viernes, 10 de marzo de 2017

"Monster", R.E.M., 1994, Warner Bros

Algo así como el disco más cercano al "rock" -las comillas las ponía Peter Buck en algunas declaraciones- grabado por R.E.M., el noveno álbum de la banda es singular especialmente en sus texturas. Está, ante todo, la guitarra cargada de distorsión, y una digamos "particular", difusa, borrosa, opaca, pantanosa si se permite el término. Sumado al uso del efecto de tremolo, el sonido es distintivo y está presente, más o menos protagónicamente, en todas y cada una de las canciones (con una única excepción). Del mismo modo la voz aparece mezclada como un instrumento más y no con la preponderancia estándar en el pop; las baterías son más angulares e intensas y el bajo también recibe tratamientos de efectos que colaboran a fundir su sonido en una suerte de masa amorfa de distorsión, que se abre camino hacia las voces como una suerte de inundación implacable. El resultado, en líneas generales, es notoriamente diferente a los discos más pulidos y acústicos que la banda había grabado recientemente, en particular "Automatic for the people" (1992), como si la consigna hubiese sido remplazar las mandolinas por pedales de overdrive.
A veces el disco parece esforzarse por sonar de una manera que quizá no fuese la "natural" para los músicos de la banda, pero en general el resultado es deslumbrante. Está, por ejemplo, "Crush with eyeliner", que parece volver -a la manera cuidadosa de R.E.M.- a cierta zona desprolija del glam rock de comienzos de los setentas, New York Dolls en particular, o la canción de apertura, "What's the frequency, Kenneth?", que en su rasguido distorsionado acerca al sonido de R.E.M. al grunge ya por entonces comenzando su retirada. "Star 69" repite el recurso a la vez que "King of comedy" ofrece uno de los momentos más ágiles y "rockeros".
La guitarra con distorsión y tremolo (y la voz baja en la mezcla) encuentra una de sus expresiones más notorias en "I took your name", mientras que la que sigue, "Let me in" (cuya letra lidia con la muerte de Kurt Cobain) parece a punto de sumergirse en el territorio del guitar noise y se vuelve un máximo de emotividad en el contexto del álbum.
Sin duda "Strange currencies" está más cerca -se permite, de todas formas, algunos momentos donde emerge la distorsión- del territorio cómodo de la banda (y pese a su maravilla pop no es, por tanto, de lo más interesante de lo propuesto en "Monster", pese a contener el mejor puente del disco), del mismo modo que "Tongue" (cuyo interés está en la performance en falsete de Michael Stipe y en el arreglo para piano, bajo y organo); "Bang and blame", en cambio, fácilmente puede ser pensado como la mejor de las doce canciones: oscura y tensa, ofrece el mismo recurso de la guitarra con distorsión y tremolo, pero llevado a un tempo lento que se vuelve incesante y parece avanzar de manera indiferente a la sutil melodía de la voz. El estallido de los estribillos -que sigue la formula que Nirvana tomó de Pixies- reafirma la estética del álbum y es llevado a un máximo de belleza en los interludios instrumentales.
Posiblemente el sonido más radical o "extremo" -por usar el término noventoso- sea el de "Circus envy", con su drone overdrive superpuesto al riff de las estrofas; es cierto que los estribillos arrojan algo de luz a la canción, pero la voz distorsionada y la insistencia de los ruidos de fondo terminan por dominar a la composición -y volverla de lo más interesante entre lo ofrecido, hasta el punto que algo de su clima se continua en "You", otro momento desolador y angustiante especialmente bien logrado que cierra el album de la manera más inquietante posible.
Pero R.E.M. no estaba pensando tanto en reinventarse como banda sino en probar (o probarse) capaces de indagar en territorios nuevos, no necesariamente para volver. Es posible, a la vez, que ninguno de los discos que siguieron estuviera a la altura de los dos grabados en la primera mitad de la década de 1990.

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