sábado, 26 de agosto de 2017

"Nevermind", Nirvana, 1991, Geffen

Después dirían que Nirvana había asesinado al solo de guitarra (para algunos, quién sabe por qué, un crimen contra la música) y la idea sería extrapolada erróneamente (basta con escuchar los solos en las composiciones de Pearl Jam y The Smashing Pumpkins) al grunge o al alternativo noventero en general, pero si se escucha "Nevermind" en relación a "Metallica", otro disco del mismo año y cargado de una musicalidad más evidente, lo que llama primero la atención es el sonido, estrictamente más nuevo, más vivo, más contemporáneo. Quizá se nota especialmente en las baterías, todavía ochenteras en el disco de Metallica y ya plenas en espíritu de la época en el de Nirvana. Quizá, entonces, sea precisamente el sonido en sí la dimensión más interesante: las distorsiones brillantes y compactas por todas partes, la nube de ruido blanco y fuzz en "Territorial pissings", el chorus tremendo en el riff de "Come as you are" y las voces en double tracking. Claro que la banda después tomaría distancia: que el disco no sonaba demasiado punk (porque sonaba demasiado "lindo"), por ejemplo, o que quizá se les había ido la mano en la distancia tomada con respecto al sonido estrictamente grunge de "Bleach" y que las cosas se habían puesto demasiado pop. Pero quizá ahí está la magia de "Nevermind", más allá de su éxito de ventas y su impulso fundador de demasiadas imitaciones, por más que estas parecen limitadas a su década o, quizá, a la primera mitad de su década. Fue, qué duda cabe, el último gran acto del rock, la última banda verdaderamente capaz de hacer creer que había definido una época. Y, desde un punto de vista estrictamente pop, la factura de la mayor parte del disco es impecable: volviendo al sonido, el momento en que el riff de "Come as you are" suena sobre una muralla de distorsión, y diluye en esta su reverb y las contorsiones de su chorus, para que de pronto, cuidadosamente mezclado, aparezca uno de los tantos antisolos de Cobain, es simplemente brillante. A la vez, hay un núcleo de oscuridad que asoma canción tras canción y que se condensa en "Something in the way", cuya atmósfera depresiva anuncia "In utero", y, por contraste, aparece una nueva carga de sentido en los momentos confiados a la guitarra acústica, la minimalista "Polly" por ejemplo. Quizá la mejor canción, dejando de lado la más emblemática y un par de hits más, sean "Lithium" y "On a plain", que parece siempre guardar una forma de misterio, a la vez que la saturación completa de "Territorial pissings" es ineludible. Pero las piezas acaso menores -"Drain you", "Lounge act" y "Breed"- logran retener siempre el interés, incluso veintiseis años más tarde. Nirvana sabía que el mix de melodías pop, solos minimalistas, distorsión, dinámica calma/explosiva y franjas de guitarras acústicas no debía ser repetido; para "In utero", entonces, la banda está arrinconada, pero logra entregar su mejor trabajo. Quién sabe -pregunta inevitable- qué hubiese pasado después.

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