viernes, 2 de junio de 2017

David Toop y Max Eastley, Obscure, 1975

El cuarto de los discos del sello Obscure, fundado por Eno en 1975, es un ejemplo maravilloso de música inclasificable, salvo que por "experimental" entendamos una etiqueta que aporte algo a la reflexión. Para empezar, desde su título -"instrumentos musicales nuevos y redescubiertos"- se propone que buena parte del interés del disco está en desde dónde vienen los sonidos que escucharemos; pero incluso en las cuatro piezas del lado A, las compuestas por Max Eastley y que llevan cada una un nombre alusivo al instrumento creado o redescubierto o resignificado por su autor para ejecutarlas ("hidrófono", "metalófono", "centrífono", "aerófono elástico"), lo que tenemos no es "la cucaracha" tocada con un instrumento extraño, ni mucho menos: son piezas que cabría pensar como atmósféricas o ambient, en las que ciertas características del sonido producido por el instrumento nombrado en el título se vuelven lo más importante; hay, cabría pensar, un ímpetu minimalista en ofrecer al sonido como un elemento central -en oposición a lo que cabe pensar como lo estrictamente "musical"-, pero si las cualidades acuáticas de "Hydrophone" (hay, de hecho, una corriente de agua sonando permanentemente en los 8:59 de duración de la pieza, como si de hecho hubiese sido sumergido un micrófono en un arroyito; pero también hay pulsos y lamentos en las frecuencias más agudas, que traman una suerte de "eventos" por encima del "ambiente" acuático, armando así un paisaje sonoro fascinante), la serie de sonidos percusivos de "Metallophone" (que recuerda al procedimiento de "Bell set nº1", de Michael Nyman, editado también por Obscure un año después de "New and rediscovered musical instruments"), el ruido enlentecido, pulsante y rotativo de "The centriphone" (en el que suenan también elementos metálicos: cuerdas o sierras) y la complicada sucesión de ambientes en "Centriphone" (acaso lo más interesante del lado A), casi todos ellos digamos "aéreos", si todas estas cualidades inmedatas del sonido, es decir, logran llevarnos a una lectura en términos ambient y de texturas del disco, las tres piezas del lado B, concebidas por David Toop y ejecutadas -en los instrumentos del lado A, de hecho, pero también en bajo preparado, guitarra, flauta y violín de tres cuerdas, además de la voz humana, un grill y el metal de una rueda de camión- por Toop, Eno, Hugh Davies, Paul Burwell y otros músicos, sin duda proponen algo diferente. De las tres la más larga es la central, "The divination of the bowhead whale", que puede ser pensada como un extenso paisaje sonoro dark ambient en el que las ballenas boreales (o de Groenlandia) del título hacen sonar sus cantos por encima de una serie de sonidos tratados con ecos, ecualización y procedimientos de cinta, pero las más breves que flanquean esta composición, en las que una voz humana canta de manera al principio ridícula, luego irritante, después inquietante y al final -cuando se suma el coro al final de "Do the bathosphere"- completamente terrorífica, como si de pronto todo fuera entendido como un ritual misterioso para invocar al gran Cthulhu. Lo mismo sucede en la última pieza del disco, "The chairs story", que además incluye el sonido ominoso de una flauta tratada de diversas maneras en el estudio. Estas piezas, es decir, no son ambient en el sentido que puede llegar a serlo el lado A; cabría mejor pensarlo como una serie de objetos sonoros tan lejanos a la música (o, mejor, al sistema de categorías de la música) como la capital de una civilización alienígena pudo o puede estarlo de la antigua Roma. Y, en gran medida, de esa extrañeza o incluso ilegibilidad surge lo fascinante de estas piezas.

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