lunes, 26 de junio de 2017

"Desire", Bob Dylan, 1976, Columbia



No son muchos (es decir, son poquísimos) los álbumes de Bob Dylan donde otro músico -o incluso otros músicos- alcanza un lugar tan protagónico que lo distintivo del sonido o incluso lo que hace especial al disco en cuestión lo incluya inextricablemente. Dejando de lado el lugar de algún productor (Daniel Lanois en "Oh mercy", de 1989, y "Time out of mind", de 1997), es quizá el decimoséptimo álbum de Dylan aquel que más se parece a la obra de una banda y menos de un solista. No porque no sea un disco típicamente "dylanesco" sino porque esta dylanidad está a la par de otros elementos idiosincráticos, el más importante de todos sin duda el violín de Scarlet Rivera, pero también los coros de Emmylou Harris y la co-composición (para siete de las nueve canciones) de Jacques Levy. Esto no es de extrañarse: Dylan concibió y grabó "Desire" en medio de su proyecto de gira Rolling Thunder Review, que servía de rejunte de músicos diversos inspirados por algo así como el tema folklórico de los trovadores o de los músicos errantes, con cierta carga de imaginería gitana muy presente -y supongo que acá habría que destacar a la gira y al disco como una de las más honrosas excepciones a aquel borgesismo de "los gitanos son pintorescos e inspiran a los malos poetas" (en el cuento "La secta del Fénix"). No hay que buscar mucho en "Desire" -en rigor sólo hay que saltearse la primera canción- para encontrar ese misticismo gitano, y si vamos al aporte textural del violín de Rivera está claro que ya en "Hurricane" tiene un lugar fundamental (aparece a los 10 segundos exactos con una nota en el registro grave y sigue ondulando y respirando a lo largo de la canción), si bien alcanza el paroxismo con la mejor piza del disco, la fascinante "One more cup of coffee (valley below)".
Sin duda que "Isis", la segunda del lado A, tiene también todo lo necesario no sólo para estar entre lo mejor de "Desire" sino para que la pensemos como una de las más fascinantes de Dylan; su pulso incesante en 3/4 y el contrapunto permanente de la voz con el violín la vuelven una canción de gran riqueza, y desde la letra aparece otra característica interesante de "Desire" -que lo diferencia de su excelente predecesor inmediato en la discografía-, el hecho de que todas las letras cuentan historias. Es fácil verlo, entonces, el relato de la injusticia cometida contra Rubin "Hurricane" Carter en la primera canción del disco, pero hay algo aún más interesante -después de todo, no hay nada especialmente fascinante en que una canción cuente una historia, por más "bien" que lo haga, aparte del artesanado implícito- en "Isis", que más allá del relato del recién casado que deja a su esposa y sale en busca de aventura para ser engañado por un manipulador o estafador, convoca un paisaje fantástico de pirámides incrustadas en hielo, tumbas que aguardan a su ocupante final, y una geografía que de cañones, montañas y desiertos helados; hay una suerte de moraleja en la historia -no es dificil verla-, pero también una obvia faceta de irrealidad, de una cosa tenue, casi onírica. Esto queda aún más a la vista en "One more cup of coffee", donde aparece una familia real de telépatas y un rey padre (sí, bueno, la lectura "metafórica" o "alegórica" queda al alcance de quien quiera meterse ahí: yo prefiero lo fantástico) que vigila su reino mientras el hablante de la canción aguarda todavía un momento más antes de descender a un valle cuya invocación llena los espacios de la canción con resonancias arquetípicas. Nada es literal, podría insistirse, pero a la vez nada es real, nada es posible en tanto real. Y el duo perfecto entre Dylan y Emmylou Harris, junto al violín inagotable y a la evidente cosa gitana (la progresión de acordes es una clarísima cadencia andaluza: La menor, Sol mayor, Fa mayor, Mi mayor) parecen apilar capa tras capa de significados posibles, todos maravillosamente coordinados entre sí.
Sin duda que "One more cup of coffee" no podría estar más alejada de la canción-como-alegato que abría el disco; lo mismo podría pensarse -aunque desde lo musical y lo sonoro quizá el efecto no sea tan in-your-face- de "Isis", y esto parece abrir un espectro amplísimo para "Desire", cuyo lado A también incluye "Mozambique", una canción más ligera y juguetona, o la más dulce y melancólica "Oh, sister".
El lado B arranca, como el anterior, con una canción de corte biográfico; en este caso es "Joey", la canción más larga del disco (y un sonido relativamente inusitado desde el reverb de los toms en la introducción) que narra la historia del mafioso neoyorquino Joseph "Joe" Gallo. Sigue otra canción digamos más "ligera", a la vez que más rica en sus textura (con bouzouki, mandolinas, acordeón y violín) y otra balada centrada en la historia de dos amantes que huyen de la ley: road movie, crook story. Este sonido (que no tiene un precedente tan claro en el disco y que parece más bien específico de este corazón del lado B) o textura instrumental se repite en "Black diamond bay", relato de una erupción volcánica que destruye una isla.
Faltaba, en cualquier caso, una nota más íntima y emocional, menos distanciada, irónica o juguetona, y -si bien desde un punto de vista estrictamente biográfico es un poco rara la efusividad exagerada de la letra- más cercana a lo "confesional", digamos. Todo esto es aportado por "Sara", dedicada a la futura ex de Dylan Sara Marlin (luego Lownds, luego Dylan), "glamorosa ninfa con un arco y flechas", "esfinge escorpiana en un vestido calico", y también, menos artificiosamente, "hermosa dama tan cerca de mi corazón".

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