lunes, 17 de abril de 2017

"Hours...", David Bowie, 1999, Virgin


Quizá ya sea tiempo de revalorar al vigesimoprimer álbum de David Bowie, lanzado al filo del siglo XX y, de paso, el primer disco completo vuelto disponible en la red incluso dos semanas antes de su publicación física. Pero ¿qué pasa? Que no es fácil. Después del bajón -en calidad, en audacia, en pretensiones- de la década de 1980, Bowie se las había arreglado para producir cuatro álbumes que notoriamente experimentaban con estilos y sonoridades no exploradas del todo en su obra anterior; quizá el menos interesante (o el más envejecido) de esa tetralogía sea el primero, "Black tie white noise" (1993), pero ya con "The Buddha of suburbia", del mismo año (que comenzó como un soundtrack y evolucionó en un álbum legítimo) parecía que Bowie había vuelto a la arena experimental y arriesgada. El punto más alto de este momento, qué duda cabe, es "1.Outside" (1995), uno de los proyectos musicales más ambiciosos de su década, para Bowie o para cualquier otro músico pop/rock, pero es innegable el lustre vanguardista (o, mejor, contemporáneo) de "Earthling" (1997), seguido de lo cual el clima nostálgico, apagado y melancólico de buena parte de "Hours..." pareció un paso hacia atrás.
Es cierto, por otro lado, que el disco carece de una producción tan intrincada como la de "Heroes" (1977) o "Scary monsters (and super creeps)" (1980), o incluso la de los ya mencionados "1.Outside" y "Earthling", por no recurrir a discos posteriores como el atmosférico "Heathen" (2002) o la obra maestra final "Blackstar" (2016), y que su sonido parece dar todo de sí con aceitada facilidad y no sin cierto gusto a poco, y que su apuesta ante todo melódica -que sólo en dos o tres ocasiones redunda en una composición brillante- contrasta marcadamente con los dos discos precedentes, pero pasados dieciocho años volver a "Hours..." saca a la luz esa nostalgia esencial a sus composiciones y nos hace proyectar un momento en que Bowie vivía, hacía música, seguía buscando, probando, fallando y acertando; es, además, un sonido que habla del tiempo: de los noventas -en su producción, sus dinámicas, la ecualización de sus guitarras y su percusión- pero también de la historia de Bowie; así, ¿cómo no escuchar en "Survive" y "Seven" -acaso las dos mejores canciones del disco- a la versión con más décadas en la espalda de la voz aguda, nasal y algo quebradiza que cantó desde "Hunky Dory" (1971)?
¿Quién dijo, después de todo, que el tiempo está de nuestro lado? "Hours..." -y en particular "Survive"- parece instalarse en ese lugar, y si lo que tiene para ofrecer no es asombroso es porque el disco debía lidiar con el pasado en lugar de conquistar el presente.
Quizá entre lo más flojo de las 10 composiciones que lo integran esté "If I'm dreaming all my life", la más extensa y, de todas formas, equipada con una interesante imitación de Hendrix a cargo de Reeves Gabrels (hacia 3:50), además de un momento (4:27-5:13) que parece retroceder hasta la asombrosa "All the madmen", de "The man who sold the world" (1970) y, después, seguir en una coda capaz de evocar la de "Memory of a free festival", de "David Bowie" (1969). O quizá sea "New angels of promise" el nadir del disco, que de todas formas incluye algunas atmósferas de interés y un solo interesante de Gabrels hacia el final.
Hay algo de "rock" en "Hours...", además, y está concentrado casi todo en "The pretty things are going to hell". La voz de Bowie suena algo cansada, pero una vez más esa parece la tónica del álbum, del mismo modo que el pasaje onírico a la "All the madmen" en la ya mencionada "If I'm dreaming all my life" aporta a las letras sobre ilusiones, recuerdos, sueños y la dudosa naturaleza de la identidad personal y la realidad.
Buena parte de las canciones de "Hours..." se derivan del trabajo de Bowie y Gabrels para "Ulysses (della notte)", que terminó siendo -en una versión distinta a lo planeado originalmente- el segundo disco solista de Reeves Gabrels, por lo que acaso cierta distancia o cosa contenida o medida en la interpretación de Bowie tenga su origen en estas melodías pensadas para alguien más. A la vez, otra buena porción de composiciones habían surgido del proyecto de banda sonora para el videojuego "Omikron" -en el que además aparecía una versión digital de Bowie-; la música, en principio, iba a estar dividida en dos álbumes, uno de los cuales sería equivalente a "Hours..." mientras que el segundo acapararía los instrumentales y composiciones más extremas o experimentales, acaso el tipo de sonido que finalmente hizo falta en el álbum resultante.
Algo de eso posiblemente suene en el instrumental "Brilliant adventure" -una de las piezas más breves en la discografía de Bowie-, que suena a una versión pop y ligera de "Warszawa" o "Subterraneans", y en el cierre del álbum, "The dreamers", más interesante que buena parte de las otras canciones en cuanto a los tratamientos a los que fue sometida la voz de Bowie pero, en general, parecida más a un demo o bosquejo que a una canción efectivamente terminada.
El plato fuerde del disco es, sin duda, "Something in the air", la más oscura e inquietante, que recuerda por momentos a algunas texturas de "Earthling" y parece de alguna manera desprendida del resto del disco.
Acaso por estas razones "Heathen" fue recibido como un nuevo renacimiento en la carrera de David Bowie. Y sin duda es un álbum notoriamente mejor que el que lo precedió, pero más allá de esto tanto "Thursday's child" como "Survive" y "Seven", además de "Something in the air" y algunos momentos de las demás canciones, terminan por apartar a "Hours..." de esa categoría que incluye a "Never let me down" (1987) y "Tonight" (1984).
En 2006 fue publicada una edición remasterizada (el sonido apenas un poco engordado) del álbum que incluía, además, un disco bonus con lados B y remixes. Allí aparecían dos versiones etiquetadas como pertenecientes al proyecto de Omikron, y ambas -"New angels of promise" y "The dreamer"- suenan mucho mejor en esta forma que en la que terminó por pertenecer al álbum; algo similar pasa con los lados B "No-one calls", "We shall go to town" y "1917", que parecen más interesantes (y extraños) que buena parte de "Hours...". Sin embargo, de haber sido incorporados al álbum el resultado habría sido demasiado heterogéneo y desenfocado.

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