domingo, 8 de enero de 2017

"Blackstar", David Bowie, 2016, ISO/RCA/Columbia/Sony


Theodore Adorno y Edward Said (el último a partir del primero) famosamente escribieron sobre el "estilo tardío" en la obra de ciertos artistas, Beethoven sin duda el caso paradigmático. Se trata, por supuesto, de una noción como mínimo problemática, pero es fácil usarla de manera que denote la obra de aquellos creadores que, en su vejez, produjeron (en lugar de ceder al conservadurismo o la autoparodia asociada generalmente a la reiteración en el tiempo de ciertas opciones estéticas o creativas) de manera más radical y desafiante. Una vez más: Beethoven, pero creo firmemente que no es aventurado postular un "estilo tardío" en la obra de David Bowie. Incluso su biografía facilita el proceso de apartar las últimas tres entradas en la discografía (los álbumes "The Next Day", de 2013, y "Blackstar", de 2016, más el single "Sue (or in a season of crime)", de 2014) en virtud de un retiro de casi diez años.
Estilísticamente, en todo caso, hay una conexión más evidente entre "Sue" y "Blackstar", aunque ciertas sutilezas (y barroquismos) de producción en "The next day" parecen empezar a mover al sonido hacia el paisaje mental y sonoro de los últimos trabajos. Ahí es esencial, entonces, la presencia de Donny McCaslin y su banda, reclutados por Maria Schneider, co-escritora de "Sue".
Tanto el lado A como el B de "Sue" (el tema que da nombre al single y su contraparte "'Tis a pity she was a whore") se reiteran en este panorama del estilo tardío de David Bowie, en tanto volvemos a encontrarlos en "Blackstar", reducidos (o mutados) a una expresión más directa y energética, a cargo ya no de la orquesta de Maria Schneider sino de la banda de McCaslin (McCaslin en saxo, Jason Lindner en teclados, Tim Lefebvre en bajo y Mark Guiliana en batería y percusión).
"Blackstar" es un álbum extremadamente homogéneo en cuanto a estética y a sonido, pero, a la manera de "Station to station", ofrece su momento más radical como apertura, de manera que el resto del disco se siente como una exploración más minuciosa o detallista del espacio abierto por esa introducción. Sin embargo, la sensación que aporta la escucha del disco completo es que sus otras seis canciones no agotan lo ofrecido en la primera, que se vuelve vastísima o incluso monstruosa.
"Blackstar" es, en todo caso, de una de las composiciones más complejas y oscuras de David Bowie (lo cual no es decir poco: recuérdense los instrumentales de "Heroes" y "Low", recuérdense "Quicksand", "Station to Station", "The Bewley Brothers" y "We are the dead"), y, asociada a su video, permite y demanda un tsunami de interpretación, a la vez que resiste cualquier lectura reductiva y aparece tan ilegible como lo fueron en su momento "Los cantos de Maldoror" o lo más denso de la obra de Lovecraft. El mix es similar al de "Station to station" en cuanto a la presencia de referencias esotéricas, pero en "Blackstar" hay también horror cósmico y weird además de intratextualidad con la propia obra de David Bowie (el astronauta muerto que vemos en el video, por ejemplo, podría ser interpretado como el mayor Tom de "Space Oddity", "Ashes to ashes" y el remix de PSB de "Hallo Spaceboy").
En cierto modo el álbum parece concebido para el vinilo: su cara A abre con "Blackstar" y termina con "Lazarus" (los videos de ambas canciones ofrecen al mismo protagonista, de manera que se establece una conexión conceptual, acaso también narrativa) y un lado B que descarta las pretensiones cósmicas en favor de un repertorio de canciones que explora un sonido asimilable a "The next day", sólo que ejecutado con la banda ensamblada para este disco. Aparece así la reversión de "Sue" y la siniestra "Girl loves me", cuya letra se ofrece en una mezcla de jerga gay londinense (polari) y el nadsat de "La naranja mecánica". La impresión de este lado B del álubm es de una intensidad deslumbrante, y acaso "Dollar Days", el penúltimo tema, represente un diorama del paisaje sonoro de la discografía complta de David Bowie, con su intro en guitarra acústica de 12 cuerdas (a la "Space Oddity") y sus progresivos cambios en los arreglos y la producción, que van pareciéndose poco a poco al resto de "Blackstar", a la vez que, desde la letra, se canta al final de una vida y a la gravitación del pasado (y el solo de saxo de McCaslin es uno de los momentos más bellos del disco).
"Blackstar" es un disco complejo, un acertijo envuelto en un enigma, por usar el lugar común. Es inevitable fijar la atención en el title-track, pero, por supuesto, hay mucho más para disfrutar e indagar. Más retorcido, más concentrado, más oscuro y siniestro que "The next day", "Blackstar" entra cómodamente entre los tres o cuatro mejores discos de Bowie, a la par de "Low" y "Scary monsters". El resto es ficción biográfica: Bowie se estaba muriendo y armó -con todos los pedazos de su obra e, increíblemente, con lo que persistía en el futuro- su mausoleo, su propio requiem. Y ahí está: en la marcha fúnebre de "Lazarus" y en la mano que cierra el armario en el video de esa canción.

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