miércoles, 23 de agosto de 2017

"Sextant", Herbie Hancock, 1973, Columbia

Las connotaciones inmediatas de la música ambient, incluso si se tiene en cuenta que no toda esta es generativa o procedural en su origen, parecen peleadas con las connotaciones inmediatas del jazz. Es decir: el minimalismo, la atención especial y preponderante a lo textural, su presencia conceptual y sus diversos modos de atención parecen ubicarse en un concebible polo opuesto a la frescura de la improvisación, a la expresividad emotiva, a la musicalidad virtuosa, a la atención en la personalidad o la idiosincrática del intérprete, a la bohemia, al blues, etc. Sin embargo, la digamos "función ambient" del jazz siempre estuvo allí, incluso desde un clásico arquetípico del género como "Kind of blue"; más allá, incluso, cabe colocar al bellísimo "In a silent way", también de Miles Davis, ensamblado en el estudio con procedimientos típicos del ambient. En ese disco tocaba Herbie Hancock (y Joe Zawinul y Chick Corea y Wayne Shorter y John McLaughlin y Tony Williams, así que no cabe extrañar que sea la obra maestra que es), quien poco después formaría su sexteto Mwandishi y exploraría una rama del jazz fusion que retomaría esa experimentación de estudio y, de paso, indagaría más en lo ambient. De hecho, "Sextant" suena por momentos como un jam nunca editado de Can.
El sonido buscado está clarísimo en "Rain dance", la primera pieza del lado A, que comienza con una atmósfera de pulsos, efectos de sonido y fraseos de trompeta y pronto evoluciona hacia ambientes más líquidos y oscuros, con interpolaciones que parecen acercarse a un jazz más consabido hasta que, hacia el final, los sintetizadores parecen raptar la pieza y llevarla al espacio o, mejor, a un asteroide de frontera final en un sótano de Hollywood; pero el pulso básico -un goteo de ecos que van mutando ligeramente- sigue allí, como hilo conductor vagamente mimético de la pieza.
"Hidden shadows" (un título cuasi Eno), a continuación, es más groovera, pero se mantiene en el lenguaje de su predecesora; el bajo de Buster Williams es mucho más prominente, y la batería ensambla un sistema de sonidos más, si se quiere, "naturales", pero los sintetizadores de fondo aportan una atmósfera vagamente inquietante que termina de dar su personalidad extraña a la pieza, no menos "ambient espacial" que la anterior.
El lado B está ocupado completo por la obra maestra del álbum, "Hornets", que explora todos los espacios habilitados por las dos piezas del lado A y aún más: adquieren un lugar especial en la textura la trompeta y el fiscorno, que juegan entre el trabajo rítmico del piano eléctrico y la parafernalia de efectos de los sintetizadores, que encuentran momentos de verdadero paroxismo, del mismo modo que los fraseos de clarinete cerca de la mitad y, a lo largo de la pieza completa, las intervenciones del propio Hancock (que toca un piano acústico luego tratado en el estudio, un Fender Rhodes, un Hohner clavinet, un mellotron, un Moog y un ARP 2600), deslumbrantes contra el bajo insistente y obsesivo y la batería.

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