lunes, 23 de enero de 2017

"Goldberg Variations", J.S.Bach, Fretwork (arreglo de Richard Boothby), 2011, harmonia mundi


Sin duda no faltarán los puristas que desestimen a priori una versión para cuarteto de violas da gamba de "Aria con 30 variaciones" (más conocida como "Las variaciones Goldberg"), pero hay al menos dos (o tres) argumentos interesantes para proponer a modo de defensa del arreglo de Richard Boothby para su grupo Fretwork.
El primero es que buena parte de los admiradores de las 30 variaciones de Bach tienden a estimar especialmente (y no sin razón) las versiones que grabara Glenn Gould en 1955 y 1981, pero dado que las Goldberg están escritas para clave con dos teclados (y a que esto es fundamental en la mayoría de las variaciones), toda interpretación en piano es, en sí, un arreglo. De manera que, si nos vamos a poner realmente puristas (y yo soy lo suficientemente purista como para vomitar violentamente cuando escucho una versión "jazzera" de las Goldberg) deberíamos descartar precisamente la mejor -o al menos una de las mejores, o una de las más influyentes- interpretación de la obra.
También cabe señalar que hay algo intrínsecamente interesante en llevar a las 30 variaciones al sonido austero y amargo de la viola da gamba, un instrumento que ya estaba en retirada para la época de J.S. Bach; es sabido que el compositor alemán tenía un impulso digamos "retro" (en su estudio de los maestros de la polifonía renacentista, por ejemplo), por lo que retroceder del clave (prácticamente "state of the art" en 1741, fecha de publicación de las Goldberg) a la viola da gamba no prescinde de cierto significado agregado y de interés.
Además, el arreglo de Boothby logra desentrañar o clarificar la polifonía en las variaciones (o potenciarla, incluso, en aquellas que no son especialmente polifónicas) y de alguna manera volver más accesibles algunos detalles de la composición. Es, quizá, una obra diferente si la escuchamos en cuatro violas da gamba (o en un trío de cuerdas, si vamos al caso) que si optamos por el clave, pero justamente ahí radica el interés: en la renovación de una pieza tan esencial al repertorio barroco y clásico.
Quizá no es el Aria el mejor momento de la versión de Fretwork, pero es simplemente sobrecogedora -y en lo personal la manera en que suena esta variación es una marca del logro general de la versión- la variación 25. Hay que destacar también todas las variaciones canónicas (las designadas por múltiplos de tres) y la bellísima overtura (variación 16) que señala el comienzo de la segunda parte de la obra, así como también el amable "quodlibet" de la variación 30.
La leyenda es ineludible: Bach compuso las Goldberg para entretener a un noble insomne (o, acaso, para facilitarle conciliar el sueño) y un tecladista virtuoso de 14 años se encargaría de aportar el nombre con el que pasaría a ser conocida la obra. Sea o no "verdad" todo esto (lo cuenta Forkel, el primer biógrafo de Bach) lo que no deja de maravillarme es la unión de música e insomnio, pero especialmente porque esa música aparece como un ejercicio de variaciones, o sea una exploración entre lo mismo (por algo son "variaciones" y no piezas diferenciadas y autónomas) y lo otro (porque son lo suficientemente diferentes como para distinguirlas). Joyce, en Finnegans Wake, hablaría de un "lector ideal sufriendo de un insomnio ideal", y acaso sea un insomne -más allá de la leyenda o la anécdota específica- quien esté mejor preparado para volcar su atención a algo que cambia poco o apenas cambia, como si estuviéramos ante una versión barroca de la anécdota de Brian Eno forzado a escuchar música a un volumen tan bajo que los sonidos que salían del tocadiscos se confundían con el ruido de la calle y la brisa. En cualquier caso, las Goldberg son variaciones especiales, acaso más "otras" que "mismas"; el tema a variar, de hecho, no es la melodía del aria, como cabría esperar (y como sucede con otros tantos ciclos de variaciones), sino las notas en el bajo de esta, que pasan a un primer plano, con algunas ornamentaciones, ya en la primera variación (que por cierto contrasta espectacularmente en su energía y dinamismo con la melancolía del aria). Es música del intelecto, qué duda cabe, y en su máxima expresión, pero por eso mismo se abre a una infinidad de respuestas emocionales posibles, como si cada escucha reaccionara a ellas de la manera en que se "ve" en una mancha de humedad, algo así como una pareidolia emocional.
Hay también una exploración posible de patrones matemáticos y formas recurrentes; así, de 30 variaciones podemos pasar no sólo a dos grupos de quince marcadamente separados o a una división según las danzas reproducidas (alguien dijo que las Goldberg podrían llamarse también "el arte de la danza", debido a la matriz genérica de tantas de ellas), sino que las 30 se pueden ordenar también en 10 grupos de tres, cada uno de ellos culminado por un canon. El primero de estos cánones presenta sus voces al unísono -es decir que no hay trasposición armónica alguna y la pieza es, básicamente, la misma melodía sonando dos veces con delay, atendiendo, por supuesto, a todas las normas entonces vigentes de armonía y contrapunto- el segundo pasa a separar las voces por un intervalo de segunda, el tercero de tercera, y así sucesivamente.
En general la tonalidad de las variaciones es sol mayor, pero hay tres -nótese la reiteración del número en distintas zonas de la estructura- en sol menor. La primera de ellas es un canon a la quinta (de hecho un canon en "movimiento contrario", en el que la voz imitativa va "al revés" que la original) que, básicamente, suena como una máquina que va apagándose (para mayor contraste con la supernova festiva de la variación que sigue, la 16), marcando de paso el final de la primera mitad de la obra. La segunda es la 21, canon a la séptima y otro de los momentos más tristes de la obra, que incluye uno de los llamados "lamentos" del barroco, consistentes en un descenso cromático de notas en el bajo, usado tradicionalmente para connotar tragedia. Por último, la tercera variación en sol menor es la 25, para muchos el punto más alto de las Goldberg, y el más oscuro. Es curioso, además, por su uso de cromatismos y su estilo de melodía con acompañamiento similar al de las obras, ya clásicas, de los hijos de Bach.
Se puede escribir interminablemente sobre las Goldberg, porque son en verdad un universo en sí mismas. Hay variaciones que retoman temas parecidos por encima de la lógica de variar las notas del bajo del aria, y queda siempre habilitada la sospecha de "variaciones dentro de las variaciones", como si operara una suerte de lógica fractal. El examen, por tanto, se vuelve obsesivo, ideal para insomnes.

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