martes, 22 de agosto de 2017

"The second annual report", Throbbing Gristle, 1977, Industrial


Uno de los relatos más famosos del punk es aquel que convoca los tres acordes y la instrucción de formar una banda. Y, de alguna manera, es mucho más ilustrativo de lo que parece. Para empezar porque se trata de tres acordes, lo cual es bastante, especialmente porque con tres acordes ya se alcanza una armonía tan básica y pop como la de I-IV-V. Decir "tres acordes" es lo mismo que decir "música": el punk fue, después de todo, un movimiento conservador de regreso a un rock cincuentero e inofensivo.
Es que en 1977 la verdadera antimúsica, el verdadero terror, la verdadera provocación estaba en otra parte: en el primer álbum de Throbbing gristle, al lado del que la mayor parte de la música pensada para shockear o espantar al burgués parece la literatura de Felipe Polleri: un montón de tonterías dichas por un niño que posa de malvado.
Quizá el postpunk -y por comodidad podemos ubicar por ahí a Throbbing gristle- está, junto al ambient y el dark ambient, entre los géneros -en sentido amplio- que más desafían al discurso que intenta explicarlos (no incluyo al krautrock porque notoriamente no es un género, o, digámoslo así, no hay un discurso posible que lo defina como género); se puede aislar la letra y trabajarla, cuando la hay, pero en casos como en los primeros discos de The Fall o en Cabaret Voltaire o los primeros trabajos de The Human League, la sensación siempre es la de algo que se escapa, algo que permanece en la oscuridad. Y esto es todavía más notorio en relación a "The second annual report". ¿Qué se puede decir que no apile lugares comunes sobre la oscuridad, la hostilidad, el abismo y bla bla bla? Se puede intentar describir el procedimiento, pero eso deja siempre por fuera el efecto, la sensación que evoca irremediablemente la atmósfera creada por piezas como "Maggot death". Si la de Throbbing gristle es "antimúsica", también lo es porque demanda o bien un antidiscurso, un antilenguaje, o el silencio.
En cualquier caso, lo más cercano a la posibilidad de ese discurso -en su primer álbum- es la pieza más larga entre las que contiene, "After cease to exist", en la que de alguna manera la música está ahí: la de una psicodelia oscura, la de Ballard en un mal viaje de ácido, la de Tangerine Dream bajo la peor de las migrañas. Se trata de un momento definitivo en el dark ambient: el equivalente sonoro de las texturas visuales de Elias Merhige (que incluso aplicadas a una maravilla oscura como "Cryptorchid", de Marilyn Manson, hacen que el sonido, en comparación con las imágenes o, mejor, con el grano de las imágenes, parezca alegre y optimista) o del mundo por el que camina el protagonista de "Eraserhead". Pero el dark ambient es, después de todo, un género; uno puede proponerse hacer dark ambient y hacerlo; el terror de "After cease to exist" viene de otro lado, de otra opción, de algo que está a años luz de lo genérico o lo formulaico.

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