viernes, 8 de septiembre de 2017

"Gulp!", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, 1985, Wormo


Además de que sin duda no ha de figurar entre los mejores primeros discos de la historia del rock, y que contiene no pocas fruslerías ("Pierre, el vitricida" es simpática pero no pasa de eso, el estribillo de "Unos pocos peligros sensatos", el de "Yo no me cai del cielo" y especialmente el de "Royo y mal parado", si no fuera por la letra que cargan, podrían pasar por una versión cansada del pop porteño más trivial; a la vez, "Ñan fri fruli fali fru" es claramente de un humorismo voluntario, por decirlo de alguna manera, e inaugura una línea de rocks sin pretensiones y a la vez tan paródicos del género como de sí mismos que después incluirá "Mi perro dinamita"), el primero de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota logra proponer además de al menos tres grandes canciones (las dos primeras y la última) una suerte de clima -concentrado, por cierto, en esas tres canciones- que termina por hacerlo valer y por resultar especialmente evocativo treinta y dos años más tarde. En la ecualización del bajo, en el reverb en la batería y las voces y en las frases lánguidas de saxofón que recorren al disco aparece una suerte de sordidez decadente que es fácil asimilar a cierta manera de ver la Buenos Aires de los ochentas, algo de lo que por supuesto no tuve una experiencia directa pero que, a través de la de otros, de referencias familiares y de algún que otro paseo por sus calles de la mano de mis padres (entonces porteñófilos confesos, quizá ahora también) construí como quien construye la idea remota para una novela. No estoy diciendo que esa sea la "verdadera" Buenos Aires de 1985, pero ese ambiente  me evoca fácilmente la otra, la que soñé, la que imagino. Está al comienzo de "Barbazul versus el amor letal": una cosa cansada, ligeramente culpable y consciente de su propia oscuridad, algo que ahora puede parecer también la respuesta porteña a la manera en que sonaba (era recreada en el sonido) la ciudad de Manchester en Joy Division. Ese ambiente sobre el que arpegia someramente la guitarra limpia y parece reanimarse la canción después de cada recurrencia de la palabra "Barbazul" es una suerte de gótico porteño, por llamarlo de alguna manera, y reaparece en toda "La bestia pop", también hecha de oscuridad y reverb y un bajo inmenso. El rock del rico Luna Park.
En rigor se puede prescindir de casi todo el disco, al menos hasta "Criminal mambo", con su intro que busca ser siniestra y ser rock a la vez, capaz de un bello cambio de tono y de recibir un solo interesante de saxofón antes de que la voz comience seca y contenida, espesando el clima. Este tipo de construcción, entonces, apenas aparece en las otras ocho canciones del disco (no cuento, por supuesto, las dos primeras), pero el clima en cuestión aparece aquí y allá, como si estuviera escondido o desplazado por pretensiones más rock y más pop: está de alguna manera en el solo de saxofón que abre "Te voy a atornillar" y, especialmente, en la introducción y buena parte de "Superlógico", que puede fácilmente pasar por la cuarta mejor composición del disco. En menor medida aparece bajo algunos arreglos de "El infierno está encantador esta noche" y en las estrofas de "Roto y mal parado", aunque, en este último caso, queda de alguna manera anulado por el estribillo.

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