lunes, 19 de junio de 2017

"The power to believe", King Crimson, 2003, Sanctuary



Es posible que aparezca pronto un álbum donde la última encarnación de King Crimson -que además de potenciar marcadamente la sección rítmica regresa a las texturas de bronces y vientos tan presentes en discos como "Islands" (1971)- dé el siguiente paso en su proceso, pero hasta ahora, en lo que a discos de estudio se refiere, la banda culminó su evolución a través de los ochentas y los noventas concentrando los rasgos fundamentales de los discos de esas épocas en su álbum número 13, que combina -de una manera acaso más perfecta que su predecesor, que todavía parecía centrar sus esfuerzos en explorar el sonido industrial/metalero inaugurado por "Thrakk" (1995)- los arpegios polimétricos de guitarra de "Discipline", "Beat" y "Three of a perfect pair" (1981, 1982 y 1984 respectivamente) con el ataque metálico y metalero del sonido  extremo e industrial de los ya aludidos "Thrak" y "The construKction of light" (2000). Pero el proceso no es tan simple ni por asomo: entre el álbum de 1995 y el de 2000 aparecieron los "projeKcts", o divisiones "frakctales" de la banda destinadas a explorar diferentes facetas del sonido creado por el "doble trío" (dos bateristas, dos bajistas, dos guitarristas) de "Thrak": más electrónico alguno, más jazzero otro, más metalero aquel, los projekcts sin duda aportaron nuevos dialectos al lenguaje crimsoniano, pero "The construKction of light", si bien es un álbum fascinante, no parece tan  fácilmente ubicable a la altura de "Discipline" o "Lark's tongues in aspic" y, de alguna manera, como decía más arriba, tiene todavía un costado de experimentación tentativa que lo separa ligeramente de la rotundidad de las obras más seguras en sí mismas de la banda.
En esa línea, "The power to believe" puede verse como la verdadera obra maestra tardía -hasta ahora, es decir- de King Crimson. Están por un lado los instrumentales que se instalan con plena confianza y seguridad en la zona descubierta por el cruce entre "Discipline" y "Thrak" tal y  como fue explorado en "The construKction of light": así, "Level five" y "Elektrik" se convierten en instrumentales dignos de ser colocados junto a "Fracture" (más que el algo redundante "FraKctured" del disco anterior), las tres partes de "Lark's tongues in aspic" y "Red", que se comunica con las pizas de "The power to believe" a través del buenísimo set de Vrooom/Vrooom Vrooom en "Thrak".
"Dangerous curves" -para seguir con el otro gran instrumental del disco-, en cambio, parece provenir de una línea de tiempo alternativa en la que Crimson exploró más la electrónica que el metal industrial a lo largo de los noventas; tras un larguísimo (minuto y 20) fade in, un ritmo inquietante sobre el que planean cuerdas de sintetizador desemboca en un paisaje electrónico asombroso que colapsa en puro noise y ambient. Acaso pueda pensarse como una elaboración sobre el sonido de los projeKcts 2 y 3.
Después están las "canciones", que incorporan el tipo de construcción de los instrumentales y les aportan una división más clara entre partes y, por supuesto, las melodías vocales de Adrian Belew, que en este disco suenan de alguna manera más trabajadas -a nivel sonido, no a nivel performance vocal- que las del anterior. En cierto modo todas estas piezas parecen operar a modo de una canción básica desarmada y vuelta a armar en el contexto de una composición con muchas partes, sucesiones de riffs en compases inusuales y una buena dosis de ataque ruidoso. En cierto modo, tanto los instrumentales ("Level five" especialmente) como algunas partes de estas canciones, en cuanto a los riffs, parecen "kincrimsonizaciones" de la zeppelinera "Hertbreaker" (de "Led Zeppelin II"), por su riffs que suben lo más que pueden atados a una nota tónica que recurre como si de una caída precipitada se tratase y, a lo largo de la canción, van modulando en una secuencia -en el caso de Zeppelin- bluesera o -en el de Crimson- más bien jazzera o "progresiva". En cualquier caso, si se pudiera extirpar de estas piezas la parte de "canción" las que brillarían más en tanto pop serían "Eyes wide open" y "Facts of life": para ninguna de las dos es dificil imaginar un arreglo despojado y rockero o popero, que podría, por ejemplo, entrar en alguno de los discos solistas de Belew.
La pieza central al álbum y la que le da título está dividida en cuatro secciones que puntuan a grandes rasgos el comienzo (con la parte uno a cappella), el centro (con la sección más fascinante y ambient, riquísima en texturas y sorpresas) y el final del disco (con las dos últimas secciones, entre ambient y metalera la tercera y tanto plácida como inquietante la última).
El momento más metalero queda para "Happy with what you have to be happy with", que suena a una versión con sonido mejorado de buena parte del disco anterior.
Curiosamente, para su enorme variedad textural, el disco permanece como de alguna manera homogéneo en la memoria; una escucha al azar ofrece sorpresas, pero la progresión "en orden" digamos de las piezas resulta extrañamente coherente, como si un eje secreto las vinculara. En ese sentido, es, en tanto álbum, está entre los más logrados de King Crimson, junto a la simetría de "Lark's tongues in aspic" y el desarrollo temático y variacional de "Discipline".

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