lunes, 28 de agosto de 2017

"Heathen", David Bowie, 2002, ISO/Columbia



Los casi tres años entre "Hours..." y el vigésimo segundo álbum de David Bowie parecieron una eternidad. "Heathen" en su momento sonó a un retorno, no sólo al buen hacer musical de su creador sino, efectivamente, a un retorno literal, como si los años que mediaron entre él y su predecesor hubiesen roto un ritmo o parecido demasiado; además, para reforzar la idea de un pasaje a una nueva etapa, Bowie lanzó "Reality" en 2003 y ser embarcó en una de las mejores giras de su carrera. Claro que pasado 2004 habría que esperar un tiempo considerablemente mayor -e inédito en la carrera de Bowie- hasta el verdadero retorno (y de paso a su álbum final, uno de los cinco mejores de su discografía), y no menos claro parece ahora que "Reality", con su sonido inmediato, de banda hecha a tocar en vivo, proyectó a Bowie hacia una zona que no parecía presente del todo en "Heathen" y que acaso era en verdad más interesante: en la gira de "Reality", es decir, Bowie pareció convertirse en un performer excelente, en el mejor intérprete de sus propias canciones, en un cantante equipado con todos los trucos del artesanado. Y eso parecía apuntar a una obra cerrada, a un pasado clausurado en un repertorio, por más que esas canciones sonasen en cierto modo como nunca. Pero insisto: "Heathen", en 2002, sonaba a otra cosa, a una dirección no tomada. Después "The next day" abarcaría esa dirección y otras tantas, pero en su momento "Heathen" decía que Bowie podía volver a sonar oscuro, que Bowie había vuelto a fijar su atención en las texturas y los paisajes sonoros, que Bowie todavía podía componer canciones a la altura (o casi) de "Ashes to ashes" o "Heroes". No que el disco efectivamente las tuviera, pero parecía sugerir mucho más que cualquiera de sus -por otro lado fascinantes- proyectos de los 90s que el talento de su creador todavía estaba allí y por tanto cabía esperar un futuro mejor. A la larga ese futuro llegó, claro, pero hubo que esperar no los 3 años entre "Hours" y "Heathen" sino los 10 entre "Reality" y "The next day".
Entre esas grandes canciones estaban sin duda "Slow burn" -superior a lo mejor de los 90s sin duda (en términos de canciones individuales, no de conceptos o narrativa), pero habría pasado por un momento menor de cualquier álbum entre "Station to station" y "Scary monsters"- y especialmente "Slip away", junto a "5:15 The angels have gone". Eran canciones en cierto modo grandilocuentes y graves, pero en ellas brillaba la chispa del mejor Bowie pop. En un nivel más interesante, extraño y oscuro sonaban "Sunday" y especialmente "Heathen (the rays)", que inauguraban y terminaban un álbum que, en virtud de los paisajes sonoros propuestos por esas dos composiciones, parecían referirse a un tiempo de agotamiento, a una suerte de decadencia sutil, algo que quedaba también sugerido en el librillo del CD y su violencia sobre el arte occidental (y su resumen de la alta modernidad en tres libros: "La gaya ciencia", "La interpretación de los sueños" y una "Teoría de la relatividad"), además, por supuesto, de en letras como "cuando el sol se esconde y los rayos suben puedo sentirlo, puedo sentir cómo se muere", que en su momento me hizo concluir -y anunciar a mis entonces compañeros de banda con el mayor sense of doom que pude reunir- que a Bowie le quedaba como mucho un par de años de vida (serían catorce, en rigor). Pero en ese momento -el punto más alto de mi infame etapa esotérica- también me gustaba interpretar a los ojos de ciego del Bowie de la portada como aquellos de alguien que ha visto lo que no debía y el resplandor lo cegó.
El resto del álbum incluía momentos simpáticos con algún toque de ironía más o menos pesado ("Everyone says hi", "A better future"), dos covers magníficos ("Cactus"  y "I took a trip on a gemini spaceship"), uno interesante pero no deslumbrante ("I've been waiting for you") y algunas canciones menores que en el contexto del álbum sonaban bien ("Afraid", "I would be your slave"). Pero quizá la distancia entre lo mejor del álbum (las canciones de atmósfera más oscura y tratamientos más ambient) y lo peor (el cover de Neil Young y la canción que lo sigue, ambas en el centro exacto del disco) termina por desdibujar un poco la imagen del álbum. En cualquier caso, todo suena magníficamente bien, con una deslumbrante producción de Tony Visconti -una colaboración que en su momento también parecía un retorno a la forma y de paso signo de un futuro mejor-, que no sería retomada (a Bowie no le gustaba repetirse) en "Reality" en favor de un sonido más evocador de una actuación en vivo.

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