martes, 28 de febrero de 2017

"The man who sold the world", David Bowie, 1970, Mercury


Después de dos arranques casi se diría que fallidos Bowie alcanzó su primer álbum clásico al tercer intento, paradójicamente al tiempo que se interesaba poco y nada en los detalles de su composición y grabación. Es decir: si creemos a biógrafos como Peter Dogget ("The man who sold the world. David Bowie in the 70s"), la participación de Bowie se limitó a aprobar o desaprobar las ideas de Tony Visconti (bajo y producción) y Mick Ronson (guitarras), aparte de sugerir algún riff o melodía (como el de "The Supermen", que se sabe cedido por Jimmy Page) y escribir las letras. El contraste con el álbum siguiente es tan notorio que cabe atribuir el sonido tan hardrockero de "The man who sold the world" precisamente a ese protagonismo de Visconti y Ronson, ya que cuando Bowie decidió retomar las riendas de todo lo que tuviera que ver con el álbum en proceso el resultado resultó ser el mucho más pop y cancionístico "Hunkydory" (1971).
En cualquier caso, el perfil más rockero puede pensarse también como un intento deliberado de apartarse del sonido de psicodelia pop del álbum anterior, "David Bowie" (1969), que pese a contener el hit "Space oddity" resultó un paso en falso en la carrea de su autor.
El perfil hard rock queda especialmente claro en la composición que abre el lado A. "The width of a circle", con sus 8:10 (en vivo podía ser llevada a 14 minutos, como en la versión que se escucha en el remaster más reciente del sountrack de "Ziggy Stardust - The motion picture") de una estructura tan heterogénea como el contraste entre la introducción a base de guitarras eléctrica y acústicas repitiendo el riff principal y el interludio instrumental hacia 4:30, con su melodioso solo de guitarra. Otras composiciones que siguen esta línea de sonido agresivo y directo son "She shook me cold", "The supermen" y "Saviour machine", esta última uno de los puntos más altos del álbum, especialmente debido al sonido fuzz de la guitarra y los sintetizadores en la introducción.
El sonido del álbum es bastante particular, de hecho, y no sólo para la discografía de Bowie sino incluso para la manera en que sonaba el hard rock a comienzo de los setentas: la mezcla concede una importancia especial al bajo (casi siempre cargado de efectos e inculso distorsiones) y comprime marcadamente las guitarras acústicas (presentes, de paso, en la mayoría de las composiciones), logrando un sonido de extremos bien marcados en el que las frecuencias medias quedan relegadas al tono cálido de la guitarra de Ronson, ya que la voz de Bowie está a su vez ecualizada hacia los agudos (o imbuida de phaser, como en el title-track) y el cantante performa con una voz fina y nasal todavía influida por el estilo de Marc Bolan (como se nota especialmente en "Black country rock" y su uso tan característico de vibrato). El resultado es extraño, como si cada canción fuese menos material y más un juego de óptica: una foto con efecto tilt shift de un diorama.
El álbum no produjo hits en su momento, pero después de la versión de Nirvana (lanzada en CD en 1994, como parte del disco "Unplugged in NY") empezó a ser incluido en compilados y a reaparecer en los setlists en vivo, especialmente en los de la era Outside/Earthling, que la reconstruían más oscuramente, con una marcada estética electrónica (esa versión, de hecho, fue producida en el estudio por Brian Eno, y se la puede escuchar en el lado B de "Strangers when we meet"), aunque para las versiones del 2000 en adelante (y es especialmente buena la contenida en "BBC Radio Theatre", de 2000) se volvió a los arreglos originales, con su uso tan reconocible de una percusión "latina" güiro incluido.
El costado menos metalero o hardrockero del disco está en las secciones más lentas de dos composiciones del lado A, "After all" y "All the madmen", notoriamente oscuras y atmosféricas, más variadas en sus texturas y en el uso de efectos especiales, como el varispeed en "After all", composición que marca sin duda el cenit del disco y se convierte en una de las mejores canciones de la obra temprana de Bowie, especialmente influyente en la estética dark, goth y postpunk y singular también en el contexto del álbum por su poco rockero compás de 3/4.
Otro lado de la extrañeza del disco está en sus letras, que movilizan influencias tan variadas como Nietzsche ("The supermen") y H.P.Lovecraft ("The width of a circle") y, en general, logran alcanzar un máximo de expresividad y -a la vez- de hermetismo. En ese sentido es especialmente emblemática la letra del title-track.
Sin duda que Bowie propondría música más lograda en los albumes que seguirían a "The man who sold the world", del mismo modo que su talento como vocalista evolucionaria marcadamente a lo largo de la década de 1970 (y dejaría atrás la voz nasal, quebradiza y por momentos estridente de su primera etapa), pero -incluso si pensamos "Life on mars?" como su primera verdadera obra maestra- lo ofrecido en su tercer álbum es un signo claro de esa extrañeza tan a menudo inclasificable que haría a sus mejores trabajos.

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