martes, 8 de agosto de 2017

"More songs about buildings and food", Talking Heads, 1978, Sire

El primero tendrá su mística y el tercero podrá ser (a mi gusto al menos) el mejor, pero el segundo álbum de Talking Heads es sin lugar a dudas una obra maestra. Donde casi todas las bandas de los setentas (las anteriores al postpunk al menos, cronológica o estéticamente) buscaban el consabido sonido "lleno" y "cálido" de guitarra (esa cosa de las válvulas y yo qué sé qué más, épica bluesera de los crossroads, la honestidad, las raíces y bla bla bla) la de Byrne y compañía prefirió todo lo contrario: una guitarra tenue, delgadísima, latosa, que queda además empujada a un rol estrictamente rítmico. Pero eso no es todo, y acá es donde entra en escena Brian Eno: la banda coloca al frente todo lo que tenga que ver con el ritmo, con patrones desquiciados que se reiteran y con el bajo manteniendo todo en su lugar, y Eno aporta el ambiente: el sutil espacio de la reverberación y el juego de frecuencias entre los instrumentos. Seguramente "I'm not in love" marque el punto más alto de esta idea, con su sección rítmica ecualizada en los medios y la guitarra chispeando bien arriba, con la voz de Byrne recorriendo nerviosamente todo el paisaje y saltando contra la pared en movimiento para hacerse añicos una y otra vez. De manera similar operan "Found a job" y "With our love", pero hay espacio también para atmósferas -poco antes de la mitad de "Artist only", por ejemplo, o también en los momentos de "Girls want to be with the girls" en los que la guitarra abandona el ritmo obsesivo y se permite dejar sonar sus arpegios sobre el pulso del bajo y la batería. Los efectos de sonido en "Warning sign" también convocan ese ambiente que rodea las figuras rítmicas, del mismo modo que el sonido parece espesarse y suavizarse en las estrofas de "The good thing", sólo para mutar drásticamente con los coros en los estribillos.
Después está, hacia el final, el hit del disco, "Take me to the river", un cover que aporta un costado innegablemente pop (en un disco cuyo título parece pararse en un lugar que parecería antipop si no fuera porque se trata más bien de una indiferencia irónica al respecto) que no suena para nada extraño a la máquina rítmica que habíamos oido anteriormente. Y acaso la obra maestra del álbum quede para el final: la maravillosa "The big country", que privilegia la línea más atmosférica (a la vez que rigurosa en la base rítmica) del álbum, con un ligero desplazamiento estético hacia el final, que parece anunciar momentos de "Fear of music".

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