lunes, 15 de mayo de 2017

"Back in black", ACDC, 1980, Albert/Atlantic


La fórmula estuvo clara siempre: centrar cada composición en uno o dos riffs memorables y poderosos, reducir la base rítmica al mínimo indispensable, incluir en alguna parte un solo tan consabidamente bluesero y rockero como virtuoso y hablar de sexo, alcohol y rock'n'roll con dobles sentidos que cualquier adolescente cachondo pudiera dar por obvios; a la vez, mientras la banda tuvo a Bon Scott al frente había cierta cualidad de peligro en la voz, como si el cantante fuera un ex convicto que hace una guiñada mientras te dice que "antes que volver a delinquir" prefirió vender curitas en un ómnibus, pero -después de la triste muerte de Johnson en 1980 y cuando Brian Johnson toma su lugar- a partir del séptimo álbum de estudio de la banda las cosas cambian y de pronto ese detalle amenazante desaparece: estamos, ahora, en una fiesta interminable y todos somos borrachos felices: esa fiesta ideal con la que sueña o ha soñado o soñó el hard rock desde sus comienzos y que es, en última instancia, su diferencia más básica con el protometal de bandas como Black Sabbath o con las ambiciones más prog o meramente "musicales" de Led Zeppelin.
Para tratarse de una suerte de reboot de la banda, "Back in black" no sólo ofrece a la fórmula operando con visibilidad cristalina y hasta autoparódica sino que logra alcanzar su momento de mayor efectividad. Así, la década milagrosa del hard rock terminó con uno de los cinco o seis clásicos indudables del género: habrá quien quiera pedirle más al rock, pero nadie puede negar que "Back in black" funciona a la perfección. Y vaya que lo hace.
De hecho hay momentos del disco en los que  cabe ver algo más que esa efectividad; no se trata de que "Back in black" sea un clásico por eso -no le hace falta-, pero sin duda el interés que puede generar es mayor gracias al clima de cuidada oscuridad en "Hells bells", tanto desde sus campanadas ominosas (después se diría que el disco completo fue una suerte de homenaje al cantante muerto) como por el aplomo magnífico del riff arpegiado de la guitarra una vez que arrancan la batería y el bajo. Este clima, a su vez, se expande con el siguiente riff, sobre el que suenan las voces y, especialmente, su "respuesta" (tercera menor - segunda - tónica) al final de cada estrofa y el retorno del arpegio de la introducción a modo de estribillo; seguramente un puente cantado y oportunamente modulado habría hecho más "linda" a la canción, pero eso, notoriamente, no es lo que se busca acá, de modo que tenemos en su lugar es un solo sobre una progresión diferente de acordes que termina modulando el riff de las estrofas.
Es el comienzo del lado A de este álbum uno de esos ejemplos de "todo queda dicho", pero "Back in black" no descansa, y ofrece al comienzo del otro lado su canción más emblemática, la que le da título y que, sin duda, está entre las más clásicas de su género (y que, además, propone esa suerte de estilo vocal casi rapeado que sin duda aporta potencia y dinamismo a la pieza). Por supuesto que la efectividad de la fórmula ya había sido probada, expandida, dinamitada y estallada por tantas bandas indudablemente superiores en muchos sentidos a ACDC, pero está claro que "Back in black" carga dignamente con el ADN y el brillo de "Heartbreaker" (con su sección instrumental extendida basada en distintos solos de guitarra y en un nuevo riff), lo cual no es poco decir.
El resto del disco -es decir, sus otras ocho canciones- es a prueba de balas. No hay un sólo momento, es decir, en que la tensión y el ímpetu decaigan, al menos en el lado A, donde aparecen la excelente "Shoot to thrill" y la compacta "What do you do for money honey", además de la un más oscura "Let me put my love into you" (en la que la entrada de la voz logra erizarme cada vez que la vuelvo a escuchar), sin duda la mejor del disco más allá de los arranques de lado.
El lado B es quizá un poco menos intenso, si bien después de "Back in black" el groove ligero de "You shook me all night long" funciona maravillosamente bien. Quizá ese momento menor esté, en todo caso, en el par "Have a drink on me" y "Shake a leg", que si bien rinden como numeritos rockeros, carecen del esplendor de todo lo que las precedió, en particular dada la sensación de poco trabajo dedicado al estribillo de la primera.
El cierre del álbum, "Rock and roll ain't noise pollution", de todas formas, levanta el nivel y ofrece una clausura de lado tan buena como la de "Let me put my love into you"
Habría que esperar a 1987 para que la década que comenzó inmediatamente después de la salida de "Back in black" ofreciera un disco de hard rock al mismo nivel ("Appetite for destruction", por supuesto), y la banda, que se mantuvo firme en su registro y su efectividad hardrockera, jamás logró ofrecer un álbum tan perfecto. Y quizá no hacía falta.

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