jueves, 6 de abril de 2017

"The river", William Basinski, 2002, Raster-Norton

Fue en algún momento del año pasado; estaba solo en casa y había entrado al baño para ducharme. En el equipo de audio del living sonaba "Lateralus" (2001), de Tool, a un volumen considerable pero no atronador; abrí las canillas de la ducha, corrí la cortina de nailon y empecé a bañarme. No sé cuánto pasó hasta que lo noté: la música había cambiado. Las melodías no eran las que recordaba de un disco escuchado tantas veces, los muros de sonido y distorsión de las guitarras habían adquirido una cualidad nebulosa, indeterminada, y yo empecé a sentir miedo. Sí, miedo, pero no uno duradero, por supuesto, porque pronto entendí que lo que estaba escuchando no implicaba un pasaje a un mundo paralelo en el que mi disco favorito de Tool era una pesadilla sónica deforme (o que alguien o algo había invadido/poseído mi equipo de audio y por lo tanto tomado mi casa) sino que, simplemente, el ruido blanco de la ducha interfería con ciertas frecuencias en la música, potenciaba algunas a la vez que anulaba otras. El resultado era, entonces, como aplicar un filtro visual a un cuadro renacentista y obtener una ilustración de Beksinski o un paisaje de Giger.
Algo similar opera en el cuarto álbum de William Basinski, publicado el mismo año que su obra maestra "The disintegration loops" y grabado (o, mejor dicho, empezado a grabar) hacia 1983. Sobre un loop largo de notas graves en un sintetizador suena un ambiente creado con grabaciones de interferencia en radios de onda corta, algunas enlentecidas y otras cargadas de reverb, a lo que se suman fragmentos de diálogo, pulsos de maquinaria, erupciones de ruido blanco, chirridos, zumbidos, beeps y, quizá, insectos, no sé si reales o sobrenaturales. Entonces, es asombroso como esas notas de sintetizador -que nunca llegan a configurar una melodía- parecen convertirse en una forma abstraída al máximo de la música: una música que no oimos, por supuesto, pero como en mi experiencia con la ducha y Lateralus se nos impone intuir, adivinar.
El resultado es uno de los discos dark ambient más hermosos y, como en las pinturas de los ya mencionados Beksinski y Giger, completamente aterrador y sereno a la vez: disonancia cognitiva y emotiva en su mayor expresión, como si empezaramos a apreciar el sabor de habernos resignado al infierno.
La obra incluye dos piezas o partes y cada una de ellas ocupa un CD completo; ambas funcionan básicamente del mismo modo y en el mismo mood, pero la segunda parece inseparable de una cualidad más fluida, como si el río al que alude el título acelerara hacia su delta, hacia su fusión con las aguas del océano. Ambas secciones progresan, en cualquier caso; sugieren una narrativa (la abstracción al máximo de una narrativa, digamos) y remedan por tanto el movimiento de un río y los paisajes que atraviesa la corriente, con sus zonas más estancadas y sus momentos más fluidos.
En todos los textos del llamado "Libro de los muertos" egipcio se habla de una tierra de oscuridad, un espacio donde nada es reconocible y el difunto, cubierto por la cáscara de su momificación, es incapaz de ver, oir, oler, tocar o gustar, hasta que opera la "apertura de la boca", tan literal como metafórica de la capacidad de hablar. Y ese hablar es indispensab le: sólo así puede el difunto articular las fórmulas mágicas que ahuyentan a los demonios. Porque en esa tierra oscura -llamada "Amenti" por muchos de esos textos- acechan criaturas capaces de destruir al alma para siempre en la intrigante "segunda muerte". El difunto, entonces,  declara sus palabras clave, sus salvoconductos, y logra abrirse camino por esa oscuridad en la que empiezan a configurarse sensaciones, sonidos, contornos. Y descubre que por el valle de Amenti corre un río, el mismo que navega la barca que lleva al sol a través de la noche.
Si alguna vez alguien creara un videojuego o una película que remedara el relato de los primeros momentos del alma de los egipcios en el más allá, "The river" sería la mejor opción de banda sonora.

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