miércoles, 6 de septiembre de 2017

"El arte de la fuga", J.S.Bach, 1751, versión de Keller Quartett, 1998, ECM

No se trata de que juzgue la belleza de una versión de "El arte de la fuga" por la manera en que suena el primer break de la quinta fuga, pero si se tratara de juzgar la belleza de una versión de "El arte de la fuga" por la manera en que suena el primer break de la quinta fuga, en el caso de la del Keller QUartet (1:41) estaríamos ante una realización magnífica de uno de los momentos más sublimes en la historia de la música y, por tanto, una de las mejores o más emotivas o más fascinantes versiones de esa música que acaso Bach compuso más  para los ojos que para los oídos. Es casi un lugar común, pero hay que tener en cuenta que el compositor jamás señaló para qué instrumento compuso la serie de contrapuntos que hacen a "El arte de la fuga", y si bien la tendencia principal, por llamarla de alguna manera, es a tocarlos en un instrumento de teclado, nada indica que no podamos emplear los que queramos. En este caso, evidentemente, se trata de un cuarteto de cuerdas, y hay en la ejecución del Keller un aplomo y una gravedad que parecen quedarle maravillosamente bien a estos contrapuntos: un vibrato mínimo, una clarísima -el cuarteto de cuerdas parece ideal para esto- separación entre las voces y, por tanto, dos cosas: una exposición perfecta (y hasta didáctica o usable didácticamente) del contrapunto y una apelación permanente al silencio. En el caso de "El arte de la fuga", como en ciertas obras de M.C.Escher, las figuras o formas (las voces) y el fondo (el silencio) admiten varias maneras de ser resueltas, y por momentos parecería que lo que logró Bach es que el propio silencio se adelante para cantar (una vez más, el primer break del quinto contrapunto). Esto se nota especialmente en la séptima fuga, "a 4 per agumentationem et diminutionem", que nos permite escuchar en el violoncelo la versión aumentada (duplicando la duración de las notas) del motivo principal, rodeado por ese silencio intrincado y bello en sí mismo. En general, los tempos del Keller son rápidos, pero también se permiten juegos de contraste: tocar en un tempo especialmente ágil la segunda fuga, por ejemplo, a continuación de una primera presentada con peso y autoridad.
Una opción que enfrentan usualmente quienes tocan El arte de la fuga es la de aportar una conclusión al contrapunto 14 (fuga a 4 soggetti), que Bach no llegó a terminar; el Keller prefiere interrumpir la ejecución donde el músico dejó de escribir, como si se nos empujara de pronto al vacío. Es, quizá, la manera más emocionante de dar final a la performance.

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