jueves, 2 de febrero de 2017

"Animals", Pink Floyd, 1977, Harvest-Columbia

Los filisteos, los hipsters y los filisteos hipsters (que no son pocos) podrán bufar y bufar otra vez recordándonos al santo patrono Syd Barrett y a esa extraña y extrañamente difundida noción de que Pink Floyd murió o terminó de morir a partir de "The dark side of the moon" (1973), pero basta con escuchar el par de álbumes "Wish you were here" (1975) y "Animals" (1977), sin duda el cenit de la banda, para maravillarse ante una de las secuencias de discos más fascinantes de la historia del rock. Pocos trabajos consecutivos, es decir, parecen tan perfectamente complementarios; pocos discos consecutivos pueden ensamblarse tan perfectamente en una obra total. Por supuesto que caben reparos de todo tipo a la ideología o la filosofía implícita y evidente (a veces caricaturesca, por ejemplo) en las letras de Roger Waters, pero lo que ofrecen estos álbumes es tanto y está tan notoriamente bien logrado que esa objeción no pasa de ser una a todas luces menor.
"Animals" es un favorito personal; a la melancolía casi ascéptica (o post-biológica) de "Wish you were here" se le añade un disco urgente y furioso, que logra a la vez estar, musicalmente al menos, entre los más sutiles y complejos de la banda. Basta con examinar "Dogs", con su introducción tan intrincada desde el punto de vista armónico (un rasguido sincopado de guitarra en los acordes de Dm9, E♭maj7sus2/B♭, A sus2sus4 y A♭sus2(♯11), y superpuestos a ellos las notas la, si bemol, la de nuevo y la bemol en un órgano farfisa; y por cierto, hay muchas "recetas" para tocar estos acordes cómodamente modificando la afinación o usando dos guitarras superpuestas) como sugerente en las texturas de las guitarras acústicas empladas y el reverb que se les aportó. En cualquier caso, el poderío de la sección final ("who was born in a house full of pain...") es abrumador, y -como pasa con "Welcome to the machine", de "Wish you were here")- es imposible salir ileso, emocionalmente, de la escucha. La canción, en ese sentido, es la más intensa y demoledora de la discografía completa de la banda, además de una de las más complejas armónica y sonoramente.
"Dogs" ocupa casi todo el lado A del vinilo, precedido por la breve "Pigs in the wind", que sirve de introducción al álbum y, además, en la reiteración con variaciones al final del lado B, aporta una sensación de circularidad inevitable, como si se hablara de un ciclo inescapable, cosa que, en mi opinión, extiende el blanco del disco desde la tan comentada crítica anticapitalista (modulada desde la antiestalinista de la fábula/novela de Orwell en que se inspiró) a algo más general y acaso una forma de humanismo trágico.
El lado B abre con "Pigs (three different ones)", que incluye -así como en un momento especialmente inquietante de "Dogs" oíamos los aullidos de una jauría- sonidos propuestos desde un pacto mimético en relación al que hacen los cerdos, creados (un poco con la lógica que llevaría a Adrian Belew a simular rinocerontes y elefantes mediante pedales de guitarra) con una talk box y ofreciendo un resultado que está todo el tiempo al borde de lo grotesco y lo repulsivo, con notoria ganancia de la canción en un sentido amplio. Rítmicamente "Pigs" parece reformular el funk desolado de "Have a cigar", del álbum anterior, pero la introducción ominosa (con los arpegios obsesivos en el teclado, el solo de bajo sin trastes tocado con púa -a cargo de Gilmour- y el minucioso crescendo instrumental que desemboca en las estrofas) sin duda lo resignifica y termina por aportar a la innegable condición de "Animals" como el disco más oscuro de Pink Floyd.
"Sheep", la siguiente composición, comienza con un ambiente pastoral (ovejas incluidas) que rápidamente empieza a volverse siniestro, a medida que gana terreno un bajo insistente (que recuerda al de "One of these days", del álbum "Meddle", de 1971) e irrumpe la primera estrofa. El final de cada verso, por cierto, con la voz de Waters perdiéndose en ruido blanco y dispersándose en reverb, es uno de los puntos más interesantes de la canción -y del álbum- desde el punto de vista sónico.
"Sheep" es memorable además por su sección central, un paisaje sonoro tan siniestro como el álbum completo y que incluye una parodia del salmo 43.
Es interesante escuchar tanto las versiones en vivo (de la gira "in the flesh", en la que se tocaba todo "Animals" y todo "Wish you were here") como las más primitivas de "Dogs" y "Sheep" ("You've got to be crazy" y "Raving and drooling", respectivamente), que datan de 1974 y aparecen en el disco bonus del remaster más reciente de "Wish you were here":
Lo ya dicho´, entonces: el álbum más oscuro de Pink Floyd y, junto a su predecesor, el más logrado musicalmente

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