sábado, 17 de junio de 2017

"Taking tiger mountain (by strategy)", 1974, Brian Eno, Island


¿Podía un músico que no sabía gran cosa de música repetir el éxito creativo de su primer álbum, armado ansiosamente a partir de composiciones hechas en el estudio a partir de ideas de colaboradores cuidadosamente ensambladas y pasadas por la colección más grande vista hasta el momento de trucos de alteración, mutación y deformación del sonido? No era fácil ser Brian Eno a mediados de 1974, pero las presiones, por darle una vuelta más al cliché, terminan por crear diamantes si el pedazo de carbón no se rompe antes. Y Eno no se rompió, con la ayuda conceptual de Peter Schmidt y su colaboración en las "estrategias oblicuas" -ese set de instrucciones a tomar al azar para desbloquear el proceso creativo y llevarlo a zonas inusitadas de pensamiento lateral. "Taking tiger mountain" es un disco más denso, más homogéneo y más arduo -por tanto, en términos generales, más fascinante- que su predecesor; quizá no tenga los hits más obvios del anterior, que todavía se movía, digamos, en la estela del pop deslumbrante y deliciosamente pretencioso de Roxy Music, pero Eno, una de las mentes más poderosas que se haya dedicado a la música en el siglo XX, había aprendido la lección y canción tras canción, su segundo álbum demuestra un dominio evidente de las estructuras del pop.
Hay también más humor en "Taking tiger mountain" que en su predecesor, aunque las letras puedan ser aquí y allá inquietantemente oscuras. Quizá se trate, además, de un álbum de esos llamados "conceptuales", capaz de generar la sensación de que si se toma esto de acá y aquello de allá y se lee así o asá o al revés, el disco está hablando de un tema digamos "específico", que seguramente tiene que ver con las tres referencias a China (en "Burning airlines give you so much more" -que se propuso inspirada en un famoso accidente aeronáutico de ese año-, "China my china" y "Taking tiger mountain") y que llevó a Eno, en una entrevista, a decir que, si tenía alguna postura al respecto, era básicamente anti-maoísta. Todo está disfrazado de ingenuidad hasta infantil ("if you reach Kyoto send a postcard"), pero una y otra ves la sensación es la de algo que no cierra, algo que irrumpe en la imagen y la altera. Quizá podría evocarse el concepto de disonancia cognitivia, en última instancia.
El pop juguetón aparece pronto en el álbum, con el ritmo en 3/4 de "Back in Judy's jungle" (una referencia a Judy Nylon, novia de Eno por esos años y quien le regaló aquel famoso disco de música de harpa durante una convalescencia: el origen de la música ambient), pero la tercera canción, "The fat lady of Limbourg" (aparentemente un "caso real y una de las mejores piezas del disco) ofrece un paisaje diferente, más melancólico, donde los efectos de faseo aportan el toque distintivo junto a la preciosa melodía y el motivo reiterado de saxofón que aparece en la segunda mitad.
Es fácil ver que el "toque Eno" (esa sensación cinemática, esa pintura de paisajes sonoros, esa notoria preponderancia del sonido al mismo nivel, o más arriba, que la música) en la popera "Mother whale eyeless" y la graciosamente grotesca "The great pretender", con Eno esforzándose en un registro bajo de caricatura.
El lado B original arrancaba con la impresionante "Third uncle", otra de las piezas de especial relieve en el álbum, precursora del post-punk y, acaso en particular, de Talking Heads. El compás de 3/4 -que acaso connota en este contexto siempre algo infantil y nostálgico, el mundo de las nursery rhymes inglesas, con su toque inquietante de nonsense- reaparece en "Put a straw under baby" (con cuerdas de la Portsmouth Sinfonia) y sigue "The true wheel", interesante sobre todo por los tratamientos a los que fueron sometidas las guitarras de Phil Manzanera. Después, en "China my china", destaca la sección intermedia del canción, con las pautas atonales de guitarra -en las que Manzanera se disfraza de Robert Fripp- y la buenísima percusión confiada a Robert Wyatt, que encaja perfectamente con la guitarra rítmica también precursora del trabajo de Byrne en Talking Heads.
Finalmente, "Taking tiger mountain" aporta el delicioso toque ambient, eso que ya había prefigurado "On some faraway beach" en el "Here come the warm jets"; la pieza está sin duda entre las más bellas de Eno, y fácilmente puede pasar por alguna de sus composiciones posteriores, sean las viñetas relativamente tempranas de "Another green world" o las escenas más abstractas de "Music for films"; la voz, tenue y distante, parece provenir de otro universo e intersectar el nuestro de manera parcial, como una transmisión que no llega a instalarse plenamente. Y, por supuesto, no es posible un mejor final para el disco.

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