miércoles, 14 de junio de 2017

"Love streams", Tim Hecker, 2016, 4AD/Paper Bag

Lo primero que captura la atención desde el octavo álbum de Tim Hecker es su uso de la voz humana; no es algo que suene en todas las piezas incluidas en el disco, pero después de pasar por la segunda -"Music in the air"- la personalidad del álbum -insondable, extraña, remota, hipnótica, fascinante- queda establecida; de hecho, lo que sonará después desde otros instrumentos -en "Bijie Dream", por ejemplo, la base está en sintetizadores que evocan un paisaje sonoro setentero, como si la música de los primeros discos de Vangelis fuese un edificio en ruinas y esta pieza de Hecker tomase todos los escombros y con ellos erigiese una catedral- está prefigurado en los cortes, los desfasajes, los glitches y las transiciones abruptas de esas voces -cuyos arreglos corales fueron preparados por Jóhann Jóhannsson-, que se enredan en un panorama tan humano como digital, como la concebible kill screen al final de una cantata de Bach.
No hay una sola textura en "Love streams" que no quede interrumpida o alterada, un sólo pasaje en que no irrumpa un sonido extraño: los golpes percusivos hacia el final de "Live leak instrumental" son un buen ejemplo de esto, pero la misma fórmula aplicada sobre -y a base de- más voces humanas logra paralizar al oyente en asombro. Así, la primera parte de "Violet instrumental" -uno de los momentos más bellos y estremecedores del disco- llega a parecer la deriva de una máquina traductora alimentada con el discurso de un alienígena, que no llega a configurarse del todo en el habla humana y desmonta el sonido de la voz en pautas tan inquietantes como hermosas, hasta que al final un paisaje ambient de sintetizadores parece disolverlo todo con una suerte de resignación  o indiferencias cósmicas que se prolongan en la segunda parte de la pieza, también poblada por interrupciones e irrupciones: sonidos que parecen soplidos en cañas de bambú o golpes de instrumentos de percusión que combinan la madera y el metal.
Hay también pasajes oníricos, nebulosos: "Up red bull creek" podría perfectamente encontrar a sus antepasados más directos en cualquier parte de "On land", "Apollo atmospheres and soundtracks" o "Music for films", de Eno, mientars que "Collapse sonata" parte de sonidos cálidos y luminosos (hay un rastro de secuencias a la Tangerine Dream incluso) para ir socavando el paisaje sonoro creado y terminar en una desolación dark ambient, de manera similar a lo que opera en el cierre del disco, "Black phase", con sus cuerdas remotas y melancólicas desde las que brotan pequeñas erupciones corales.
Esa estética de la irrupción, en todo caso, tiene uno de sus momentos más claros y definitorios en la primera de las composiciones, "Obsidian counterpoint", que parte de otra secuencia -más cristalina, más noventera- y va sometiéndola a olas de ruido, golpes y glitches.
Ese uso del ruido y el resquebrajamiento de una música anterior tiene en "Castrati stack" otro gran momento, entre las voces más fascinantes del disco, como si la máquina traductora siguese fracasando a la hora de ofrecer el habla pero lograse generar algo cercano al canto; y es en la pieza siguiente, "Voice crack", donde la deconstrucción de la voz humana en sus pixeles sonoros -autotune mediante- llega a su punto álgido y tan aterrador como emotivo (hacia 1:05).

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