viernes, 24 de febrero de 2017

"The ichthyologist", Giant Squid, 2009, Transition loss records


El terror y el asco acechan en los lugares más recónditos del árbol filogenético, pero el sueño de una post-historia de la evolución produce monstruos aún más terribles. Y es parte del gran logro de Giant Squid en su tercer álbum de estudio que esas creaciones puedan ser hermosas además de aterradoras. El disco, algo así como el lado oscuro del canto al océano de Maldoror, ofrece un panorama apabullante de texturas y sonoridades, y basta con escuchar "Panthalassa", la primera de las composiciones, para maravillarse con la aparición de una trompeta en medio de una marea de distorsión metalera, como en si estuviéramos ante una suerte de híbrido entre Tool, Black Sabbath y los Muse de "Knights of Cydonia". O ante una fusión entre H.P.Lovecraft y los King Crimson de la época de "Red".
El álbum propone un concepto narrativo (un hombre que se fusiona con el océano y atraviesa distintas etapas mutantes en una deriva por los phyla acuáticos) y yuxtapone al título de cada canción el nombre de una especie animal, bacterial o incluso mineral (en orden de aparición: la lamprea del pacífico, las bacterias Pseudomonas putida y Vibrio cholerae, el cangrejo del Pacífico, el cachalote, el tiburón moteado, el oro aluvial, la estrella de mar azul, la tintorera y el esturión blanco); el efecto es de una suerte de ominosidad y añade, sin duda alguna, más misterio a un álbum asombrosamente imaginativo.
Hay al menos tres zonas en las que cabe agrupar las composiciones: una más densa, riffera y contundente ("Panthalassa", "La Brea tar pits", "Throwing a donner party at sea", "Blue linckia"), otra más ágil y melódica ("Suterville", "Sevengill", "Emerald Bay" y "Rubicon wall", el cierre del disco), y una más ambient o climática ("Mormon island"). A la vez, en algunas canciones específicas se propone una zona intermedia o fronteriza entre esas regiones ("Dead man slough" y "Rubicon wall").
La variedad de componentes apreciable en las diez composiciones del disco es asombrosa. Acaso la posible división en tres "zonas" podría expandirse hacia una lógica de "base" o paisaje sonoro de fondo (sea una composición apoyada en riffs, como en "Throwing a donner party at sea", o un enfoque más jazzero, como en "Suterville") a su vez equivalente a un género musical, sobre la que es añadida una o varias capas de elementos en principio ajenos o extraños que hibridizan o mutan ese género de base hacia un sonido más rico y complejo, como si a una canción de Black Sabbath se le sumasen primero las secuencias de Tangerine Dream y luego un collage de fraseos de trompeta tocados por el Miles Davis de la época de "Nefertiti" o "Water babies".
Acaso "Sevengill", que comienza con una bella y tensa textura de guitarra eléctrica limpia y cello y deriva hacia un muro sonoro de distorsión al final (sobre el que planea como una mantarraya la sobrecogedora performance vocal de Anneke van Giersbergen, de The Gathering), sea el punto más alto del disco, pero en realidad lo ofrecido en "The ichtyologist" es consistente y homogeneo en su heterogeneidad (todas las canciones parecen igualmente variadas, por decirlo de alguna manera), como si en última instancia el concepto del álbum implicase una suerte de bestiario submarino o exposición de las variada vida oceánica. Una enciclopedia del mar siniestro, digamos.
Otro gran momento aparece en la introducción de"Blue linckia", con una sonoridad luminosa de trompeta y guitarras con una distorsión especialmente cuidada, y en los finales de "La brea tar pits" y "Dead man slough", donde el vocalista Aaron Gregory libera su lado más Serj Tankian.
"The ichthyologist", en definitiva, está entre los discos más fascinantes del siglo XXI, más allá del post-metal o del metal progresivo.

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