jueves, 18 de mayo de 2017

"Scary monsters... and super creeps", David Bowie, 1980, RCA


A partir de 1980, precisamente cuando la carrera de David Bowie encontró su primera caída verdadera, cada nuevo álbum fue promocionado como "el mejor desde Scary Monsters"; dicho de "Black tie white noise" (1993) tenía sentido, y también lo tendría de "1.outside" (1995), aunque quizá no tanto de "Earthling" (1997) y "Hours..." (1999), básicamente porque el ya mencionado "1.outside" era mejor; después las cosas parecieron componerse con "Heathen" (2002), también otro firme candidato al "mejor desde Scary Monsters" pero hubo que esperar hasta el primer álbum de la etapa tardía ("The Next day", 2013) para que el nivel del de 1980 pareciera realmente reconquistado. Esto no tendría importancia si no fuera porque a la hora de grabar "Scary monsters... and super creeps" Bowie estaba dispusto a sacudirse todo lo que se le había pegado a la piel durante los setentas, la década en la que reinó indiscutiblemente, y así convertir a su álbum en tanto una puerta hacia el futuro como en un compendio y reelaboración del pasado. El arte de tapa, de hecho, incluye pequeñas referencias a los discos de la llamada "trilogía de Berlín", por ejemplo.
La intención, según cuenta Tony Visconti y cita Nicolas Pegg en su imprescindible "The complete David Bowie", fue además lograr un disco que tuviera el nivel artístico de "Low" y "Heroes" (1977) pero alcanzara también cierto atractivo comercial. No era una tarea fácil, y en rigor esa salida a las grandes ligas en cuanto a ventas Bowie la tocaría recién con "Let's dance" (1983), pero si algo puede decirse de este disco es que todas sus apuestas son seguras y por tanto su riesgo es mínimo: "Scary monsters" pudo buscarse como un trabajo (al menos comparativamente) más comercial, pero está lleno de momentos que tensan la sensibilidad pop y la hacen vibrar en tonos tan fascinantes como los instrumentales de "Low".
Parte de la responsabilidad está en el trabajo en las guitarras, en particular la inclusión de Robert Fripp, que descarga olas y más olas de fraseos atonales y a veces totalmente peleados con el ritmo base. Se cuenta que Bowie le dio direcciones específicas para cada canción, pero, en general, está claro que el sonido es idiosincrático y distintivo del guitarrista y lider de King Crimson, especialmente en las piezas más rockeras, como la primera parte de "It's no game", por ejemplo.
Otra buena porción del sonido de "Scary monsters" está en los sintetizadores, que de alguna manera parecen muy claramente apropiarse del trabajo junto a Eno en los discos anteriores y ofrecerlo en un contexto pop, el mismo en el que operaban las bandas new wave y new romantic; en cierto modo, es el primer disco de Bowie que se incorpora a una tendencia que él mismo originó pero que otros exploraron: como si esa pretensión de reunir y amasar los setentas operase también desde el trabajo de otros músicos, inspirados por la era glam, por la era funk, por la era electrónica y ambient.
El mejor ejemplo de esto último es sin duda "Ashes to ashes", acaso la mejor canción del álbum, con sus capas de sintetizador de guitarra (un Roland GR500 a cargo de Chuck Hammer), su bajo slap, sus juegos de métrica, su ritmo ska (que aparentemente le costó horrores al gran Dennis Davis) y, por supuesto, su referencia al mayor Tom, que se alinea claramente con el propósito declarado por Bowie de "reacomodar" su pasado.
En realidad todo el lado A es brillante por donde se lo mire: compacto, sólido y deslumbrante. Está hecho básicamente de hits: con la excepción de "It's no game" y "Up the hill backwards" (que aparece en apenas uno, "The best of David Bowie 1980-1987", de 2007) todas sus canciones son retomadas por compilado tras compilado. Así, "Scary monsters", "Ashes to ashes" y "Fashion" son, posiblemente, la seguidilla de canciones más brillante en cualquier disco de Bowie: ninguna parece bajar del un nivel altísimo y, a la vez, todas ofrecen algo diferente: más oscura y neurótica la primera -como si retomara lo más terrible de "The idiot" y "Low" y fuera más allá, infligiendo a la voz de Bowie un ring modulator-, más irónica y camp la última (con algunas de las mejores guitarras del disco), y "Ashes to ashes" en el medio a modo de verdadero corazón del álbum.
Sin embargo, el lado B, de alguna manera menos exitoso o popular, ofrece maravillas no menores. Para empezar está "Teenage wildlife", la más ambiciosa del disco en sus múltiples secciones; y antes de que el álbum cierre con una variante de "It's no game" (la misma letra pero una performance vocal e instrumental más aplacada, como si canción tras canción el emisor del disco perdiera la furia pero retuviera las percepciones) se suceden la intrincada "Scream like a baby" (que retoma las voces de tonalidad alterada artificialmente que Bowie usara en "All the madmen", de "The man who sold the world", 1970), el cover de Tom Verlaine "Kingdom come", que ofrece el momento más directo del álbum, y "Because you're young", tensa y amenazante. Es posiblemente "Scream like a baby" -un panorama asombroso de texturas, con el paroxismo de la sección en varispeed hacia 2:40 y ese momento delicioso en que la voz se finge incapaz de pronunciar la palabra "society"- la mejor de estas tres, pero hay cierta continuidad sonora en el corazón del lado B que lo vuelve acaso más consistente y sólido que su predecesor (que gana más bien en términos de canciones individuales).
No es dificil pensar que el decimocuarto álbum de Bowie es tan firme candidato a su obra maestra como "Low", "Station to station" (1976) o "Blackstar" (2016), ni que "Ashes to ashes" -esa asombrosa reapropiación de la historia personal tratada como un mito y hecha estallar- sea su mejor canción. Pero, más allá de estos rankings inevitables y personalísimos, "Scary monsters... and super creeps" es uno de esos lugares de gran belleza a los que se sigue volviendo para encontrar que las plantas han crecido, que hay flores donde no las había, que los ríos han cambiado de curso y que, sin embargo, todo lo que lo hacía ESE paisaje en particular sigue allí. En ese sentido, pocos discos están tan vivos como éste.
Una nota más: la portada del álbum famosamente muestra a Bowie disfrazado de Pierrot, del mismo modo que el video de "Ashes to ashes"; cuatro años atrás, durante la gira de "Station to station", Bowie señalaría que su representación del Delgado Duque Blanco implicaba traer a escena a Pierrot, que expresaba "la gran tristeza de los setentas". La frase es fascinante, y la tristeza en cuestión -que puede escucharse en las secciones finales de "Shine on you crazy diamond", de Pink Floyd, por ejemplo- se concentraría en el nucleo más inquietante de los ochentas, en su oscuridad, acaso el verdadero sustrato de "Let's dance". "Esos años más oscuros, que no tuvieron sonido", cantaría Bowie mucho después, en "Fall dog bombs the moon", de "Reality" (2003).

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