viernes, 11 de agosto de 2017

"Entertainment!", Gang of Four, 1977, EMI/Warner


Había algo así como una veta neomoderna en el postpunk, con bandas como Cabaret Voltaire y Pere Ubu, que referían explícitamente desde sus nombres al dadaísmo y a Jarry y, desde lo que podríamos pensar como el brazo  clase media intelectual del punk, crearon una estética experimental y vanguardista, con una notoria -y moderna, por supuesto- creencia en el proceso, el progreso y el futuro del arte. El punk, muerto para el 77, era regresivo: el postpunk -como la filosofía moderna desde Descartes a Hegel- se planteó empezar desde cero -como el krautrock siete años atrás- y evitar toda referencia posible a Chuck Berry.
Pero, por supuesto, si miramos de cerca la cosa es más compleja, y una banda típicamente postpunk como Gang of Four, incorporable a la veta más politizada de ese proceso de formateo (el nombre remite a aquellas cuatro figuras del partido comunista chino después tachadas de contrarrevolucionarias y de agentes de tantas calamidades acontecidas durante la Revolución Cultural, más allá de que habría que establecer en qué grado de autonomia operaron en relación a Mao) ofreció un sonido que, tantos años más tarde, ha quedado claramente asimilado al pop: está el lenguaje del punk, con sus guitarras simplificadas pero precisas hasta lo inhumano (se decía que la banda pidió a su guitarrista, Andy Gill, un verdadero virtuoso, que tocara apenas un cuarto de las notas que sabía tocar), está la apuesta abrumadoramente rítmica a la Talking Heads y otras bandas postpunk/new wave, está la cosa espasmódica, la dinámica habla/grito de las secciones vocales y está el funk. En estas coordenadas opera buena parte del excelente debut de la banda, "Entertainment!", una verdadera matriz para tantas bandas del revival alternativo punk/postpunk de los 90s, y alcanza momentos de brillo pop en canciones como "I found that essence rare" y "Return the gift", entre las mejores del álbum junto al hit "Damaged goods" y a "Not great man", con su bajo asombrosamente funk y su sopa primordial de frecuencias graves en la base rítmica, sobre la que las voces de los cuatro parecen empujadas a presión contra una pared de vidrio.
No hay momentos de verdadera caída de nivel, de hecho. Las canciones en general no pasan de tres minutos y medio (hay tres excepciones: "Guns before butther", "5.45" y la más fascinante del álbum, pero ninguna pasa los 4 minutos y medio) e instalan sus letras en un discurso político explícito y militante, que encuentra sus mejores momentos cuando politiza la vida privada ("Damaged goods" es quizá el mejor ejemplo). Y al final suena "Anthrax", la pieza más asombrosa del álbum y la única dominada por una textura overdrive de guitarras (el resto del disco es más bien el sonido apenas saturado, brillante y fino característico de muchas bandas del momento), con su estructura deforme y noise; de hecho, hasta 1:30, cuando entran bajo y batería, la pieza consiste en acoples y ruidos de guitarra, que reaparecen en el último cuarto de la composición tras un segmento cantado/hablado con las voces operando a un nivel cuasi Devo de robotización sobre un bajo hiperpreciso y una batería metronómica que parece rendir tributo al gran Jaki Liebezeit. El amor, concluye la pieza, pega como un caso de antrax, y de eso mejor mantenerse al margen.

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