viernes, 27 de enero de 2017

"Adore", The Smashing Pumpkins, 1998, Virgin

Quizá los noventas ya habían muerto cuando The Smashing Pumpkins lanzó "Adore", y de ser así pocos álbumes podrían servir tan perfectamente de marcha fúnebre (o pavana para una década difunta) para una época. Por supuesto que cierta oscuridad, desesperanza y melancolía habían sido esenciales a la obra anterior de la banda, pero en el disco de 1998 todo eso quedó puesto en primer plano de una manera tan espléndida que es dificil escuchar el disco sin que se escape alguna lágrima. Y si alguien lo duda, ahí esta "Blank page", la última canción y sin duda el momento más bello y desolador del álbum.
Desde un punto de vista estrictamente biográfico, el álbum ha de ser vinculado a la crisis en la banda (había sido expulsado el baterísta Jimmy Chamberlin y había muerto el tecladista de la gira de "Mellon Collie and the infinite sadness", Jonathan Melvoin, en circunstancias un poco misteriosas) y a la muerte por cáncer de la madre de Corgan, a quien le sería dedicada la penúltima canción, "For martha", otra de las de gran belleza en el álbum (el piano que la inaugura es demoledor).
Peor quizá lo más notorio de "Adore" es el cambio desde el sonido más rockero de los discos anteriores de la banda (aunque una paleta sonora amplísima ya se notaba en "Mellon Collie...") hacia una propuesta basada más en teclados que en guitarras overdrive y complementada por elementos de electrónica. La pieza emblemática de este giro es, por supuesto, "Ava Adore", el primer sencillo del álbum y quizá la canción más suntuosa, elegante y decadente de la banda. Hay algo de "sonido del momento" en esta propuesta, y es fácil pensar en lo que por ese entonces ofrecía Depeche Mode (entre "Ultra", de 1997, y "Exciter", de 2001) o quería hacer U2, al menos en cuanto a texturas (en "Pop", de 1997), por no mencionar "Earthling" (1997), de David Bowie. Antecedentes de esta estética aparecen sin duda en "Eye" y "The end is the beginning is the end", incorporados por la banda a dos soundtracks (para "Lost highway" y "Batman forever" respectivamente, y sin duda el último significó lo mejor de la película, por lejos) y cargados de programación y una sensibilidad más gótica; a la vez, hay algo marcadamente "menos ambicioso" en Adore, al menos si lo comparamos con la arquitectura majestuosa de su predecesor inmediato; no por ello es un disco menos rico o variado, por supuesto, pero es fácil ver por qué algunos fans quedaron algo desorientados.
Hay momentos de un pop límpido ("Perfect") y algunas modulaciones apenas más oscuras de esa propuesta ("Appels + Oranjes"), así como hay también synthpop siniestro salido de un mal día de Gary Numan ("Pug") y baladas acústicas tocadas por una pincelada de electrónica ("The tale of Dusty and Pistol Pete"), pero es sin duda en los momentos más oscuros y desoladores donde este disco encuentra sus momentos más hermosos: "Annie Dog", "Shame" -acaso una de las más vinculables al álbum anterior- la monumental "Tear" y "Crestfallen".
Otro momento que recuerda a "Mellon Collie" es sin duda "Behold! The nightmare", quizá el más cinemático de los tracks de "Adore", con su paisaje sonoro de sintetizadores y efectos de reverb y faseo espiralando en torno a un Billy Corgan que canta con una dulzura casi sin precedentes en su discografía.
Es posible también que -aparte de "Ava Adore"- la canción que más se beneficie de la programación es "Daphne Descends", que logra sonar como la inminencia de algo terrible -un derrumbe, una explosión- que jamás acontece.
Atrás habían quedado los días en que guardaba un sentido especial cantar el estribillo de "Disarm" (de "Siamese Dream", de 1993) o dejarse saturar por la majestuosidad de "Mellon Collie and the infinite sadness"; en "Adore" The Smashing Pumpkins parecieron replegarse y refugiarse en una madriguera en la parte más desolada del bosque, como si después de los momentos más altos de la década que se terminaba solo fuese posible esconderse para pasar el invierno de lo que vendría.

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