lunes, 24 de julio de 2017

"Moss garden", Svarte Greiner, 2016, Miasmah

Brian Eno habló alguna vez de la capacidad de la música ambient de "pintar" un entorno; hay, es decir, una suerte de uso del género relacionado con alterar las cualidades inmediatas de una habitación desde ciertos sonidos, texturas y respuestas emocionales en el oyente. Es interesante pensar desde esa idea al subgénero (o género, depende de desde dónde se lo mire) del dark ambient, que de manera inmediata parece capaz de generar inquietud, ansiedad y terror. Pienso en lo que me ofrece la ventana del cuarto donde escribo: una vasta paraed gris amarronada por la intermperie, una franja pintada de blanco hace quién sabe cuánto, pautada por manchas de humedad, las líneas de tender la ropa vacías, los edificios cercanos, más altos, y, contra un cielo metálico las formas de grandes nubes amarillentas que absorben la luz del atardecer inminente. Sobre ellas -y puedo evitar la resolución de formas conocidas simplemente graduando qué tan alto puedo ver en el cielo, según acomode la mirada en relación a la persiana de mi ventana- aparecen trazos nerviosos e intrincados, algunos de ellos finos como una red capilar o nerviosa, otros más gruesos, en los que cabe ver carne momificada, piel gris y tensa que reviste formas ajenas a las consabidas para el reino animal. Por supuesto que se trata de árboles, y si quiero puedo fácilmente des-extrañar la percepción y asignarles el contorno preciso del punto donde terminan sus copas desnudas; del mismo modo puedo fijar la atención en el enorme volumen de un edificio que aparece detrás de esas ramas y que ahora brilla con el sol: una gran superficie mineral a la que la luz rasante le empieza a arrancar una textura. 
El hecho de que esté sonando "Moss garden", de Svarte Greiner -y las resonancias Bowie/Berlin del título parecen atraer engañosamente mi atención-, aporta un nuevo detalle. El cuarto se ha vuelto recóndito, cavernoso, su atmósfera tensa y ansiosa. Mi hija duerme a pocos metros, y el pulso de las cuerdas, que no se resuelve en un beat apreciable, le pauta la respiración como en una tensa sugerencia de enfermedad. Tengo que acercarme y mirarla de cerca para darme cuenta de que duerme tranquila, de que el volumen bajo al que escucho el disco recién nombrado no le perturba el sueño, aunque acaso -es inevitable pensarlo- sí los sueños, si es que una niña de cuatro años ya puede reclamar para sí y en sus sueños una incursión a esos paisajes que tan fácilmente parecen derivarse del dark ambient. Entonces miro de nuevo a los árboles en la calle Rivera y las nubes en el cielo que hasta hace una hora y pico estaba completamente cerrado: el segundo track del disco, "Garden", ondula en sus frecuencias más graves debajo de una nota impasible de sintetizador, y a cada movimiento de ese bajo incesante parece dilatarse y luego comprimirse el espacio sonoro que arma la pieza y que proyecta no sólo sobre mi cuarto sino sobre el sueño de mi hija y la visión del mundo por fuera de mi ventana.
Acaso uno de los momentos más inquietantes que puede deparar la música ambient -como si se tratara de un texto de terror- es aquel en que no sabemos si lo que acabamos de oir es parte de la grabación que está sonando o si pertenece al "mundo real". Quizá por un momento, entonces, esta música está alterando el mundo real, está cargando las comillas, está excavando nuevos compartimentos en esa realidad. ¿Fue el aire acondicionado que mantengo en 22 grados durante esta tarde fría? ¿Está funcionando mal el aparato y emite estos soplidos extraños? ¿O es la música? El primer track del disco, "The marble", está hecho de pequeñas irrupciones en ese fondo distante e indiferente de cuerdas lavadas y erosionadas al máximo; hacia el final incluso suenan los chasquidos de un vinilo, como si parte del relato implícito en la pieza -ya que el dark ambient siempre es más narrativo que el ambient- incluyera esa toma de distancia, esa segunda instancia del sonido que propone un mundo -aquel donde suena el tocadiscos con sus ruidos- intermedio entre el mío -el que quiero llamar "real", y además sé que no estoy escuchando un vinilo sino un archivo FLAC en mi PC conectada a un equipo de audio- y el construido por la música. "Garden", en cambio, es más brutal: sus irrupciones son tan tremendas en la escala que sugieren que no pueden nacer en mi cuarto, no pueden ser parte de este espacio: pero aterran de otra manera, como en una película acaso.

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