miércoles, 22 de febrero de 2017

"John Wesley Harding", Bob Dylan, 1967, Columbia

Entre 1965 y 1966 Bob Dylan lanzó tres álbumes que señalan una de las evoluciones más impresionantes en la historia del pop/rock/folk/country (o como se quiera llamar a la música allí contenida); desde "Gates of eden" hasta "Sad eyed lady of the lowlands", pasando por "Like a rolling stone" y "Visions of Johana", las canciones se espesan en letras herméticas, deslumbrantes y, en apariencia, animadas por una potencia infrenable de nombrar y decir, mientras que la música prolifera en sutilezas, voluptuosidades y detalles de gran belleza, hasta que finalmente la tensión creativa parece alcanzar niveles de genio deslumbrante. ¿Qué pasó después? Dylan sufrió un accidente en su moto y regresó meses más tarde con un disco que parecía cancelar de inmediato toda legitimidad de la pregunta sobre qué hacer a continuación (después de algo tan genial, se entiende), quizá porque había que reinventarse, quizá porque -para la sensibilidad de Dylan- "Blonde on blonde" estaba demasiado cerca de un callejón sin salida. O quizá porque insistir en ese camino podía implicar una cercanía demasiado grande a la parafernalia de la psicodelia y otras modas del momento.
Entonces, en un año dominado por los colores y la imaginería barroca y exótica de "Sgt. Pepper's", "Disraeli gears", "The piper at the gates of dawn" y "Axis (Bold as love)", Dylan propone una tapa beige con una foto monocromática en la que posan cuatro patanes: el cantante en el medio, encorvado por el frío, dos músicos bengalíes y un albañil local. Si bien los bengalíes (dos músicos de la corriente mística sincrética del "Baul") podían ofrecer ciertas credenciales de pertinencia para el verano del amor, el albañil parece equilibrarlas y cancelarlas, mientras Dylan posa como si todo fuera un chiste. De ahí a la imagen (y la música) de "Nashville skyline" (1968) hay un paso y nada más que un paso.
El disco contiene doce canciones; la constante es cierta brevedad (con una excepción), cierta concisión, y una instrumentación acotada e invariable, deslucida, opaca (como la portada, es decir); la diferencia con la riqueza de los álbumes precedentes, entonces, es notable. Si Dylan había señalado -con su desafío al establishment de la música folk, voluntario o no, haya pasado lo que haya pasado en aquel festival- un límite posible entre el pop y el rock (el primero aquella música, géneros o subgéneros aparte, que da al oyente lo que este espera; el segundo el desafío a lo establecido y la tensión o ruptura de las reglas), de alguna manera "John Wesley Harding" parece ocupar un lugar de menor energía, como un electrón que baja de nivel.
Acaso lo más interesante de estas doce canciones esté -parábolas y alusiones a la Biblia aparte- en la suerte de indiferencia que las atraviesa: ellas suenan ahí, como si no les importara que les pongan atención. Con su austeridad y sus colores apagados no invitan a nadie a escuchar, pero quien se disponga a hacerlo sin duda encontrará pequeños tesoros.
Acaso esto último queda especialmente claro si comparamos la versión de Dylan de su "All along the watchtower" con la de Jimi Hendrix: casi como comparar una película muda en tonos sepia con una superproducción en technicolor, pero, a la vez, hay poco en la esencia de la de Hendrix que no esté en la original de Dylan. Lo que al final cuenta de la canción siempre estuvo allí.
Acaso la mejor canción del disco es también la más larga: "The ballad of Frankie Lee and Judas Priest", una tirada de versos sin estructura recurrente (ni versos ni estribillos) que relata una historia especialmente abierta a la interpretación. No hay en sus 5:31 un sólo interludio musical, salvo por las dos vueltas de la introducción y el breve solo de armónica al final: está siempre Dylan cantando arriba de una simple progresión de acordes en do mayor: sol, la menor, si menor y de vuelta sol.
No pocas canciones parecen ubicarse en una suerte de country-rock: "The wicked messenger", notoria por su línea de bajo descendente, es un buen ejemplo, como también el cierre del álbum ("I'll be your baby tonight"), "Down along the cove" y "Drifter's escape".
Un poco más por fuera de esa zona  aparece "As I went out one morning", otra de las mejores  del disco y entre las más enigmáticas y oscuras, que ofrece además fraseos de armónica en modo frigio, poco ortodoxo para la tonalidad de la canción (fa menor).
"Dear lanlord" es también llamativa desde su introducción a piano y su sonido más bluesero, y es ineludible mencionar "All along the watchtower", con su progresión de sexta, quinta y cuarta (la misma cadencia que se oye en la parte pesada de "Stairway to heaven"), sus interludios de armónica y el clima mítico y bíblico de su letra.
El lado country y pop sería más explorado por Dylan en el álbum que sigue, y esa línea de reinvención quedaría puesta aún más en evidencia en su performance vocal (en su voz "nueva", casi irreconocible); "John Wesley Harding" permanece, en todo caso, como uno de los discos más austeros y misteriosos de su época.

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