jueves, 4 de mayo de 2017

"Damnation", Opeth, 2003, Koch

El séptimo álbum de estudio de Opeth, tercero producido por Steven wilson (segundo si pensamos en el par "Deliverance"/"Damnation" como una unidad), sin duda parece un punto de quiebre en la carrera de la banda; poco y nada del death metal típico de sus primeros trabajos aparece en él, salvo, por supuesto, que se preste más atención y se tengan en cuenta ciertas disonancias y sonoridades (que, de hecho, parecen remedar o emular el black metal desde un lugar musical en principio completamente distinto: acaso reconstruirlo sin doble bombo, distorsión y voces guturales): entonces, y especialmente puesto en relación con ese proyecto de álbum doble lamentablemente anulado por los esquemas de la discográfica en cuestión, "Damnation" aparece como el complemento necesario -la contrapartida, si se quiere, el otro extremo del espectro- a la potencia metalera de "Deliverance" (y, ya puestos, de toda la discografía anterior): la analogía con la portada en blanco y negro de alto contraste, entonces, parece inevitable.
Se puede escuchar, en cualquier caso, como un disco de rock progresivo, y el mellotron tocado por Steven Wilson instala al disco en la estela de "In the court of the crimson king" (1969), el trabajo seminal de Fripp y compañía, pero más que a su lado poderoso y al borde del caos (la primera y la última de sus composiciones), "Damnation" recuerda la melancolía oscura y las texturas de "Epitaph".
Sin duda que su sonido lo vuelve atractivo para quienes no frecuenten el black metal, pero sería un error pensar que se trata de una apuesta "pop" por parte de la banda (pop en el sentido de enfocado a una audiencia más amplia, pop en el sentido de menos dificil o desafiante); por el contrario, es uno de los discos más bellos, melancólicos y oscuros grabados en lo que va del siglo XXI, secuenciado a la perfección (por momentos sus ocho canciones parecen momentos de una única pieza única y ambiciosa), producido a las mil maravillas por Wilson (a estas alturas hay que hacerle el proverbial monumento) y con un sonido hermoso en sí mismo (los tracks aparecen algo comprimidos si se examina su forma de onda, pero al comparar el CD con el vinilo o, como yo, un vinyl rip, ligeramente menos loud y un poco más dinámico, las diferencias no se perciben como importantes), frío, cristalino y preciso -y en muy pocos lugares sonó mejor el mellotron, en términos de sonido y grabación.
Es dificil distinguir momentos más logrados o más fascinantes; quizá corresponda a "To rid the disease" el lugar de lo comparativamente menor, pero su ubicación entre "Hope leaves", con su precioso ambiente del comienzo, el solo gilmouriano de guitarra pasado el primer cuarto y las armonías vocales hacia la segunda mitad (3:17-3:29, que dan paso a un bellísimo pasaje a cargo de un mellotron de sonido fantasmal) y el instrumental "Ending credits", la pieza más breve del disco y llamativa por su fade-in y su textura de guitarra acústica, mellotron y solo cuasifloydiano de guitarra, contribuyen a entenderlo como un momento necesario, una fase o ligera atenuación de la densidad de lo ofrecido.
Lo mejor, acaso, esté en las cuatro primeras piezas, en particular la asombrosa "Closure", con el ambiente de su comienzo y las armonías vocales sobre la guitarra acústica, además de uno de los dos o tres pasajes con guitarras distorsionadas del álbum completo oficiando de fondo o "colchon" a la manera de teclados. O la desoladora "Death whispered a llulaby" y la manera sutilísima en la que vira desde la melancolía hasta un lugar más siniestro en el cuasiestribillo "oh sleep my child", además de su final ligeramente noise (otro de los momentos en que suenan guitarras cargadas de distorsión).
Quizá, si hubiera que elegir una pieza que ofreciese todo lo que ofrece el álbum, habría que pensar en "In my time of need", con su estrillo estremecedor y su uso del mellotron; a la vez, también queda claro desde el comienzo -"Windowpane"- (aunque es un poco más disonante que casi todo el resto del disco) cuál es la textura buscada y que, de paso, nunca había sonado tan bien la hermosa voz de Mikael Åkerfeldt.
Los discos que siguieron profundizaron en la faceta más progresiva y notoriamente pusieron en movimiento todo lo aprendido en "Damnation" y su contrapartida "Deliverance", pero ninguno ofreció una propuesta tan precisa y coherente como la del séptimo álbum. Podrá argumentarse que no es el mejor de sus creadores, pero acaso por eso mismo reclama un lugar específico, al que nunca se volvió plenamente y que, además, lo unica entre lo mejor del progresivo y el metal de las últimas dos décadas.

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