sábado, 10 de junio de 2017

"Ambient 2: The plateaux of mirror", Harold Budd y Brian Eno, 1980, E.G.

Recordar la reticencia de Harold Budd a la hora de pensarse a sí mismo como un creador de música "ambient" aporta sin lugar a dudas una pista especialmente importante cuando los sonidos contenidos por el segundo álbum de la serie Ambient -producido por Daniel Lanois y con Eno y Budd como músicos a cargo- parecen dividirse naturalmente en dos bandos enfrentados. Está por un lado Eno, que aportó atmósferas de sintetizador y tratamientos al sonido -y de hecho aparece ahí lo mejor del álbum: más allá de su música, el fragil timbre del piano tocado a bajísimo volumen por Budd (experto en la materia), cargado de reverb, filtrado por ecualizadores y amplificado de volumen para realzar el tiempo de decaimiento y así lograr que los últimos resplandores de esas notas se fundan en el ambiente que subyace-, y por el otro Harold Budd, que saca de su piano melodías mínimas de gran belleza, más sutiles, si se quiere, que las algo románticas de su trabajo anterior "The pavilion of dreams" (1978). Y la oposición entre ambos bandos es notoria en la marcada "humanización" -por decirlo de alguna manera- de lo que toca Budd, que declara nota tras nota su intención expresiva, su componente emocional. Eno, en cambio, mantiene la frialdad intelectual de sus procesos: no hay un sujeto humano moldeando el sonido sino que son cosas que pasan, mecánicamente, y que encuentran la emoción no en su creación sino en quien las escucha, como una suerte de pareidolia emocional que, por otra parte, hace a la música completa. Esta tensión entre dos actitudes diferentes, en última instancia, logra que "The plateaux of mirror" sea un álbum tan fascinante. Budd insistirá en que no es "ambient" -pese a que su título lo declara segundo en una serie titulada precisamente "ambient"- pero quienes lo hayan escuchado saben que cumple todos o casi todos los requisitos (salvo, claro, si se escucha solo a Budd, que con todo lo que toca intenta capturar la atención del oyente de una manera que escapa a los lineamientos de Eno para la música ambient) en tanto -especialmente- "pinta" cualquier habitación en la que se lo deje sonar: como si espesara el espacio, como si dibujara avenidas de luz atravesadas por todas las partículas que flotan en el aire.
Las piezas son tan similares como reconocibles, y allí también opera el interés del álbum: si se tratara solo de composiciones para piano de Budd -tan tributarias del Satie de las Gnossienes y de "Vexations"- las diferencias entre ellas serían sin duda más apreciables: pero con Eno formateando el sonido las fronteras entre una y otra se difuminan y todo empieza a moverse en el contexto de un gran espacio sonoro, de un paisaje asimilable al mapa de la portada. "An arc of doves", en todo caso, con sus efectos desde los que es dificil no imaginar las palomas del título, y "The plateaux of mirror" son los momentos de mayor belleza y fragilidad del disco; "Not yet remembered", con un piano mucho más prominente (al igual que "Steal away"), sorprende con la irrupción de las notas de sintetizador que remedan vocalización humana, y logra estremecer al oyente; a la vez, los momentos más ambient (aunque nunca es ambient "puro", digamos: Budd distrae al -o atrapa la atención del- oyente con modulaciones inesperadas y frases melódicas de gran belleza) incluyen la tensa y algo inquietante "Among fields of crystal" y la no menos oscura "Wind in lonely fences", que se acerca considerablemente al Eno de "Music for films". Acaso lo mejor de la colaboración entre Eno y Budd todavía estaba por llegar ("The pearl", de 1984), del mismo modo que la serie Ambient tendría su culminación o la extensión al límite de sus premisas (tan maravillosamente establecidas por "Music for airports", de 1978) en un disco enteramente concebido y ejecutado por Eno ("Ambient 4: on land", que es ya casi dark ambient), pero "The plateaux of mirror" es de todas formas una colección bellísima de ambientes y mundos imaginarios.

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