miércoles, 4 de enero de 2017

"Mellon Collie and the Infinite Sadness", The Smashing Pumpkins, 1995, Virgin.

Si bien "Adore" (1998) podría ser pensado como la obra de madurez de The Smashing Pumpkins y "Machina/The machines of God" (2000) como la más barroca y extraña, acaso corresponda a "Mellon Collie and the Infinite Sadness" (1995) la calificación de obra maestra. Es, sin duda, la pieza más pretenciosa de una banda usualmente criticada por sus pretensiones desmedidas, pero lo cierto es que este disco doble cumple -al menos a mis oídos y mi sensibilidad- con todo lo que se propone. Que no es poco. Y hay más, elementos que hacen que podamos seguir redescubriendo "Mellon Collie..." incluso décadas pasado su (y nuestro) momento.
No hay otro disco que pueda reclamar el título de capilla sixtina de los 90s con la comodidad con la que cabe adjudicárselo a este álbum vagamente conceptual (está la idea de "día" y "noche", armada con los títulos de los discos: "Del amanecer al ocaso" el primero y "Del crepúsculo a la luz de las estrellas" el segundo) que hace (tempranamente) por su década lo que hizo "The Wall" por cancelar y llevar al paroxismo (y al ridículo, todo a la vez) la de los setentas.
Una de las cosas más interesantes de "Mellon Collie" es su juego con la variedad; el sistema de diferencias entre las canciones yuxtapuestas que se perciben como más disímiles o contrastantes ("Jellybelly" y "Zero" al comienzo , por ejemplo) va mutando a lo largo de los discos de manera que un patrón va sugiriéndose sin llegar a cristalizar del todo; la obra, a medida que va encaminándose a su cierre, entonces, da la impresión de un todo variadísimo, tan heterogéneo (y tan variadas las claves de esa heterogeneidad, tan mutante su juego entre lo mismo y lo otro) que la ilusión de cosmicidad puede casi tocarse con los dedos.
No es fácil elegir sus mejores temas, porque a su manera todos son bellísimos y en casi diría ningún momento se percibe la sensación de "relleno" o incluso esa cosa de heterogeneidad un poco saturada (es decir caótica o fuera de todo esquema) de álbumes dobles clásicos (como el Blanco o Exile on Main Street), discos en los que parece que puede caber todo y no todo está a la misma altura; en "Mellon Collie", si bien todo es diferente, aparece siempre un estatuto de semejanzas y de propiedad, que hace que nada sea estrictamente un mero relleno (y en ese sentido el disco está a la par de "The Wall") sino más bien una inclusión justificada, incluso la algo deslucida canción que remata el disco uno, cantada por el guitarrista James Iha. En cualquier caso, del disco uno es inevitable destacar la energía de "Muzzle", que parece capaz de abarcar una generación, y su contrapartida "Porcelina of the Vast Oceans", que parece mirar más allá del mundo proyectado por esa generación hacia un paisaje que, de alguna manera, le estaba vedado: un mundo de playas alienígenas iluminadas por la luz de estrellas diferentes pero en cuyas aguas, si se esperaba lo suficiente, se podía ver un barco habitado por muñequitos kawaii. Pero el disco uno incluye también esa canción de intensidad abrumadora, avasallante, que es "Zero", y también la siniestra "Bullet with butterfly wings", además de la hermosamente depresiva "To forgive".
El disco dos, a la manera del Blanco, acapara los momentos más noise y pesados: "Tales of a scorched earth" y "Where boys fear to tread" son siniestros e inolvidables, pero entre ellos aparecen "Thirty three" y "1979", acaso la canción definitiva de los Pumpkins, con su sonido (y su video) que formateó el alma de los que nacimos a fines de los 70s y principios de los 80s. También es cierto que ese juego de similitudes y diferencias tan tenso en el disco uno se abre un poco en el dos, y percibimos contrastes más marcados, no sólo los que disponen las cuatro canciones que acabo de mencionar sino, especialmente, los propuestos por la inclusión de temas como "We only come out at night" o el maravilloso final que propone "Farewell and goodnight", donde toda la banda se intercala para cantar. Y "Beautiful" y "X.Y.U"; y "Bodies", candidata a la canción más densa y sugerente del disco.
Vale la pena escuchar "Mellon Collie and the Infinite Sadness" acompañado por los temas de lado-B contenidos en la caja "The Aeroplane Flies High"; una alternativa es la edición de 2012, que además de un nuevo remaster (cuya versión en 24 bits es insuperable) incluye cuatro discos de demos y mezclas diferentes tanto de los temas del disco como de esos lados B. También es interesante la versión en vinilo, de tres discos cuyos lados se titulan, en orden, "amanecer", "hora del té", "atardecer", "crepúsculo", "medianoche" y "luz de las estrellas" (difícil traduir "starlight", por cierto).

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