miércoles, 7 de junio de 2017

"The sinking of the Titanic", Gavin Bryars, 1975, Obscure

Del impresionante catálogo de Obscure records (impresionante por los significados históricos, musicales y conceptuales, ya que no por la mera cantidad: apenas 10 discos), el sello fundado en 1975 por Brian Eno, acaso destaquen tres álbumes: uno debería ser sin duda "Discreet music" (1975), del propio Eno y momento fundacional de la música generativa y ambient, y otro "The pavilion of dreams" (1978), de Harold Budd, por su belleza indiscutible y por el hecho para nada deleznable de que posiblemente se trate de la pieza más amable con el usuario (en un sentido de simple musicalidad y expresividad) jamás lanzada por el sello; el tercero (que no el tercer lugar), entonces, debería corresponder al disco que inauguró el sello, "The sinking of the Titanic", de Gavin Bryars.
Es inevitable recurrir a la leyenda: aparentemente la última pieza musical tocada por la orquesta a bordo del RMS Titanic fue el himno "Autumn" (hay quien prefiere creer que fue "Songe d'Automne", de Archibald Joyce, o el himno "Nearer my God to thee"), y la pieza que da nombre al álbum y ocupa completo el lado A puede pensarse como el sonido de esa banda tocando esa pieza reverberando en el océano a medida que el barco se hunde. Hay algo así como una arqueología sónico-submarina, digamos, paralela a la arquitectura submarina de "La catedral sumergida" de Debussy: a sucesivas iteraciones y variaciones orquestales del himno (con interpolaciones de las otras candidatas a la última pieza tocada por la orquesta del barco) Bryars sometió efectos de reverberación y faseo que generan polirritmos, desincronización y grandes burbujas de tiempo, tonalidad y textura, en las que residen sonidos específicos (notas de piano hacia 6:30, por ejemplo, disonantes en relación al himno, o las transmisiones de radio hacia 10:30) o en las que la pieza parece disolverse en su acercamiento máximo a las fosas abisales, y aparecen allí los cambios que conquistan la pieza a partir del minuto 13, cuando el himno orquestal ya es casi irreconocible y sólo permanece la reverberación subacuática y una extrañísima y sobrecogedora música que parece desprenderse de ella (18:15).
Se trata, qué duda cabe, de una de las piezas musicales más asombrosas del repertorio del siglo XX. No se me ocurre, es decir, otro modo de calificarla. Asombrosa y bellísima, con una belleza completamente extraña y, en última instancia, ilegible.
El lado B del vinilo original (ahora tesoro de coleccionistas) traía otra composición asombrosa. Así, "Jesus' blood never failed me yet" aportaba el lado humano y de alguna manera más musical a la extrañeza sobrecogedora de "The sinking of the Titanic". Como una gran novela triste, trágica y a la vez entrópica ("Stoner", por ejemplo), "Jesus' blood..." consiste en la reiteración loopeada de una canción cantada por un pichi anónimo; poco a poco, a medida que los versos se repiten, van apareciendo texturas orquestales (y espesándose la emoción, a veces hasta las lágrimas), acordes que van fluctuando la armonía básica y aportando sonoridades y complejidades musicales que más que ahogar al pichi borracho no hacen sino elevarlo más y más y, de alguna manera, dignificarlo. Pero, a la vez, no hay que perder de vista que se trata de un loop: la reiteración mecánica (toda reiteración es, después de todo, una forma de cambio) parece socavar lo trivialmente "humano" de la expresividad en la canción (asociada a lo único, lo irrepetible, al signo de la interioridad), que queda de alguna manera recuperado o destilado por la interacción entre la canción loopeada y la orquesta. Es por esta razón, me parece, que es completamente innecesario ponerle un nombre y apellido al pichi o aportarle características definidas: una personalidad, digamos, una idiosincracia. Y es por eso que la versión posterior -cantada por Tom Waits- no aporta nada a la original y, de hecho, le resta esplendor.
No sucede lo mismo con las versiones más recientes de "The sinking of the Titanic", que desarrollan la pieza original en extensión y en diversificación de la música orquestal, a la vez que suman más transmisiones de radio e incluso ráfagas en código Morse; podría señalarse que la de 1975 ya decía todo lo que había para decir, pero no por ello deja de valer la pena escuchar las versiones de 1990 (60 minutos contra los 25 originales) y la de 2005 (73 minutos). Quizá la música del Titanic sigue sonando en los océanos, como la luz de las galaxias remotas corrida hacia el rojo del espectro o como esos sonidos adheridos al aire y a las paredes -aquí a las algas, al agua y al fondo océanico- que retornan en el cuento de J.G.Ballard "El barrendero de sonidos". Poco a poco quizá estén fundiéndose con los cantos transoceánicos de las ballenas o de criaturas inmensas que aún no conocemos, con los sueños de Cthulhu o con las extrañas frecuencias de origen todavía desconocido y las grandes ondas inaudibles con las que los tsunamis sacuden al mundo entero.

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