sábado, 29 de abril de 2017

"Physical graffiti", Led Zeppelin, 1975, Swan Song


En la historia del rock hay discos perfectos -"Revolver", "Sticky fingers", "Close to the edge", "Axis: bold as love", "Siamese dream", "Low", "Highway 61 revisited"- y también álbumes dobles ("Blonde on blonde", "Exile on main street", "Tales from topographic oceans", "Electric ladyland"). Estos últimos -de los que el arquetipo, en realidad, no es uno de los recién mencionados sino "The Beatles", A.K.A. el álbum blanco- son imperfectos, excesivos, ambiciosos, pretenciosos, heterogéneos y no siempre (la excepción acaso sea el de Dylan) consistentes; si la excelencia en la confección de un álbum queda definida por trabajos claramente contorneados donde no sobra ni falta nada, el álbum doble -el álbum doble relevante, es decir- desafía ese esquema de valores: es anticanónico pese a que su mejor ejemplo pertenece al centro del canon, es barroco en su estética asimétrica y descentrada (en oposición al disco clásico, donde el artesanado se adelanta hacia el primer plano) y, como las novelas (en oposición a los cuentos, esa forma en la que lo único que importa es justamente el artesanado), más que una cosa que pasa en un lugar son lugares en los que pasan cosas.
A la discografía de Led Zeppelin, ya para mediados de la década de 1970, le faltaba precisamente un trabajo con esas características; habían, después de todo, confeccionado un álbum indudablemente perfecto (el que no tenía título) y tres que se acercaban de manera asombrosa. Y las circunstancias, por una vez, los ayudaron: para 1974, entonces, el material recién grabado -ocho canciones terminadas entre enero y febrero- excedía el tiempo máximo permitido por el formato LP, de modo que reunieron descartes de los trabajos anteriores (uno de "Led Zeppelin III", tres del disco sin título y tres de "Houses of the holy") y armaron Physical graffiti, un disco doble, mitad álbum original y mitad compilado de rarezas, heterogéneo, inconsistente, excesivo y pretencioso, como debe ser.
Las ocho composiciones digamos "originales" son, en general (habría en todo caso dos excepciones) las mejores de la propuesta: "Custard pie", por ejemplo, el hard rock agilísimo que abre el disco ya con nuevas texturas en la guitarra cargada de fuzz, un clavinet y un solo de guitarra con wah-wah pasado a través de un sintetizador ARP, además del mejor solo de armónica (filtrado y ahogado en reverb) jamás grabado por Plant. La letra está poblada de referencias a viejos estándares del blues: "Drop down mama" (de Sleepy John Estes), "Shake'em on down" (de Bukka White) y "I want some of your pie" (de Blind Boy Fuller), además de diversos juegos de palabras y dobles sentidos (básicamente "custard pie"="concha"). Ese mismo lado (el A del primer vinilo) incluía uno de los dos platos fuertes del álbum, la canción más larga del repertorio en estudio de la banda y una versión de un gospel tradicional (grabado, entre otros, por Bob Dylan para su álbum epónimo de 1962); Zeppelin la convierte en una máquina inmisericorde de rock pesado, con una batería tratada con reverb similar a la de "When the leevee breaks" y una guitarra de sonido único en la discografía, cuya textura surge de la inusual afinación abierta (en la) empleada por Page y del efecto de fuzz (similar en ese sentido al de "Custard pie") empleado, que termina por convertirse en una marca distintiva del sonido de "Physical graffiti".
Más timbres inusuales para la banda aparecen en "Trampled under foot", a la mitad del lado B del primer vinilo y otra referencia filológica, en este caso a "Terraplane blues", de Robert Johnson y un momento estelar en la larga historia rockera de la metáfora mujer/automovil, además de una performance impecable de John Paul Jones (también en el clavinet, otra marca sonora del álbum) que alude a "Superstition", de Stevie Wonder. Y, por supuesto, este lado y este disco terminan con "Kashmir", para muchos el cenit del repertorio zeppelinero y un ejemplo perfecto del lado más progresivo de la banda. Es, sin duda, una maravilla musical: el ostinato ascendente y cromático sobre una nota pedal (re), facilitado por una afinación inusual (de 6a a 1a Re, La, Re, Sol, La, Re) y tocado en un compás de 6/8, con una batería con efecto de phaser y, por supusto, todo tipo de referencias a la música marroquí e india, tocadas mayoritariamente por John Paul Jones en su mellotron.
El segundo disco del set comienza con otra de las ocho canciones grabadas en 1974, "In the light", compuesta mayoritariemente por John Paul Jones y poblada por algunos de los sonidos más bellos producidos por la banda, como por ejemplo la pareja de guitarra acústica tocada con arco de violín sobre el sintetizador de Jones, al comienzo de la pieza. También de 1974 es la bellísima "Ten years gone", el momento más melancólico y concentrado del disco, que comenzó originalmente como un instrumental y evolucionó hacia la canción finalmente incluida al final del lado A del disco dos, ejemplo perfecto de la línea de trabajo en cuanto a las texturas de guitarra inaugurada por el álbum "Houses of the holy"; de hecho, hay secciones de "Ten years gone" que incluyen catorce guitarras.
Acaso las dos piezas más flojas de las grabadas en 1974 son las relegadas al lado B del segundo disco, "The wanton song" y "Sick again"; tratándose de Led Zeppelin, por supuesto, canciones comparativamente menores equivalen a lo mejor para otras bandas, y así "The wanton song", con su riff que recuerda al de la obviamente superior "Inmigrant song", resulta interesante por los efectos aplicados al sonido de la guitarra, entre ellos el pasaje por el parlante rotatorio de un órgano Leslie. Sin dudas, a la vez, "Sick again" no está a la altura -en tanto cierre de lado, de disco y de álbum- de "Kashmir", "Ten years gone" e "In my time of dying", pero incluye un trabajo interesante de batería y un sonido denso y oscuro en las guitarras de la base rítmica, que contrastan marcadamente con el sonido más dulce en los arreglos de primera guitarra.
Las sesiones de "Houses of the holy" aportaron un momento relajado al comienzo del lado B del primer disco; así, "Houses of the holy" (descartada del álbum que de todas formas llevó su nombre) se apoya en un riff ligero que parece más compatible con la celebración musical de su disco original que con las intrincadas atmósferas y texturas del álbum en que terminó; bastante mejor encaja "The rover", la mejor de las descartadas de "Houses of the holy" y vuelta a trabajar para "Phyiscal graffiti" con más guitarras grabadas en 1974; su introducción es, de hecho, uno de los momentos más interesantes del álbum, y la melodía vocal en los estribillos es bellísima. "Black country woman", la penúltima del lado B del disco dos, también pertenece a "Houses of the holy" y está entre lo mejor de esa sección  (la más floja, sin duda) el álbum. Es la pieza más mayoritariamente acústica de la propuesta, además.
Las sesiones del disco sin título aportaron otra canción de especial interés, "Down by the seaside", la penúltima del variadísimo y rico lado A del disco dos. Es otro de los momentos plácidos y relajados del disco, y genera ambientes deliciosos (por ejemplo hacia los 44 segundos) con su guitarra cargada de trémolo y la delicada vocalización de Plant. También desde las sesiones del cuarto álbum aparece otra pieza acústica, "Boogie with Stu", en la que tocó el pianista de los Stones aludido en el título; además del uso de la mandolina y de las deliciosas miniaturas de piano tocadas por Stewart, la canción destaca por el curioso sonido de la percusión; al margen de esto, por supuesto, suena a una suerte de rock'n'roll paródico o de manual, o a un jam (cosa que efectivamente fue).
Lo mejor de lo aportado desde estas sesiones, finalmente, fue sin dudas "Night flight", el comienzo (y lo mejor) del último lado del álbum.
En cuanto a las sesiones de "Led Zeppelin III", su aporte fue el instrumental "Bron-yr-aur", la composición más breve de toda la discografía y una pieza de indudable belleza que, además, aporta un registro más a un álbum ya notoriamente heterogéneo.
Podría pensarse que el disco uno es el más consistente y sólido, con sus finales de lado épicos y sus aperturas de indudable efectividad; el dos queda como el más heterogéneo y menos consistente, con algunas obras maestras -todas ellas en el lado A, "In the light", "Ten years gone"- y lo más flojo de la propuesta concentrado en el lado B. Pero, a la vez, esa mayor variedad del disco dos es lo que termina por dar su sabor especial y específico a "Physical graffiti"; es cierto que Zeppelin podría haber armado con lo mejor de lo disponible un disco capaz de rivalizar (e incluso superar) al cuarto en cuanto a calidad, pero de alguna manera -como pasa con los grandes álbumes dobles- lo variado y lo irregular, pese al sacrificio de consistencia, terminan por ofrecer una propuesta más interesante. En ese sentido, es fácil argumentar que lo mejor de Led Zeppelin es su disco perfecto, el cuarto, y su propuesta más ambiciosa y desmedida, el sexto y doble.

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