lunes, 22 de mayo de 2017

"Appetite for destruction", Guns n'Roses, 1987, Geffen

La versión más repetida de la historia señala que fueron Nirvana y el grunge los responsables de asesinar al glam metal que sirvió de paradigma ochentero para el hard rock, pero la verdad está más cerca de aquello que dijo David Bowie cuando le preguntaron si había sido él quien mató a la década de 1960 y respondió que su función había sido, meramente, "ayudar a disponer de los cadáveres" -en tanto los sesentas "ya estaban muertos"; si para 1991, entonces, el glam metal ya se adentraba en la afterlife, cabe pensar que el golpe definitivo se lo había asestado el mejor álbum de hard rock de la década de 1980 y primero de Guns n'roses. Y eso ocurrió no sólo porque todo lo que habían hecho aquellas bandas lo hacía mejor la que tenía al frente a Axl Rose sino porque sin exactamente despegarse del idioma específico post vanhaleniano del hard rock, Guns n'Roses propuso desde su primer disco un sonido que volvía a abrevar no sólo en Led Zeppelin -es decir el punto álgido del género- sino en lo mejor de sus epígonos, particularmente en AC/DC, y de paso en lo mejor de sus precursores, especificamente la apertura genérica -y esto se vería más claramente con los dos volúmenes de "Use your illusion", de 1991- generosa y de contornos difusos de The Rolling Stones y su evidente apuesta por esa cosa no siempre precisable que ha sido dada en llamar "actitud", junto a, por cierto, la cuidada conexión entre las dos guitarras de la banda (para traer a colación algo más digamos "musical"). Semejante combo, es decir, requería solamente músicos competentes y un par de personalidades carismáticas para funcionar, y vaya si funcionó: "Appetite for destruction" no sólo es el mejor album de hard rock de los 80s (recordemos que "Back in black" salió en 1980 y, por tanto, se trata de lo último que surgió de la década de 1970, que terminaba naturalmente ese año) sino un ejemplo de libro de texto de disco perfectamente consistente, de principio a fin y, por tanto, uno de los mejores álbumes de la historia del rock (además de otro gran debut, por supuesto).
Acaso el único lugar en que hay algo parecido a un declive ligerísmo sea entre "You're crazy" y "Anything goes", pero esto equivale estrictamente a ponerse delicado, ya que el sonido frenético de la primera y el estribillo de la segunda (además de su introducción y su primera estrofa) son sin duda deliciosos; sucede, en todo caso, que todas las demás canciones están hechas de la madera de los clásicos y dificilmente pueda pensárselas como algo distinto a obras maestras del hard rock; en todas ellas -y esto estaba clarísimo desde la apertura con "Welcome to the jungle"- la banda parte del glam metal (esa cosa ágil y en última instancia ligera, fiestera y divertida pero tan frágil como un insecto palo comparado con el rinoceronte que cabe hacer equivalente a, digamos, el Zeppelin de "When the levee breaks" o a todo lo que grabó Sabbath en "Master of reality") y lo estira hasta un lugar más oscuro en el que se juega (o no se juega del todo y quizá se deja ver un poquito debajo de la máscara) con aquello que dejaba entrever la voz de Bon Scott: el lado no tan gracioso ni fiestero del sexo, el alcohol, la misoginia, el machismo y la paranoia urbana. Y acaso el gran logro de GnR es que esa sensación vagamente amenazante no dependa únicamente de las letras sino también del sonido: el de la guitarra overdrive y nebulosa de Slash cuando toca rítmica, el de la precisión de Izzy Stradlin cuando cumple esa misma función, y, por supuesto, las tres o cuatro voces de Axl y su parafernalia de jadeos y gemidos más siniestros y creepy que sexis.
Todo eso, de hecho, está reunido en el magistral cierre del disco, con "Rocket Queen" y sus tres secciones diferenciadas, del mismo modo que el manifiesto estilístico completo de la banda está en la seguidilla de "It's so easy", "Nightrain", la más frenética "Out ta get me" y ese punto álgido de esa faceta rockera del álbum representado por "Mr. Brownstone", con su reconstrucción hardrockera del ritmo clásico (y clave) de Bo Diddley. "Paradise city", a continuación, oficia de parteaguas con una segunda sección del álbum, que se permite un tono ligeramente más introspectivo aquí y allá, y más luminoso en otras canciones, como en la primera sección de "Paradise city" (que luego retorna al modo frenético con la sección final a doble tiempo). Por supuesto que el punto más alto de esa sección (que hubiese equivalido a un lado B del álbum si su longitud -pensada para el CD, que fue su formato original- no excediera los 40 y pico de minutos que hace a un vinilo con buen volumen de pistas) es "Sweet child o' Mine", sin duda una de las tres o cuatro mejores composiciones de la banda. Pero también aparece aquí "My michelle", cuya letra retorna a ese mundo oscuro urbano, y "Think about you", que suena a una versión un poco más autoconsciente y por tanto más intrincada de las canciones de la primera mitad del álbum.

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