sábado, 21 de enero de 2017

"In utero", Nirvana, 1993, DGC

Acaso para la banda que había grabado "Bleach" (1989) un sonido como el de "Nevermind" (1991), con sus voces lennonianas en double-track, su sonido altamente comprimido y brillante y su esplendor pop, fuera simplemente demasiado. Se había pasado por ahí, había funcionado, pero ya era hora de enmendar las cosas. Entonces se contrata a Steve Albini, de quien Kurt Cobain luego diría que fue elegido en tanto había producido dos de los álbumes favoritos de la banda ("Surfer rosa" de Pixies y "Pod" de The Breeders), para que lleve el sonido a una crudeza que pudiera parecer quizá "auténtica" en el contexto ético y musical de la banda. Y vaya que lo hizo, pero a partir de ahí la historia se complica: se habló de buscar otros productores y de seguir trabajando a un disco que, sencillamente, se había ido al carajo. Finalmente algunas canciones (cabría pensar que las mejores: "Heart-shaped box", "All apologies" y "Pennyroyal tea") fueron remezcladas (con Scott Litt, que había trabajado con R.E.M.), y el resto del album se dejó más o menos incambiado, salvo por un remasterizado que beneficiaba al bajo y por una notoria subida de volumen de las voces. Según Albini, sin embargo, nada que sonora como lo que él había producido.
En 1995 yo escuchaba "In utero" casi todos los días, pero con el tiempo el tercer y último álbum de estudio de Nirvana se me ha vuelto más dificil. Es, sin duda, un disco desolador, más depresivo que triste, y su paisaje sonoro no sólo se vuelve incómodo sino que es fácil terminar por creer que hay algo perjudicial en la exposición. Eso, por supuesto, no significa que no contenga algunas de las mejores canciones de la banda ni, mucho menos, que sus doce composiciones no sean un gran logro musical (y termina por ser, en mi opinión, el mejor disco de Nirvana).
Abunda el caos aparente, el ruido y a veces hay que abrirse camino entre mastodontes de overdrive en estampida, pero allí están "Serve the servants" y "Heart shaped box" para poner en contexto las cosas. Cortarse con un cabello de ángel, tratar de tener un padre, comerse un cáncer: las letras y el sonido parecen coincidir como en pocos álbumes de su época.
Por mucho tiempo mi favorita fue "Frances farmer will have her revenge on Seattle", densa, siniestra y oscura, acaso entre las mejores muestras de la dinámica "estoy enterrado en el pozo más profundo" para las estrofas y "no tengo boca pero quiero gritar, así que grito igual con cada célula de mi piel aunque todo estalle y no quede nada" (por parafrasear un poco al gran cuento de Harlan Ellison), que, es sabido, Nirvana aprendería de Pixies e injertaría en el corazón de la década de 1990.
Del lado más noise están "Milk it" y "Radio friendly unit shifter", que colaboran en arrasar el espacio sonoro del disco para que luego aparezca "All apologies" y creamos haber tocado, como dirían Philip K. Dick y los gnósticos, la tristeza básica a toda existencia.
Es interesante escuchar la edición de dos discos lanzada en 2013, que recupera los mixes de Albini y rescata "I hate myself and I want to die", que Cobain descartara por considerarla acaso redundante con un álbum que ya decía claramente lo que se proponía decir. En el disco bonus de esta edición aparece un nuevo mix por Albini y algunos demos; vale la pena, pero en rigor no añade gran cosa a lo que ya sabíamos de esta obra maestra. Eso sí: handle with care.

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