domingo, 18 de junio de 2017

"Antichrist superstar", Marilyn Manson, 1997, Nothing/Interscope


Tenía un amigo, escritor de ciencia ficción y fanático de Pink Floyd, que hacía una lectura literal de "The wall" (1980). Su propuesta tenía su punto más fuerte en la idea de que las imágenes finales de la película, la del niño que encuentra un arma por ejemplo, tomaban lugar en un mundo devastado por la guerra que había iniciado Pink, el protagonista. Esta interpretación, harto discutible, podría ofrecer una clave para colocar al segundo álbum de estudio de Marilyn Manson en su lugar en la historia de los álbumes llamados conceptuales y las "óperas-rock", en tanto una lectura posible del argumento de este disco involucra a un lider fascista que inicia tras llegar al poder el exterminio total de la humanidad. La última canción del disco -leída especialmente desde su video- podría ofrecer la pista acerca del mundo sobreviviente -desierto, extraño, descolocado- del mismo modo que aquellas imágenes sugerían a mi amigo su lectura diagmos "literal".
En cualquier caso, si bien "The Wall" no ofrecía títulos para sus secciones, parece quedar más o menos clara su división en cuatro partes, cada una de ellas correspondiente a un lado del vinilo doble; el de Manson, por tratarse de un CD, puede permitirse ofrecer una división diferente, y en lugar de a un número par de secciones dictadas por el formato vinilo apela a tres, cada una de ellas presentada bajo su propio título. Tenemos así "The heiropohant", "Inauguration of the worm" y "Disintegrator rising", aludidas como "ciclos" y, en líneas generales, presentadas la primera como un prólogo o una muestra de temáticas (argumentales y sonoras: están allí todas las texturas que reaparecerán después), la segunda como el ascenso del protagonista al poder y la tercera como el relato de su proceso de destrucción, que culmina -y por supuesto acá está uno de esos puntos donde, al igual que con The Wall aunque de manera menos intensa, convencen de preferir la lectura digamos "metafórica" a la literal- con la pauta solipsista de "The reflecting god", que comienza invocando un mundo reducido a cenizas y al proceso del "disintegrator" que en su soledad absoluta se vuelca hacia sí mismo y encuentra allí al dios contra el que se había revelado luciferinamente. Es acaso una de las mejores piezas de un álbum sorprendentemente rico -han pasado veinte años y la lectura atenta permite seguir descubriéndole detalles incluso después de haber creído que había entregado todo lo que tenía para dar-, y resulta especialmente efectiva después de la más marcadamente dark ambient "Minute of decay", con su bajo hipnótico y su panorama de sonidos que buscan -y generalmente lo logran- construir una sensación de ominosidad (potenciada en los videos, en particular el que dirigiera Elias Merhige para "Cryptorchid") que trasciende el dark-glam barroco que construye el diálogo entre la música y los videos -hermosos por cierto- dirigidos por Floria Sigismondi.
No en vano esos videos son ante todo los hits del disco y de paso canciones que pertenecen a esa sección en la que cabe ver un prólogo o el establecimiento de un contexto o escenario; en cierto modo, entonces, el disco "realmente" arranca con "Little horn" -que en su furia industrial casi hardcore remite a "Irresponsible hate anathem", el comienzo del primer ciclo- y de paso, desde la letra, propone el tema luciferino del álbum. Hay, por supuesto, toda una parafernalia alquímica-esotérica-hermética-cabalística en las 16 piezas que componen (declaradamente, porque hay un track oculto al final, tras pista tras pista de silencio) el álbum, en una suerte de llevada al extremo ya no sólo de la propuesta básica de "The Wall" (con su vuelta metamusical: cosa que Manson exploraría posteriormente en "Mechanical animals", de 1998, parte central de una trilogía inaugurada por "Antichrist superstar", que sería, de hecho, la sección final del relato -y por tanto "Holy wood", de 2000, sería la primera) sino de paso también de la (más sutil en el caso de Bowie) trabazón de referencias cabalísticas en "Station to station" (y "Diamond dogs", otro disco que se buscó conceptual y narrativo y que jugó la carta de lo glam como ominoso o lo ominoso como glam), acaso se pueda decir que no en vano Manson grabaría eventualmente un cover de "Golden years", una de las piezas usualmente pensadas como más enigmáticas -pese a su superficie disco y funky- de la discografía de Bowie en general y del disco que la contiene en particular. Pero donde Bowie disfraza lo siniestro de pop, Manson prescinde del pop, o le da una vuelta análoga al dark/cute de los mejores momentos de Tim Burton.
Ese lado dark ambient puede ser rastreado hasta Trent Reznor, uno de los productores del disco (un disco ejecutado por un número enorme de músicos: Sean Beavan, Charlie Clouser, Robin Finck, Danny Lohner, Dave Ogilvie, el propio Reznor, Chris Vrenna y los integrantes de la banda en ese momento, incluyendo al rápidamente despedido Daisy Berkowitz), y resuena en todo el disco tanto como una capa remota de la textura como una especial atención al sonido, y acaso esté ahí -20 años después- el principal interés de este álbum del que se ha dicho que ayudó a terminar la hegemonía del grunge sobre el rock de los noventas.
Con sus 77:26 es, por supuesto, un disco largo; sus canciones, sin embargo, no dejan fácilmente paso a la sensación de que alguna está puesta allí como mero relleno: así, ni los momentos más en apariencia redundantes parecen invitar a pasar al track siguiente, y cabe encontrar momentos interesantes en "Deformography" y "Wormboy", acaso junto a "Dried up, tied and dead to the world" sus piezas menos atractivas desde una perspectiva musical (no pasa lo mismo con su dimensión lírica y su articulación en la posible narrativa del álbum ni, tampoco, con su interés en cuanto al sonido en sí mismo).
Además de las ya mencionadas, son especialmente ricas "Angel with the scabbed wings" y "Kinderfeld" (que cierran el segundo ciclo), y, por supuesto, los singles "The beautiful people" (cuyo patrón de cinco notas por cada mitad del compás se volvió algo así como un lugar obligado de cada disco que lanzó Marilyn Manson) y la bellísima "Tourniquet", además de los momentos más glam, entre ellos los coritos "ah-aaoh" (2:51) de "Deformography". Es dificil decir, en cualquier caso, cuál es el momento más ominoso de un disco que hace lo posible por ser más y más ominoso, pero probablemente el quiebre (1:30) entre las dos secciones de "Cryptorchid" sea un buen candidato junto a "Man that you fear".
Manson entendió perfectamente que después de este disco debía hacer sonar uno completamente diferente en texturas, y logró dar vuelta la propuesta sacando a la luz ese glam que "Antichrist superstar" tenía como una de sus capas más escondidas; ya con "Holy wood", que en sus peores momentos parecía un regreso mal hecho a la propuesta del álbum de 1997, acaso se inicie un declive que aquí y allá delató la necesidad de un reformateo de la banda que jamás operó 100%, pese a que ninguno de los discos del siglo XXI de Marilyn Manson sea realmente descartable y todos, cada uno a su manera, ofrezcan sonidos de interés.

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