domingo, 30 de abril de 2017

"Meddle", Pink Floyd, 1971, Harvest/Capitol


La primera obra maestra de Pink Floyd es sin duda su sexto álbum de estudio, que hace uso de todos los recursos de la música ambient (antes de que tal nombre fuera popularizado y antes de que los mejores ejemplos del género fueran grabados) en un contexto de rock, pop, psicodelia e incluso hard rock. Es decir: con "Meddle" la banda alcanzó un nuevo nivel -inusitado todavía en el rock en general, aunque por supuesto que cabe distinguir precedentes, "1983..." de Hendrix uno de ellos- en cuanto a atmósferas y texturas.
La primera de las composiciones ya establece esa estética de manera clara y rotunda: dos bajos (uno con cuerdas viejas y de sonido opaco, el otro ecualizado con mayor brillo y con un set asombroso de armónicos) pasados por una caja de delay para lograr un patrón de corcheas y semicorcheas alternadas; el clima generado (al que se suman notas de órgano paneadas y con abundante reverb y eco reverso) es oscurísimo y tenso, y es arrojado a la forma más básica de proceso narrativo (es decir un crescendo), que amenaza con un estallido y ofrece en su lugar una secuencia completamente anticlimática con un sintetizador secuenciado en lo que suena a un efecto de trémolo: sólo después de este pasaje, y después de escuchar la voz de Nick Mason (grabada en falsete y reproducida lentamente y pasada por un modulador de anillo) diciendo que un día de estos te/nos/me va a cortar en pedacitos (se acepta generalmente que la frase va dirigida a Sir Jimmy Young, un DJ de la BBC al que la banda detestaba, y que, dicho sea de paso, murió el 7 de noviembre de 2016, aparentemente entero a los 95 años), hacia 3:44 la pieza realmente estalla en acordes de órgano y un excelente trabajo de guitarra slide a cargo de Gilmour. El álbum, es decir, no podriá empezar de mejor manera.
El contraste es marcadísimo con la siguiente canción, "A pillow of winds", una pieza lenta, acústica y algo edulcorada, con una interesante modulación de mi mayor (en la primera estrofa y la introducción) a mi menor (las dos centrales), para volver a la tonalidad original, manteniendo casi siempre un Mi en el bajo, que sirve como pedal y drone.
Una suerte de sección suave y soñadora parece empezar a configurarse con la canción que sigue, "Fearless", uno de los momentos más bellos del disco y sin duda notoriamente beneficiado por el uso de los cantos de la hinchada del Liverpool FC cantando su versión de "You'll never walk alone". Pop onírico en su máxima expresión, en la estela de "I'm only sleeping" de The Beatles.
"San Tropez", inmediatamente después, se aleja todavía más del ambiente de la primera pieza del álbum: casi como si pidiera no ser tomada en serio, esta idealización romántica del pueblo de Saint-Tropez, en la Costa Azul francesa, tiene algo del "Vermilion Sands" de Ballard, como si allí también Europa se tendiera al sol y el trabajo se convierta en el juego último y viceversa.
Sobre "Seamus", que dispersa en más humor el lado abierto por una de las piezas más oscuras de la banda, se ha dicho que es la peor canción de Pink Floyd, y quizá lo sea; pero si "San Tropez" no parecía del todo seria, la del perro es evidentemente una broma, y cierra un lado heterogéneo pero dominado por atmósferas (oscuras al principio, progresivamente aligeradas en adelante) especialmente bien construidas.
Y después suena el lado B, ocupado enteramente por "Echoes". Acá está el corazón de "Meddle", entonces, como si la banda dijera "bueno, ya está, nos divertimos; ahora dejémonos de pavadas" (y por pavadas hay que entender tanto el horrible lado de estudio de "Ummagumma" como el mito de la genialidad de Syd Barret y su psicodelia beatle enterrada con los sesentas). La primera maravila de la pieza es el largo solo de guitarra -de sonido cuidadísimo y sutil- sobre el clima creado por los teclados, en el que parecen reverberar los ecos (guiño-guiño) de esas notas de piano pasadas por un parlante Leslie y un viejo delay Binson Echorec. Ese sonido, de hecho, se las arregla para formatear toda la composición, del mismo modo que el latido del corazón al comienzo, final y medio de "Dark side of the moon".
Cuando empieza la sección vocal no hay otra cosa que delicia: Gilmour y Wright cantando juntos a las mil maravillas, en una vez más un crescendo que estalla, cambio de tono mediante, en el riff que suena, envuelto en efectos de sintetizador, hacia 4:56. Más allá opera una suerte de premonición o clarividencia: la banda parece haber visto su propio futuro y traido desde allí climas y texturas que reaparecerán en el resto de sus álbumes de los setentas, la sección funk que arranca a los 7 minutos, por ejemplo. Esta sección se pierde hacia 10:55 en un fade-out que inaugura una sección dark ambient, con efectos miméticos (aves marinas, el viento, las mareas, ecos -guiño, guiño- en una caverna submarina, etc) y el silencio atronador que parece empezar a aglomerarse hacia 14:50 pero que es abortado por el colchón lejano de sintetizadores y por la nota de piano del comienzo, como el goteo helado de una estalactita. Pero no volvemos inmediatamente al comienzo, sino a una nueva sección, tensa y oscura, que parece prometer (19:00) una circularidad con "One of these days" y un sentido de cohesión perfecta para el álbum. Sólo después se reiteran las estrofas, el riff, el solo de Gilmour (que ahora culmina con un diálogo imitativo entre su guitarra y los teclados, como dos amantes que se alejan uno del otro con la promesa del recuerdo, de siempre tener París) y "Echoes" se pierde, finalmente, en ruido y el pulso de una versión erosionada al máximo del sonido del comienzo.
En cierto sentido, ni la banda ni el rock en general avanzó gran cosa después de estos 23 minutos y medio.



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