lunes, 4 de septiembre de 2017

"Beggars banquet", The Rolling Stones, 1968, Decca/London


Si para 1968 empieza el declive de The Beatles -al menos en tanto banda: el disco de ese año es acaso el mejor que lanzaron, pero es inevitable notar la fragmentación del grupo- del mismo modo comienza el ascenso de los Stones. No porque lo anterior fuera deleznable, por supuesto, sino porque después del grado máximo de su posición minoritaria o de minion con respecto a The Beatles, o sea "Their satanic majesties request", que sin duda interesa como caso brillante de ansiedad creativa a partir de la llamada angustia de las influencias (en este caso agravado por el hecho de que se trataba de la influencia de los contemporáneos) pero parece dificil colocarlo al nivel de discos más logrados ("Between the buttons" y "Aftermath"), "Beggars banquet" parece la promesa de una suerte de madurez creativa.
Ha sido señalado el influjo del retorno a lo básico que ensayaba Dylan en su sótano, después documentado por una colección de aquellas cintas (y, décadas más tarde, por la inagotable edición completa de esas sesiones) que, para 1967 y 1968 habían circulado como acetatos que sonaban en todos los rincones under de Londres, y es llamativo el sonido mayoritariamente acústico del álbum, que se nota especialmente en blues como "Parachute woman" y, un poco menos -pero está allí: la distorsión es producto de la grabación saturada- en "Street fighting man", donde despunta eso que a lo largo de los discos son Mick Taylor sería en definitivo sonido Stone. Pero también están "Prodigal son", quizá la más subvalorada del disco, y la bellísima "Factory girl", con su percusión (Charlie Watts en tabla y Rocky Dijon en congas) y algo que parece una mandolina, además del buenísimo violín country que asegura buena parte de la personalidad de la canción (eso y la borrosa y maravillosa voz de Jagger).
Están también las tres obras maestras del álbum: "Sympathy for the devil", inclasificable (por más que por ahí se diga que es "samba rock": en rigor suena como casi nada que anduviera por ahí en 1968) y sin duda una de las mejores letras de la banda, la oscura y electrificada "Stray cat blues" (sin duda el momento más eléctrico de un álbum ante todo acústico), con su loop obsesionante en los acordes de los versos y la evidente malignidad en la voz de Jagger (y por cierto "apuesto a que tu mamá no sabe que gritás así" es una de las mejores líneas de la banda); y, por supuesto, suena al final "Salt of the Earth", que ahonda en la cosa bajada a tierra del álbum, en su materialidad sonora, digamos, que estalla en el retorno glorioso de las estrofas cantadas por Jagger y Richards. Es curioso que la canción dure apenas 4:48 ("Sympathy for the devil" y "Jigsaw puzzle" son más largas, y "Stray cat blues" es apenas 10 segundos más breve), porque logra resonar épica e inmensa. Después vendrían "You can't always get what you want" y "Gimme shelter", que van aún más allá en esa forma de maravilla, pero en cuanto a su cierre, "Beggars banquet" parece insuperable (el fraseo reiterado de piano hacia 3:30, con los coros, parece ahondar el sonido y alejarse por encima del océano, quién sabe hacia dónde).

No hay comentarios:

Publicar un comentario