martes, 21 de febrero de 2017

"Stalker", Robert Rich y B.Lustmord, 1995, Fathom / Heart of space records

Las escuchas sucesivas de "Stalker", de Robert Rich y B.Lustmord, dejan más que claro que se trata de un álbum tan insondable como la "zona" de la película de Tarkovsky que lo inspiró. Además de estar entre los ejemplos más oscuros imaginables de música ambient, "Stalker" cumple perfectamente con la idea programática de crear (o empujar a, o insistir en) una manera diferente de escuchar música: si el ambient más digamos "convencional" (y no por ello menos interesante) funciona porque uno puede ponerle tanto digamos "poca" atención como "mucha", lo que pasa con "Stalker" es más bien que resulta tan imposible concentrarse en sus procesos (como uno se concentra, digamos, en una fuga de Bach; en el caso de este álbum se siente permanentemente la presión de la pregunta acerca de qué es específicamente a lo que hay que atender y qué tipo de cambios o procesos cabe que esperemos; la noción de un "primer plano" en oposición a un "fondo", entonces, está todo el tiempo en crisis; por más que en cualquier momento dado parezca posible diferenciarlos, esa situación no hará sino mutar y desviarse) como dejarlo sonando sin atender a sus cambios (porque en todo momento irrumpen pequeñas calamidades en el paisaje sonoro, todas ellas sorprendentes porque no tenemos manera de regular o formatear las expectativas). Acaso pueda señalarse que su música suena desde un rincón de la realidad que siempre ha estado allí pero que nunca logramos percibir del todo, como una dimensionalidad extra del espacio. Y eso -ese desafío permanente a la escucha, al simple hecho de dar con una forma de escucharlo- lo vuelve inquietante y hermoso.
Es interesante además como todas las composiciones ensayan variantes de lo que podría pensarse como una estética básica o fundamental al álbum: pareciera que siempre hay un ambiente de fondo, una resonancia que permanece, y que por encima de ella irrumpen sonidos: pasos, ecos, objetos que impactan o se desplazan. Pero, como ya quedó dicho más arriba, no siempre se puede precisar cuál es el fondo y cuales los sonidos digamos "accidentales", la forma y la figura, por así decirlo. Nada se configura en algo reconocible y perdurable, ni mucho menos en un paisaje digamos mimético: si queremos aguzar el oído para determinar qué es lo que estamos oyendo lo que sentimos es que a todo momento se nos escapa esa atribución posible. ¿Son efectivamente pasos? ¿Son aullidos? Su relación con un fondo o contexto no ahce sino alejar todavía más la posibilidad de una respuesta.
En "A point of no return", la última de las composiciones, esto es llevado al paroxismo. El ambiente avanza y retrocede (hacia 8:23, por ejemplo, parece haber crecido como el océano en la marea alta) y la suerte de percusión errática y cargada de ecos zigzaguea en derredor de esas que parecen curvarse lentamente en su tonalidad.
En "Undulating terrain", en cambio, la sensación es más bien que conviven dos capas de ambiente (una de ellas al borde de sonar como instrumentos de viento y madera), dos mundos que parecen ocupar el mismo lugar pero darse en dimensiones diferentes, con pequeños aullidos que suenan de vez en cuando y parecen ocupar un posible lugar intermedio o, acaso, servir de puente a esos dos contextos distintos.
Más rico en variantes, sonoridades y texturas es "Delusion fields", quizá el mejor momento del álbum, que incorpora desde ruidos de superficie (parecen chasquidos de vinilo pasados por un efecto de flanger) hasta voces fantasmales (o lo que parecen voces, mejor dicho, erosionadas por quién sabe qué procesos), notas de gamelán o marimba y metales que chocan y reverberan.
Otro momento de especial belleza es "Synergistic perceptions", que se permite aquí y allá el esbozo de una melodía.
"Stalker", notoriamente, desafía cualquier intento de descripción. En esa suerte de ilegibilidad esencial, sin embargo, está la puerta hacia su belleza impresionante.

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