domingo, 22 de enero de 2017

"Trans-Europe Express", Kraftwerk, 1977, Kling Klang

En cierto sentido el álbum más importante o influyente de Kraftwerk es "Autobahn" (1974), que construía un paisaje sonoro cinemático y brillante bajo la premisa de un viaje por carretera; sin llegar a cristalizar en una digamos "mera" mímesis la banda propuso una estilización del movimiento y la deriva de los escenarios (la carretera abierta, el tunel, el tráfico, etc) que significa, qué duda cabe, un logro artístico que trasciende, y por mucho, la simple consideración sobre armonias e intervalos. Pero su siguiente trabajo, "Radio-Activity" (1975, "Radio-Aktivität" para quien prefiera los títulos en alemán) pareció delatar una orientación diferente. Esa línea los condujo a sus álbumes acaso más logrados, "Trans-Europe Express" (1977, "Trans Europa Express") y "The Man Machine" (1978, "Die Mensch-Maschine"), donde quedó establecido el sonido con el que la banda pasaría a ser identificada de ahí en más. Quizá sus discos posteriores (e incluso la relación entre el de 78 y el de 77) pueden pensarse como una depuración o incluso simplificación del poder evocativo del sonido; pero lo que en 1977 era sorprendente pronto sonaría rezagado y el trabajo de Kraftwerk sería incorporado a la lógica de un género, el de la música electrónica, y, por, tanto asimilado.
Nada de esto último sucede con "Trans-Europe Express", por cierto, que mantiene todavía hoy su extrañeza.
El lado B del LP ofrece una composición extensa dividida en tres (o cuatro, dependiendo de qué versión escuchemos) pistas o secciones. La primera es la que da nombre al disco y opera como una versión potenciada de lo ofrecido por "Autobahn", con la carretera permutada en vias del tren, incorporando efectos de faseo, doppler y la sensación de estar ante el movimiento de una máquina o autómata inmenso. Las otras evolucionan desde una exposición maquinística e industrial completamente inmisericorde o incluso siniestra ("Metal on metal") hasta la exposición de un sustrato romántico y luminoso ("Franz Schubert"), como si de alguna manera el haz de luz del tren hubiese atravesado el prisma proverbial para delatar sus componentes.
La cara A, por su parte, incluye dos composiciones más cercanas al formato canción, aunque el peso de sus reiteraciones y su marcadísima estética robótica parecen volverse más bien un comentario sobre ese formato que una composición que le resulte abiertamente incorporable. Las melodías se mantienen claras y definidas y los ritmos imposibles de perderse (es música para bailar, después de todo), pero estas composiciones se parecen tanto al pop como un replicante a un humano. Y esto de alguna manera parece asomar tambíen en las letras, donde encontramos la noción de representación (los maniquíes en "Showroom dummies", el reflejo en "The hall of mirrors") y la suplantación o equiparación de lo representado por la representación.
Pero hay un arco más amplio que abarca el álbum completo, y es el de la canción "Europe Endless", primera del lado A y retomada al final del lado B como "Endless Endless", una construcción de una Europa ideal ("elegance and decadence") o cuasi mítica en la que, a tono con las otras canciones del lado A, se problematiza la línea entre lo real y la representación ("real life and postcard views / Europe endless"), quizá como si eso se propusiera como el zeitgeist del final del siglo XX. El tren, por supuesto (que refiere a la red ferroviaria Trans Europ Express, que en 1974 llegó a conectar 130 ciudades) puede ser pensado como el camino interno a esa Europa anteriormente descrita, de modo que la exposición de ese territorio ideal o paisaje mental/estético/musical se hace mediante una tecnología específica (tema que asomaría notoriamente en "The man machine" y ya aparecía en "Autobahn").

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