miércoles, 24 de mayo de 2017

"Crest of a knave", Jethro Tull, 1987, Chrysalis

La carrera de Jethro Tull (pensémos por un momento a esa entidad como algo diferente a Ian Anderson, y quizá tendremos algo de razón) había alcanzado su nadir con "Under wraps" (1984), su equivalente a "Tonight" (del mismo año) y "Never let me down" (1987), ambos de Bowie, o a "Undercover" (1983) o "Dirty work" (1986), ambos de The Rolling Stones, de modo que a medida que se apuraba el trago de los ochentas el tiempo parecía propicio para un retorno a la forma (eso que esperaba tanto a los Stones como a Bowie en 1989, con "Steel wheels" y "Tin machine" respectivamente, si bien ambos álbumes están lejos de ser obras maestras y el segundo, técnicamente, es más el debut de una banda que el verdadero álbum nº18 de Bowie); quizá influyó la operación en la garganta a la que debió someterse Ian Anderson debido a una infección persistente (y al hecho de que, cómo el mismo explicaría, la respiración de un flautista no es la misma que la de un cantante, y eso con la edad debía empezar a notarse cada vez más), pero incluso con una seguidilla de cuatro álbumes de alguna manera notables sin ser a la vez tan brillantes como lo mejor de lo grabado por la banda durante los setentas (y digamos que ahí hay que nombrar sin dudas "Thick as a brick", de 1972, y "Heavy horses", de 1978, pero sin duda que otros buenos candidatos son el clásico "Aqualung", de 1971, "A passion play" ,de 1973, Minstrel in the gallery", de 1975 y "Songs from the wood", de 1977) habría que pensar que el regreso de Jethro Tull jamás terminó de desenvolverse y toda esta etapa digamos tardía  permanece por debajo del estandar setentero. ¿Alguna hipótesis para explicarlo? Quizá no es tan dificil pensar algunas: Tull pasó buena parte de los setentas en su propio ámbito, nunca inmersos del todo en el rock progresivo (incluso la creación de álbumes conceptuales -esos en los que Tull de todas formas abundaría- fue ironizada en la obra maestra de la banda, "Thick as a brick") ni, mucho menos, en estéticas más retro o, ni que hablar, punk; en ese sentido, Tull vivió en un universo felizmente paralelo, y cuando corrió el reboot del postpunk y el new-wave la banda hizo el equivalente musical de enterrar la cabeza en el suelo y profundizar en sus facetas más folk (con los excelentes "Songs from the wood", "Heavy horses" y "Stormwatch", de 1979, una suerte de joya escondida que nunca sabré por qué no es más apreciada; el tema medieval-folk-pagano-celta-druídico, por llamarlo de alguna manera, retornaría tanto ansiosa como parcialmente en "The broadsword and the beast", de 1982). Fue justamente después, a partir de "A" (1980, un disco mucho más atendible de lo que pareciera a primera vista), cuando los oídos de Jethro Tull se fijan en el presente y se proponen actualizarse. Ese, acaso, fue su error: a partir de ahí la banda jamás encontraría el equilibrio. Otra razón, por supuesto, es la desintegración de la formación clásica setentera, de la que para 1980 quedaban solamente Ian Anderson y Martin Barre. En esa línea de pensamiento, la etapa tardía de Jethro Tull puede describirse como el último ciclo de Martin Barre: un auge en los discos más hard rock de fines de los 80s y principios de los 90s y una retirada gradual hasta la desvinculación que deja solo a Ian Anderson, quien decide finalmente disolver la banda y mirarla desde la distancia más segura -y que todavía se reserva sorpresas como el excelente "Homo erraticus", de 2014- de su carrera solista.
Entonces, el decimosexto álbum de Jethro Tull es el que ofrece el momento de mayor energía concentrada en ese retorno en definitiva (y a mediano plazo) fallido (a la vez que el que lo siguió, "Rock island", de 1989, pasa por el que concentró más eficazmente esa estética hardrockera, bluesera y centrada en la guitarra que dominaría a Jethro Tull hasta buena parte de "Roots to branches", de 1995, para ser remplazada, en ese mismo disco, por una suerte de apelación a la world music); acaso no sea necesariamente el mejor, pero la inclusión de la excelente "Budapest" sin duda hace más fácil pensarlo de esa manera: se trata, probablemente, de la última verdadera gran composición de Jethro Tull y una evidente suma de lo ofrecido en la década de 1970. Si el disco sonara mejor -es decir si su sonido no fuera tan frágil y tenue, si Ian Anderson no hubiese perdido buena parte del cuerpo de su voz y si hubiesen detenido a tiempo el procedimiento que terminó por hacerlos sonar como otros tantos imitadores de Dire Straits (¿y quién querría, en nombre de Crom, imitar a Dire Straits?)- sería una obra maestra indudable; en las condiciones dadas se convierte en una excelente pieza menor para el contexto donde brillan "Heavy horses", "Thick as a brick", "Cold wind of Valhalla" y "My god").
El arranque del disco, con "Steel monkey" y su aparejamiento de sintetizadores secuenciados, percusión programada y guitarras al frente, es sin duda promisorio, y ese subrayado del lado hard rock de la banda (no voy a meterme en la gastada e innecesaria anécdota de los grammys ni siquiera para recordar que "the flute is a heavy, metal instrument" es un chiste de primera línea) encontraría su mejor expresión en "Raising steam", que cerraba el lado B del vinilo original. La edición en CD, por cierto, incluye dos piezas más que las del álbum original, una declarada como bonus track (la interesante "Part of the machine") y otra injertada en la mitad exacta del disco, acaso como si se quisiera cerrar el hueco representado por la necesidad orginal de dar vuelta el disco; así, "Dogs in the midwinter" funciona especialmente bien -sin estar entre lo mejor de lo ofrecido- como cierre de una primera mitad del álbum, en tanto retoma la programación y secuencias de "Steel Monkey". El centro del lado B, "The waking edge" propone texturas de guitarras acústicas y una pieza atendible, del mismo modo que "Farm on the freeway", segunda del lado A, alcanza el nivel de lo mejor del álbum. El resto (la vaga(o irónica)mente country "She said she was a dancer" y "Mountain men" (que abría el lado A) se benefician de lo que mejor tenía la banda para ofrecer entonces y se perjudica de lo peor del álbum: su sonido y sus momentos Dire Straits (muchos de ellos sin duda necesarios a la hora de que Ian Anderson pudiera cantar satisfactoriamente), que se traducen aquí y allá en melodías de escaso interés y que en el mejor de los casos parecen llevar la banda a una suerte de densidad emocional que suena a desencanto pretendidamente maduro y que acaso lo sea.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo. Es "Farm on the freeway", "Mountain men" y "Broadsword and the Beast". :)

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