viernes, 3 de marzo de 2017

"Presence", Led Zeppelin, 1976, Swan Song

Allá por 1994 (o quizá comienzos de 1995), cerca del cenit de mi entusiasmo por The Doors, un compañero de liceo intentó convencerme de que la mejor banda de todos los tiempos era Led Zeppelin. Para lograrlo me pasó un cassette de 90 minutos con "Led Zeppelin IV" (1971) en un lado y "Led Zeppelin II" (1969) en el otro; posiblemente no era el momento para que viera la luz, así que mi comentario debió ser poco entusiasta, algo así como "sí, está bien. Meh". Mi compañero, entonces, decidió recurrir a la artillería pesada: otro casete de 90 minutos, esta vez ocupado por un disco doble, "Physical graffiti" (1975). Pero tampoco funcionó, de modo que sólo le quedó una opción: la que el entendía como la Tsar Bomba de la banda. Y siguió sin tener suerte. Pero los sonidos, como suele pasar, empezaron a aglomerarse en mi inconsciente y, hacia 1998, en casa de otro amigo, escuché "Led Zeppelin III" (1970) y, entonces, me convertí a la fe verdadera.
¿Cuál había sido aquella Tsar Bomba? Para mi compañero se trataba nada más y nada menos que del séptimo álbum de estudio, pero, más específicamente, se refería a la primera composición del lado A: "Achilles last stand". Y en cierto sentido tenía razón (énfasis en "c-i-e-r-t-o"), ya que se puede argumentar que se trata de la base rítmica más laboriosa e insistente, de la orquestación de guitarras más compleja (algunas de hecho están aceleradas artificialmente) y, además, de la tercera en duración de todas las composiciones de Zeppelin (después de dos que serán nombradas más adelante), de modo que la paliza, además de intensa, es larga; sin embargo, también podría señalarse que entre las ocho o nueve grandes obras épicas de la banda ("How many more times", "Stairway to heaven", "When the leevee breaks", "The song remains the same", "No quarter", "Kashmir" y "Carouselambra", y dejo de lado, en suspenso, "Nobody's fault but mine", que acaso pueda ser remplazada por "The rain song" o "In the light"), "Achilles last stand" es de alguna manera la menos interesante. Cualquiera de las mencionadas aspira a cierto eclecticismo esencial de la banda; la que abre "Presence", en cambio, parece aspirar únicamente a ponerse a la altura del heavy metal y dejar claro que Led Zeppelin también puede jugar ese juego. Es cierto que quizá lo hicieron mejor que nadie (al menos para 1976), pero no menos evidente es que Zeppelin podía lograr más: no "más" en dirección específica (la de la "pesadez" metalera) sino en dos dimensiones, abarcando más influencias, más registros, más sonoridades. Es en ese sentido -y sólo en ese sentido- que "Achilles last stand" se queda corta y no resiste la comparación con esas otras composiciones épicas; acaso, sin embargo, esté a la altura de la más extensa del catálogo, "In my time of dying", que también parece concentrarse específicamente en un género, aunque, en el fondo, esa suerte de indagación filológica en los orígenes folk del blues (que haría de "When the leevee breaks" una obra maestra) señala que el cierre del lado A de "Physical graffiti" es más fascinante que la apertura del de "Presence".
Hay, por cierto, tres canciones fácilmente descartables en el álbum. Así, en "Royal orleans", "Candy store rock" y -especialmente- "Hots on for nowhere", la banda parece aspirar a un hard rock ágil y fresco, pero logra sonar -por primera vez en todo su catálogo de álbumes- acartonada, esquemática , poco espontánea y, extrañamente, cansada. Es cierto que Plant se recuperaba de un accidente y la banda en general no pasaba por un buen momento, pero es llamativo que un disco que se propuso de alguna manera como un "retorno a las raíces" (riffs más simples, la guitarra que vuelve a un lugar central, ausencia de teclados e incluso de guitarras acústicas), y que por tanto pareciera pensado idealmente para todo aquello que Zeppelin hacía tan bien, resultara tan desprovisto de gracia. En ese sentido qué duda cabe que el más experimental y aquí y allá incluso fallido "In  through the out door" representa una notoria mejoría, lamentablemente interrumpida por la muerte de Bonham.
Del resto de las composiciones acaso la menos interesante sea "For your life", que ejemplifica a la perfección lo peor del álbum pero logra, sin embargo, ofrecer al menos algunos momentos valiosos, entre ellos uno de los solos de guitarra más logrados del disco (4:17-5:03).
Sin duda que lo mejor de "Presence", entonces, está en la apertura y el cierre del lado B. Así, "Nobody's fault but mine", con sus efectos de faseo, sus dos riffs básicos y la performance vocal de plant, alcanza la marca de lo mejor de la banda -lo cual, además, queda probado cuando la canción es sometida a una reescritura tan radical como la que aparece en "No quarter: Jimmy Page & Robert Plant unledded" (1994)-. En cuanto a "Tea for one", está claro que es el blues definitivo y tardío de la banda: desolador, melancólico y oscuro a la vez, se convierte en un cierre insólito para un disco casi sin sorpresas.

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