sabiduría adquirida.  Hay algo maravilloso, es decir, en entonar "Leave the road and memorize / this life that pass before my eyes / nothing is going my way" y que suene después ese arreglo mínimo y delicioso, que podría seguir y seguir, para siempre.

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